PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 1 , 2005
 

POLITICA
La responsabilidad de ser libres

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Si analizamos a tres importantes pensadores lejanos en el tiempo encontramos que Aristóteles, Maquiavelo y Marx resaltaron el valor de la Democracia, aunque tenían conceptos muy diferentes acerca de la sociedad libre.

Muchos partidos de la clase trabajadora surgieron de la lucha por la democracia, muchos concebían el futuro poder de la clase trabajadora como un poder dentro de la democracia. Marx había llegado a la conclusión de que la sociedad más desarrollada tendría el conjunto más avanzado de relaciones políticas y de clases. Muchos marxistas de finales del siglo XIX y principios del XX llegaron a pensar, inspirados en este análisis, que Estados Unidos sería el país donde primero surgiría el comunismo.

Sucedió que Lenin realizó su revolución socialista no en el país más industrializado, sino en Rusia, uno de los más atrasados de Europa. En su libro "El estado y la revolución", plantea Lenin: "Toda sociedad ya no será más que una oficina o un gran taller, con igualdad de trabajo e igualdad de salario … todos los funcionarios recibiendo un sueldo que no sobrepase el salario de un obrero, bajo el control del proletariado armado".

Lenin concebía a la sociedad ideal como una enorme oficina de correos zarista, custodiada por obreros armados dispuestos a todo, y decía que "los obreros armados no son pequeños intelectuales sentimentales, y no permitirán que se bromee con ellos".

Sobre la democracia, dijo que "cuanto más completa es la democracia, más próximo estará el momento en que resulte superflua". Stalin convertiría la pesadilla leninista Estado-taller en una peor, el Estado-GULAG.

El término democracia ha merecido innumerables ensayos y estudios. Aristóteles la situó entre las manifestaciones políticas desviadas, aunque la consideró como la menos mala de las modalidades condenables. Cicerón consideraba que era la peor forma de gobernar. Burke la condenó. Locke sostuvo que el poder radicaba en la mayoría. Para Montesquieu la democracia aseguraba la libertad y la seguridad, bajo el amparo de las leyes, mediante la amplia participación popular en el gobierno. Los pensadores de la Ilustración tenían la convicción de que todos los seres humanos estaban capacitados para la libertad y la responsabilidad, aunque esta capacidad debía ser cultivada con esmero. Pensadores como Mosca y Pareto sostuvieron una posición elitista, basada en la necesaria minoría que detente el poder y criticaban la democracia al estilo Rousseau.

La democracia puede tener una amplia gama de contenidos. De ahí sus diversas conceptualizaciones y materializaciones, y sobre todo interpretaciones. La estabilidad de cualquier democracia depende de la eficacia y legitimidad de su sistema político. Su punto central es la elección. Las elecciones por sí solas no hacen democrática a una sociedad, pero sin elecciones libres no hay democracia. Ahora, si un sistema político no está formado por un sistema de valores y de leyes que le caractericen, termina en caos. El régimen democrático se funda en la axiología, no puede reducirse a un grupo de regulaciones sin que se vea además que es un proceso, un estado de cultura, un entramado de técnica y cultura.

Entonces, ¿qué entendemos por democracia? Si llamamos así al modelo que prevaleció en Europa del Este fundamentalmente, y que hoy impera en unos pocos países, la formación cívica se concibe sobre la base de una sola ideología política, tendiendo entonces a confundirse con la formación de un partido único. Es por lo tanto equivalente a un proceso de adoctrinamiento. La participación ciudadana se conciba bajo un liderazgo único, confundiéndose así como una actividad de apoyo a las decisiones del líder, y equivale a la llamada movilización de masas.

Si, por lo contrario, consideramos a la democracia como un modelo pluralista, la formación cívica se diferencia de la formación política porque corresponde a un sistema de varios partidos, de manera que no debe limitarse a presentar a un solo partido, y permite evaluar a esta última gracias aun diálogo entre las opciones ideológicas. Constituye así un proceso de formación. En este caso, la participación ciudadana responde a múltiples fuentes de iniciativas, guardando un carácter crítico, lo cual no significa que sea negativo, sino que resulta del propio juicio y del libre albedrío de los ciudadanos y no los obliga a circunscribirse a las perspectivas del poder establecido.

Esto es muy importante para un país como Cuba, para los hombres y mujeres que un día no muy lejano seremos ciudadanos de una sociedad democrática. El 80% de los cubanos que viven hoy en Cuba nacieron después de 1959. Si sumamos los años de dictadura batistiana ese porciento crece mucho más. Por lo que la gran mayoría no tiene vivencia democrática alguna.

