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POLITICA
Francotiradora
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- Cuando el poeta y narrador cubano César
López me puso el mote de francotiradora
hace más de treinta años, supongo
que supo por qué lo hacía. Sin embargo,
tan sorprendida estaba yo que por mucho que lo
analicé, jamás encontré la
razón. Todo porque en la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) dos ejércitos
nada invisibles se enfrentaban en una guerra a
campo traviesa allá por la década
del setenta y finales del sesenta, mientras que
yo permanecía sola, sin pertenecer a grupo
alguno.
De una parte estaban ciertos escritores cubanos,
muchos de ellos venidos de embajadas europeas
donde habían ocupado cargos diplomáticos
por breve tiempo. Del otro, los agentes de la
policía política de Fidel Castro,
con sus habituales disfraces fáciles de
descifrar.
Se trataba de una guerra silenciosa, pero no
exenta de intensos bombardeos verbales a nivel
de pasillo, junto a miradas y gestos y combates
abiertos, pero de casa en casa.
Escuché varias veces el fuego de aquella
artillería, a la sombra de acogedores portales
residenciales del reparto Miramar, en apartamentos
del Vedado y en los jardines de la UNEAC, mientras
pasaban las bandejas con el ron y la hierba buena,
y tanto los soldados de un bando como del otro
se veían gozosos y fogosos entre los pequeños
arbustos florecidos.
Han transcurrido los años y yo, francotiradora
del periodismo independiente, no sabría
decirles quiénes fueron los ganadores,
si aquel nutrido grupo de escritores disidentes,
hoy casi todos Premio Nacional de Literatura,
o aquellos misteriosos policías que posiblemente
ya hicieron mutis por el foro derecho. Todavía
esa dama juiciosa llamada historia no ha hecho
su veredicto final.
Los antiguos guerreros disidentes, poetas casi
todos, hoy vejestorios achacosos, ya no aspiran
a sus anhelados cargos diplomáticos que
nunca más volvieron a ocupar, porque la
nomenclatura les pasó la cuenta; sin embargo,
a modo de complacerles el ego han dado viajecitos
de Pascuas a San Juan y publican sus libros.
Lo de francotiradora, les aseguro que fue injusto.
Por aquellos años yo estaba más
ciega que José Feliciano y más sorda
que Bethoven. Pero mis amigos poetas se quejaban
a oscuras. Refunfuñaban, gruñían
entre miradas enigmáticas o contracciones
espasmódicas de los músculos de
la cara que denotaban odio, amargura y nostalgia.
No se quejaban, bien lo recuerdo, de los fusilamientos
nocturnos de La Cabaña, donde hoy se celebran
alegres ferias del libro como para borrar el recuerdo
de tanta sangre. No se quejaban de las condiciones
infrahumanas en que vivían miles de presos
políticos y de conciencia. Tampoco del
miserable racionamiento de alimentos que sufría
(y aún sufre) la población cubana.
Pero se quejaban. Se quejaban porque extrañaban
la libertad de prensa y de expresión. ¡La
libertad!
Hoy impera en la isla (el archipiélago)
el mismo régimen y ellos son los favoritos
de la cultura nacional, con la excepción
de los más dignos que lograron salir al
destierro.
Mientras yo, la francotiradora, emboscada en
la espesura de mi pequeño apartamento del
reparto habanero Alamar, oculta en el ramaje de
los helechos de mi balcón, disparo palabras
escritas hacia el mundo sobre lo que oigo y veo
desde este hambreado y a oscuras país,
casi hundido en el mar.
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