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POLITICA
Por los caminos del totalitarismo (I)
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- A finales de 1845, Tocqueville llamó
la atención de los políticos sobre
el asalto intelectual que sufría el derecho
de propiedad. Poco después, ante la Cámara,
el 29 de enero de 1848, advertía a los
diputados escépticos: "Mirad lo que
pasa en el seno de esas clases obreras. ¿No
veis que sus pasiones políticas se han
convertido en sociales? ¿No veis que poco
a poco se extienden en su seno opiniones, ideas,
que no van a derrocar sólo tales leyes,
tal ministerio, tal gobierno inclusive, sino la
sociedad, a hacerla vacilar sobre las bases en
que reposa hoy? ¿No escucháis lo
que se dice todos los días en su seno?
¿No oís que allí se repite
sin cesar que todo lo que se encuentra por encima
de ellas es incapaz e indigno de gobernarlas,
que la división de los bienes hecha hasta
hoy en el mundo es injusta, que la propiedad reposa
sobre unas bases que no son equitativas?"
Tocqueville intentaba llamar la atención
sobre esas doctrinas que atacaban a la sociedad
misma hasta en sus fundamentos. Todo ese peligro
provenía de un fantasma, de un espectro
que recorría ya el mundo, el comunismo.
Nuestro José Martí, unos años
después, advertía a su vez sobre
la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos,
que para ir levantándose en el mundo empiezan
por simular ser defensores de los desamparados.
Los mitos del totalitarismo se adherían
a la nueva era. El siglo XX llegaba con el advenimiento
de dos nuevas mitologías, forjadas desde
el siglo XIX: Determinismo de la raza, determinismo
inhumano de la clase. Dos caras de la misma moneda.
Tocqueville había vislumbrado con horror
este mundo centralizado que tan bien describiría
más tarde George Orwell en su novela 1984,
y que tanto dolor y miseria trajeron y traen al
mundo, en sus dos variantes familiares o en algunos
de sus derivados, mutaciones o mimetismos. Marxismo,
leninismo, estalinismo, nazismo, fascismo, maoísmo,
polpotismo o su vertiente más refinada
y tropical, que tantas desgracias ha traído
a nuestro país: el castrismo.
Entre el nazismo y el estalinismo existen semejanzas
indudables. Para ellos el Estado tiene una misión,
es una entidad ética que se dirige hacia
un absoluto. Es antiliberal, antiparlamentario,
antipartidos, fundado en la mística del
jefe, del conductor, llámese Führer,
Inclito Camarada, Gran Timonel o Comandante en
Jefe. Su motor es un partido único, intermediario
entre las masas y el jefe.
El Estado es genocida, uno en nombre de la clase,
otro en nombre de la raza, ya sea que extermine
a kulaks, enemigos del pueblo, ucranianos o judíos.
En ambos los parecidos exteriores también
abundan: desfiles, banderas, actos públicos,
propaganda, lenguaje, parafernalia partidista.
El nazismo se diferencia del estalinismo en que
el Estado nazi es radicalmente antimarxista y
antiigualitario.
Sin embargo, comparar fascismo y nazismo es un
contrasentido. Hay una distancia entre el Estado
nazi y el fascista. Este último es el Estado-nación
clásico, donde se potencia el cesarismo.
Es una estadolatría. Para Hitler, el Estado
no es un fin en sí, sino un simple instrumento.
El Estado, tanto para Hitler como para Marx, Lenin
o Stalin, no es más que un aparato, un
medio de coacción, un simple continente
que no está dotado en sí de un prestigio
especial. Lo importante es su contenido, el principio
de raza o de clase.
Los regímenes totalitarios se definen
por la existencia de un partido único dirigido
por un solo hombre, una policía secreta
poderosa y omnipresente, una ideología
muy desarrollada que sostiene un ideal de sociedad
que el movimiento totalitario se compromete a
realizar, y la penetración y control por
parte del gobierno de las comunicaciones de masas,
de todas las organizaciones sociales y de masas
y de la economía.
Berdaiaieff definía a la sociedad totalitaria
como una sociedad "una", idéntica
en todas sus partes, homogénea. Sus palabras
claves son: Construir el orden social, organizar.
El autómata es la expresión gráfica
de la desindividualización que persigue
la voluntad totalitaria. Una sociedad de siervos,
que por paradójico que resulte, es voluntaria.
Los siervos aman la servidumbre, no la perciben
como tal. Una de las bases del totalitarismo descansa
en el deseo de la masa de subordinarse, de pertenecer.
No existe, no hay dictadura totalitaria sin que
el individuo se subordine a la unidad que encarna
el Partido. Surge y se sostiene en el asentimiento
de la mayoría.
Hitler y Stalin aprovecharon los medios que la
técnica ponía en sus manos. Supieron
poner en los oídos de quienes les escuchaban
las palabras que deseaban oír. Ambos descubrieron
que en los sentimientos estaba la clave del éxito,
que podían convocar las fuerzas subterráneas
que movilizan a los hombres.
Hitler amaba las concentraciones acompañadas
de marchas. Decía que ambas adormecen la
conciencia y facilitan la fusión en la
masa. Decía dejarse llevar por la muchedumbre
hasta que la emoción de su auditorio le
sugería las palabras que querían
escuchar.
Las alertas no faltaron, pero nadie quería
escuchar. ¿Acaso no se sabía qué
pasaba? Se perseguía a los judíos
en Alemania, se les concentraba en campos de exterminio
y en zonas especiales. Ya mucho antes Lenin hablaba
de su Estado organizado como un taller controlado
por obreros armados que no permitirían
ninguna desobediencia, porque no eran intelectuales
sentimentales. Lenin en 1918 ordenaba: "Los
elementos inseguros deben ser confinados en campos
en las afueras de las ciudades". En 1921
hablaba de rehabilitar a los enemigos del pueblo
en campos especiales, mediante el trabajo forzado.
