PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 1 , 2005
 

CORRUPCION
Corrupción por gravedad

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Es difícil encontrar un cubano que no sepa leer y escribir. Más del 90 % conoce el abecedario, los fundamentos de la aritmética, algo de geografía y apuntes históricos reciclados por los escribanos de la corte, absortos en las recomendaciones y exigencias del poder.

Teóricamente la cultura es una distinción que derriba las fronteras nacionales para colocarse en el pináculo de la excelencia universal.

El énfasis y la reiteración persiguen grabar en el subconsciente los presuntos éxitos. Unos pocos lo creen, otros lo consideran un disparate y la mayoría se queda en el limbo de la indiferencia. Para estos últimos, el hedonismo y la banalidad son dos valores que revierten la grandilocuencia del discurso del gobierno, presto a sacrificar la cultura en las alturas del decreto y las planicies de la uniformidad.

Aquí la verdadera sabiduría escapa del campo de la didáctica. Se aprende sobre la marcha. Surge de la inmediatez que suele acompañarse del ultimátum del hambre y las insatisfacciones.

Es usual que muchas de las manos que aplauden en el auditorio son las mismas involucradas en los robos, y las piernas que desfilan en los actos convocados por las organizaciones patrocinadas por el régimen de partido único, son las que tal vez más tarde, emprenden una carrera delante de un policía.

El hurto, los desfalcos, la corrupción, el soborno, se despliegan a fondo detrás del silencio que como una cortina se cierra en las inmediaciones del escenario dando por terminada la función. El problema es la dimensión del elenco y sus tropelías.

Nadie en su sano juicio se propondría anunciar el descubrimiento del agua tibia, mucho menos decir que la honestidad y la ética son términos consustanciales a la actual sociedad cubana, como se manifiesta en los medios de comunicación oficiales.

Empíricos, pragmáticos, eficientes, y puntualmente creativos, cualquiera de tales calificaciones servirían para identificar a casi la totalidad de mis coterráneos jóvenes y adultos. Lástima que estas referencias emanen de circunstancias desfavorables.

Para explicarlas basta con medir la cortedad de los salarios con una inflación de longitudes mastodónticas, reseñar la politización de todo lo concerniente a la vida y obra del ser humano al margen de razones que permitan un sostenible crecimiento material y espiritual, y detallar la represión que alienta una moralidad atada con un nudo gordiano al oportunismo.

Es una pena que al cubano promedio no le interese ampliar su inteligencia en los centros educacionales. Esto no se revierte en la obtención de un buen puesto de trabajo ni en satisfacer la autoestima.

El cultivo del intelecto es percibido como un elemento marginal, intrascendente, superfluo, distante de la espontaneidad.

Ya es común que los aspirantes a un empleo no indaguen sobre la escala salarial, sino por lo que se produce y su posible demanda en el mercado negro, para proceder a su extracción.

Si un cubano se atreve a insinuar en público que no ha participado en ninguna actividad ilícita durante el transcurso de su existencia se expone al ridículo.

La trampa, el fraude y la simulación se han convertido en una constante. Son lazos de los que casi nadie puede desembarazarse.

Recientemente hubo un intento de proscribir la corruptela en los expendios de combustible automotor en la capital. Cientos de los llamados trabajadores sociales, procedentes del oriente del país, tomaron por asalto los sitios que ofrecían estos servicios.

Según explicaron, el desvío de gasolina y su venta a particulares proveía ganancias exorbitantes a los implicados en las transacciones. Han roto un eslabón de una cadena que engarza a millones de personas en la isla.

Una victoria no define la desaparición de lo que sin dudas es un flagelo, más cuando son demasiados los intereses, prolíficos los cómplices y abundantes las alternativas para traficar con los productos birlados en la dependencias del estado. El laberinto de ilegalidades permite llegar a la conclusión de que habrá triunfos impresos en los periódicos y en los noticiarios, pero en definitiva es justo reconocer que el pillaje es una institución con capacidad suficiente para adaptarse a las coyunturas.

Centrarse en las consecuencias en detrimento de las causas es una manera de perder el tiempo.

La espectacularidad fue lo verdaderamente notorio. Todo en función de la alharaca y el exhibicionismo. Siempre faltará una estrategia encaminada a soluciones duraderas.

Robar no es un placer. Es un asunto de peso en la agenda de la subsistencia para millones de trabajadores. Una arista de la debacle.

No estaba equivocado quien afirmó que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente.

Parte del fenómeno está implícito en la frase anterior. La corrupción llega a la base por gravedad. Allá arriba es donde comienza el despilfarro y el saqueo. ¿Alguien lo duda?


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