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SOCIEDAD
Viñetas
Rafael Ferro Sala, Abdala Press
PINAR DEL RÍO, Cuba - Mayo (www.cubanet.org)
- Reunión. El grupo estaba reunido en el
portal de la casa. Se habían citado para
aquel lugar por considerarlo el más seguro.
Entonces uno de ellos se dio cuenta. Los estaban
vigilando.
Había un hombre parado en la esquina.
Estaba ubicado junto a un auto de color blanco.
El sol daba de lleno en los cristales delanteros
del carro. Alguien del grupo dijo:
- Debíamos entrar ya en la casa. Creo
que en unos minutos esto se va a llenar de policías
y gente de la Seguridad del Estado.
Lo de la reunión se había acordado
en absoluto secreto, pero era un secreto compartido.
Un secreto compartido tiene todos esos riesgos,
deja de ser un secreto.
Fueron entrando en la casa despacio. El hombre
entró al vehículo y habló
por la microonda. Ya no había dudas, en
breve todo el lugar se llenaría de carros
y empezarían las detenciones.
Después de cerrada la puerta de la casa
el aire se llenó de incertidumbre y temores.
Era un día de reunión, y una jornada
de rutina comenzaba para el grupo de disidentes
cubanos.
Operativo policial
El hombre y la mujer caminaban por la acera despacio.
Él llevaba un bolso negro. Entonces la
muchacha le tocó el brazo indicándole.
Casi al final de la calle estaba sucediendo algo.
- Están registrando a la gente, dijo ella.
Por un momento él pensó retroceder.
Se dio cuenta de que podía ser peor. Ya
estaban a mitad de la cuadra. Apretó fuerte
el bolso y le indicó a la mujer que siguiera
adelante. Correrían el riesgo de pasar
por delante del sitio en el que registraban a
las personas. Las cosas se pondrían bien
feas si los registraban a ellos dos.
Ella le apretó fuerte la mano para sentirse
protegida. Caminaba junto a él entre el
miedo y la confianza. Un policía registraba
una caja de cartón que un viejo llevaba.
El uniformado le pidió al viejo los documentos
de identificación. Ellos escucharon cuando
el policía le dijo al viejo: "Tiene
que acompañarme, usted no está autorizado
a vender estos productos en la calle".
El anciano tenía un ligero temblor en
los labios. Cuando el hombre y la mujer pasaron
junto al policía éste los miró.
No les dijo nada, siguió en su asunto con
el viejo. Bastó con aquella mirada para
sentirse registrados también.
Cuando llegaron a la casa, él le entregó
a ella el bolso. Entonces respiró aliviado
y le dijo, besándola:
- Si llegan a encontrarnos los papeles nos los
quitan. Ahora estaríamos presos.
Ella le respondió:
- Me dio lástima con el viejo.
Él movió la cabeza, contrariado,
y empezó a revisar los papeles. Eran documentos
del Partido al que pertenecían. Llevaban
años en las filas de la oposición
dentro de Cuba, pero nunca se acostumbrarían
a los operativos policiales.
En el parque
Allí en el parque todos los días
se parecían. Era casi una rutina de aburrimiento.
La misma esquina, el mismo policía mirando
a todo el mundo y de vez en cuando registrando
a los que pasaban por el lugar.
Los dos hombres llegaron y se sentaron en el
banco más cercano a la calle. Era un buen
sitio para observar el paso de la gente. Uno sacó
el periódico y leyó los titulares.
El otro encendió un cigarrillo.
El del cigarrillo miró a la esquina y
vio que el policía venía hacia ellos.
Tocó con disimulo al del periódico.
El que leía cerró el diario y esperó.
Llegó el policía, y sin saludar
les dijo en tono irónico:
- ¿Qué, piensan hacer una reunión
contrarrevolucionaria en el parque? ¿A
cuantos invitaron?
Ninguno de los hombres le respondió. Entonces
el uniformado soltó la amenaza:
- Si dentro de dos minutos no salen de aquí
me los llevo presos.
El que fumaba botó el cigarrillo y le
dijo:
- ¿Qué motivos hay para llevarnos
presos?
- Motivos me sobran y ustedes lo saben. Ustedes
son de los derechos humanos y son contrarrevolucionarios.
Tampoco trabajan. Ya se los dije: tienen dos minutos
para irse de aquí.
Los miró con odio y se alejó. Los
hombres se levantaron del banco y caminaron en
dirección contraria a la que había
caminado el policía. El del periódico
le dijo al amigo:
- Nos dijo que somos de los derechos humanos.
Ese no sabe de lo que está hablando.
- Un día lo sabrá -le dijo el amigo,
y encendió otro cigarrillo.
El sol seguía marcando en lo alto otro
día de rutina, parecido quizás a
los demás días que estaban por venir.
Conversación
Le pareció que la gente hablaba con miedo.
Esa mañana no se iba a diferenciar de las
otras. Siempre estaban hablando con miedo. Para
convencerse se acercó al grupo. Era un
tumulto heterogéneo, formado por hombres,
mujeres, viejos y algunos niños. Aún
la tienda estaba cerrada. Faltaban apenas unos
minutos para que abrieran. Él llegó
sin ser visto. Una señora vestida de rojo
estaba hablando con los demás, a media
voz.
- Me dijeron ayer que registraron en la terminal
de trenes a todo el que estaba allí. ¿Es
cierto eso?
Otra mujer contestó:
- Cierto. Yo estaba allí. Los de la policía
llevan más de cuatro días registrando
por todas partes. Casi no se puede caminar por
la calle.
- ¿Qué estarán buscando?
-preguntó un viejo que llevaba en la mano
un tabaco sin encender.
- Hombre, ni ellos mismos saben. Registran por
registrar y se llevan preso a cualquiera. Lo que
les importa es tenernos en jaque, como en el ajedrez
-dijo con voz apagada un muchacho que vestía
uniforme de enseñanza secundaria.
Todos hablaban a media voz. Las palabras salían,
pero contenidas por el miedo. Él comprendió
una vez más que no se había equivocado:
el miedo continuaba entre la gente. Uno podía
darse cuenta por el tono de las voces. Hablar
en voz baja es algo poco común en los cubanos.
¿Estaremos acostumbrándonos al miedo?
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