Cuba cuenta con una población alfabetizada, con un alto número de profesionales. Pero la educación en Cuba, uno de los paradigmas del régimen totalitario, es una educación doctrinaria, dirigida a la formación de ciudadanos dóciles, servidores del sistema. Con éxito o no, ha estado en función de la creación del llamado "hombre nuevo". El cubano de hoy es un hombre creado para vivir en sistemas totalitarios, es un individuo educado para ser esclavo.

Para vivir en democracia hay que redescubrir las virtudes cívicas indispensables para la libertad individual. Una de las funciones más importantes de la educación debe ser enseñar virtudes cívicas. El ciudadano democrático debe anteceder a la democracia, y la sociedad civil libre (en Cuba hay que hacer esa distinción) resurgida en los últimos años ofrece condiciones adecuadas para la aparición de ciudadanos democráticos. La voz de la sociedad civil impugna el exclusivismo y la irracionalidad del poder. Es la voz del nosotros opuesta al yo totalitario. Es la voz del yo libre opuesta al nosotros dictatorial.

Quiero volver a la frase señalada en la primera página sobre la importancia de formar con esmero la capacidad del ciudadano para la libertad y la responsabilidad, para desarrollar la aptitud para compartir los cargos y prerrogativas del poder. Decían los pensadores de la Ilustración que esas capacidades del individuo debían ser cultivadas con esmero. La creencia romántica del pasado siglo de que la maduración de los ciudadanos y la sociedad para asumir la responsabilidad de la libertad se produciría espontáneamente, porque los seres humanos son naturalmente democráticos, se contrapuso a la idea de que la democracia debe ser cultivada esmeradamente. Los seres humanos no son espontáneamente democráticos.

Hay que educar al ciudadano, cultivar su capacidad para asumir la responsabilidad de la libertad. Crear una didáctica sobre la democracia a ejercer en Cuba. Los prohombres que en toda sociedad existen tienen el deber de educar con su ejemplo persona, su experiencia, su conocimiento y su prédica a la masa. No debe temerse al papel de esa élite. Sobre esa élite recae el peso fundamental, la responsabilidad en la dirección y formación de esa axiología de la democracia, de salvaguardar las virtudes cívicas necesarias para vivir en libertad.

Buscar en el rico acervo del pensamiento cubano, en los hitos que marcaron nuestro camino democrático. Buscar en Varela, Martí, Guáimaro, la Constitución de 1901, la Constitución del 40, en nuestra joven e imperfecta República del 20 de mayo, en nuestros aciertos y tropiezos, en la experiencia de estos largos años de totalitarismo castrista.

Los hombres y mujeres de la Cuba de hoy deben saber además (se confunde muy a menudo) que democracia no es tomar Coca Cola, no es tener un equipo para ver DVD ni tal camisa de más cual marca. No es el mercado, no es ni siquiera un mayor crecimiento económico. No es el poder de éste u otro grupo de los que hoy luchan por la democracia. No es cambio de caudillo en el poder, por mucho que éste se exhiba como defensor de ella. El poder de la democracia es un poder moral, no se legitima en la riqueza, sino como portador de derechos y libertades cívicas establecidos por las leyes. La democracia es responsabilidad.

Hoy vivimos en una sociedad fatigada. Una ínfima y heroica minoría dispuesta a protestar y luchar pacíficamente por la salvación de la nación; un grupo en el poder, desmoralizado por la terquedad de Castro y comprometido con él, que espera su muerte sin mucha fe en el futuro y una mayoría desesperanzada, deseosa de escapar del país.

Los retos son grandes. Todos los cubanos del insilio y el exilio tenemos la responsabilidad común de rescatar al país, y eso sólo lo podemos lograr recurriendo a ese poder moral asentado en lo mejor de nuestra axiología democrática, autoeducándonos y educando en lo mejor de la experiencia universal y propia. La experiencia del exilio cubano en los Estados Unidos, donde ha vivido y se ha formado más de una generación de cubanos, tendrá un gran peso. Las vivencias terribles de los cubanos de la Isla actuarán como dique ante cualquier intento de reanimar el poder de un grupo o persona.

Tendremos que enseñar a nuestros compatriotas a repugnar el caudillismo, a crear instituciones y defenderlas. Educar en los conceptos de libertad y democracia a nuestros jóvenes y mayores, para hacer verdad esa frase martiana, tan llevada y traída, de "con todos y por el bien de todos", y podamos hacer ley primera de nuestra República (ahora sí de verdad y no como una frase huera) el culto de los cubanos a la libertad plena del hombre.


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