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CORRUPCION
Corrupción por gravedad
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- Es difícil encontrar un cubano que no
sepa leer y escribir. Más del 90 % conoce
el abecedario, los fundamentos de la aritmética,
algo de geografía y apuntes históricos
reciclados por los escribanos de la corte, absortos
en las recomendaciones y exigencias del poder.
Teóricamente la cultura es una distinción
que derriba las fronteras nacionales para colocarse
en el pináculo de la excelencia universal.
El énfasis y la reiteración persiguen
grabar en el subconsciente los presuntos éxitos.
Unos pocos lo creen, otros lo consideran un disparate
y la mayoría se queda en el limbo de la
indiferencia. Para estos últimos, el hedonismo
y la banalidad son dos valores que revierten la
grandilocuencia del discurso del gobierno, presto
a sacrificar la cultura en las alturas del decreto
y las planicies de la uniformidad.
Aquí la verdadera sabiduría escapa
del campo de la didáctica. Se aprende sobre
la marcha. Surge de la inmediatez que suele acompañarse
del ultimátum del hambre y las insatisfacciones.
Es usual que muchas de las manos que aplauden
en el auditorio son las mismas involucradas en
los robos, y las piernas que desfilan en los actos
convocados por las organizaciones patrocinadas
por el régimen de partido único,
son las que tal vez más tarde, emprenden
una carrera delante de un policía.
El hurto, los desfalcos, la corrupción,
el soborno, se despliegan a fondo detrás
del silencio que como una cortina se cierra en
las inmediaciones del escenario dando por terminada
la función. El problema es la dimensión
del elenco y sus tropelías.
Nadie en su sano juicio se propondría
anunciar el descubrimiento del agua tibia, mucho
menos decir que la honestidad y la ética
son términos consustanciales a la actual
sociedad cubana, como se manifiesta en los medios
de comunicación oficiales.
Empíricos, pragmáticos, eficientes,
y puntualmente creativos, cualquiera de tales
calificaciones servirían para identificar
a casi la totalidad de mis coterráneos
jóvenes y adultos. Lástima que estas
referencias emanen de circunstancias desfavorables.
Para explicarlas basta con medir la cortedad
de los salarios con una inflación de longitudes
mastodónticas, reseñar la politización
de todo lo concerniente a la vida y obra del ser
humano al margen de razones que permitan un sostenible
crecimiento material y espiritual, y detallar
la represión que alienta una moralidad
atada con un nudo gordiano al oportunismo.
Es una pena que al cubano promedio no le interese
ampliar su inteligencia en los centros educacionales.
Esto no se revierte en la obtención de
un buen puesto de trabajo ni en satisfacer la
autoestima.
El cultivo del intelecto es percibido como un
elemento marginal, intrascendente, superfluo,
distante de la espontaneidad.
Ya es común que los aspirantes a un empleo
no indaguen sobre la escala salarial, sino por
lo que se produce y su posible demanda en el mercado
negro, para proceder a su extracción.
Si un cubano se atreve a insinuar en público
que no ha participado en ninguna actividad ilícita
durante el transcurso de su existencia se expone
al ridículo.
La trampa, el fraude y la simulación se
han convertido en una constante. Son lazos de
los que casi nadie puede desembarazarse.
Recientemente hubo un intento de proscribir la
corruptela en los expendios de combustible automotor
en la capital. Cientos de los llamados trabajadores
sociales, procedentes del oriente del país,
tomaron por asalto los sitios que ofrecían
estos servicios.
Según explicaron, el desvío de
gasolina y su venta a particulares proveía
ganancias exorbitantes a los implicados en las
transacciones. Han roto un eslabón de una
cadena que engarza a millones de personas en la
isla.
Una victoria no define la desaparición
de lo que sin dudas es un flagelo, más
cuando son demasiados los intereses, prolíficos
los cómplices y abundantes las alternativas
para traficar con los productos birlados en la
dependencias del estado. El laberinto de ilegalidades
permite llegar a la conclusión de que habrá
triunfos impresos en los periódicos y en
los noticiarios, pero en definitiva es justo reconocer
que el pillaje es una institución con capacidad
suficiente para adaptarse a las coyunturas.
Centrarse en las consecuencias en detrimento
de las causas es una manera de perder el tiempo.
La espectacularidad fue lo verdaderamente notorio.
Todo en función de la alharaca y el exhibicionismo.
Siempre faltará una estrategia encaminada
a soluciones duraderas.
Robar no es un placer. Es un asunto de peso en
la agenda de la subsistencia para millones de
trabajadores. Una arista de la debacle.
No estaba equivocado quien afirmó que
el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe
absolutamente.
Parte del fenómeno está implícito
en la frase anterior. La corrupción llega
a la base por gravedad. Allá arriba es
donde comienza el despilfarro y el saqueo. ¿Alguien
lo duda?
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