Cientos de miles de intelectuales, burgueses,
ex militares zaristas, mencheviques, anarquistas,
socialistas de izquierda, sindicalistas, fueron
a parar a esos campos. Lenin creó una policía
política omnipotente, que podía
eliminar sin juicio previo a los enemigos del
pueblo. La vida de un hombre estaba en manos de
un teniente chekistas, analfabeto y fanático.
El genocidio de los campesinos ucranianos en
1933 culminaba una política de odio contra
los kulaks que comenzara en 1929. De 1929 a 1953,
18 millones de personas fueron a parar a los campos
y colonias soviéticas, donde perecieron
millones de ellas.
¿Acaso el mundo ignoraba todo esto? De
los estragos comunistas se sabía por los
escritores Ante Coliga: En el país de la
gran mentira (1938); Víctor Serge: Dieciséis
fusilamientos de Moscú (1936); André
Gide: Regreso de la URSS (1936); Victor Kravchenco:
Y he elegido la libertad (1947). Kravchenco estuvo
a punto de ser linchado en París porque
la izquierda consideró que era un difamador.
Stalin asesinó a más militantes
del politburó del Partido Comunista Alemán
de antes de 1933 que Hitler. De los 68 dirigentes
comunistas alemanes que huyeron a la URSS, 41
murieron asesinados o de extenuación en
los campos.
Uno de los hechos más representativos
del estado mental en que se vivía en la
antigua URSS es el informe al Comité Central
realizado por un comandante de la KGB que laboraba
en uno de los terribles Psijuska (hospital psiquiátrico
especial), en el que se queja de que tiene en
sus manos a un grupo de ciudadanos con una forma
peculiar de enfermedad mental: "tratan de
fundar nuevos Partidos".
Al general disidente Piort Grigorenko se le diagnosticó
una condición psicológica caracterizada
por ideas reformistas, de reorganización
del aparato estatal. La disidencia era calificada
de esquizofrenia latente o sigilosa.
La mentira es esencial para el totalitarismo.
Su propaganda se basa en la distorsión
sistemática y permanente de la realidad.
Construye los hechos en función no de los
acontecimientos, sino de las líneas que
establece el Partido.
La manipulación de la información
no tiene límites, la falsificación
de lo real alcanza a los periódicos, libros,
folletos, es decir toda clase de documento o literatura
o medio que pueda tener un significado político
o ideológico.
El totalitarismo pretende controlar los movimientos
de sus súbditos, pero sobre todo sus pensamientos
y sus emociones. Cuando el individuo no sabe ya
qué es, está listo.
De lo que se trata todo esto es, además,
que sea todo absolutamente voluntario, no es que
te sometas, es que te sometas a voluntad y contento.
De lo que se trata es de que aplaudas, delates,
marches al son de la voluntad del líder,
del Partido. Cualquier pensamiento contrario es
un signo evidente de locura, de enfermedad mental.
Es imposible ver la realidad sino a través
de los ojos del Partido. La verdad es sólo
una, la verdad proclamada desde arriba. Es lícito
alterar la verdad, reescribir la historia, distorsionar
las noticias. La propaganda sustituye a la información.
Todo se vale.
El totalitarismo asfixia al individuo, elimina
como sujeto, no sólo físicamente.
Lo más terrible es la eliminación
simbólica, la entrega del individuo a una
promesa de eterna felicidad en la enajenación
de un "otro" que le anula. Quien no
se deja seducir tiene ante él la muerte,
el silencio, el campo de concentración.
Un extraño embrujo se apodera de manera
sigilosa de los hombres y los convierte en fieras,
en bestias sin conciencia.
André Gide escribe en 1936: "Lo que
hoy exige la política estalinista es la
aceptación, el conformismo, la aprobación
de todo lo que se hace en la URSS, lo que se pretende
obtener es que esta aprobación no sea resignada,
sino sincera y entusiasta. Lo más asombroso
es que esto se logra. Por otra parte, la menor
protesta, la menor crítica es susceptible
de los peores castigos, y se le sofoca de inmediato.
Dudo que en cualquier otro país, así
fuera la Alemania de Hitler, sea menos libre el
espíritu, menos sometido, menos aterrorizado,
más avasallado".
El totalitarismo nos legó en el siglo
XX el GULAG, el Holocausto, la Revolución
Cultural, la Revolución Camboyana, las
UMAP castristas.
Entonces el mundo no vio los signos de su nacimiento.
Hoy hace silencio cómplice ante sus herederos.
La comunidad mundial coquetea con Castro e ignora
el sufrimiento de todo un pueblo. La Cumbre de
Salamanca es una vergüenza para las naciones
iberoamericanas. Su silencio, y más que
eso su decidido apoyo al totalitarismo castrista,
es un paso peligroso que puede alentar dar un
segundo aire al totalitarismo derrotado, pero
no vencido, que levanta su estandarte de nuevo,
rojo como la sangre. Podemos hacernos la misma
pregunta: ¿Acaso el mundo ignora lo que
pasa en Cuba?
Un oficial de la KGB le dijo en una ocasión
a uno de sus prisioneros: "¿Sabes
qué es lo más terrible? Que nadie
les va a creer a ustedes, nadie les va a escuchar,
nadie va a querer sentirse cómplice de
lo que aquí pasó mientras bebían
té junto a la chimenea o veían tranquilamente
un partido de fútbol. Eso, si dejamos testigos".
La única vía, su única cura,
es la rebelión del espíritu contra
el materialismo histórico de Marx y contra
toda la filosofía que implica.
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