PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 26, 2005
 

SOCIEDAD
Viñetas

Rafael Ferro Sala, Abdala Press

PINAR DEL RÍO, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Reunión. El grupo estaba reunido en el portal de la casa. Se habían citado para aquel lugar por considerarlo el más seguro. Entonces uno de ellos se dio cuenta. Los estaban vigilando.

Había un hombre parado en la esquina. Estaba ubicado junto a un auto de color blanco. El sol daba de lleno en los cristales delanteros del carro. Alguien del grupo dijo:

- Debíamos entrar ya en la casa. Creo que en unos minutos esto se va a llenar de policías y gente de la Seguridad del Estado.

Lo de la reunión se había acordado en absoluto secreto, pero era un secreto compartido. Un secreto compartido tiene todos esos riesgos, deja de ser un secreto.

Fueron entrando en la casa despacio. El hombre entró al vehículo y habló por la microonda. Ya no había dudas, en breve todo el lugar se llenaría de carros y empezarían las detenciones.

Después de cerrada la puerta de la casa el aire se llenó de incertidumbre y temores. Era un día de reunión, y una jornada de rutina comenzaba para el grupo de disidentes cubanos.

Operativo policial

El hombre y la mujer caminaban por la acera despacio. Él llevaba un bolso negro. Entonces la muchacha le tocó el brazo indicándole. Casi al final de la calle estaba sucediendo algo.

- Están registrando a la gente, dijo ella.

Por un momento él pensó retroceder. Se dio cuenta de que podía ser peor. Ya estaban a mitad de la cuadra. Apretó fuerte el bolso y le indicó a la mujer que siguiera adelante. Correrían el riesgo de pasar por delante del sitio en el que registraban a las personas. Las cosas se pondrían bien feas si los registraban a ellos dos.

Ella le apretó fuerte la mano para sentirse protegida. Caminaba junto a él entre el miedo y la confianza. Un policía registraba una caja de cartón que un viejo llevaba. El uniformado le pidió al viejo los documentos de identificación. Ellos escucharon cuando el policía le dijo al viejo: "Tiene que acompañarme, usted no está autorizado a vender estos productos en la calle".

El anciano tenía un ligero temblor en los labios. Cuando el hombre y la mujer pasaron junto al policía éste los miró. No les dijo nada, siguió en su asunto con el viejo. Bastó con aquella mirada para sentirse registrados también.

Cuando llegaron a la casa, él le entregó a ella el bolso. Entonces respiró aliviado y le dijo, besándola:

- Si llegan a encontrarnos los papeles nos los quitan. Ahora estaríamos presos.

Ella le respondió:

- Me dio lástima con el viejo.

Él movió la cabeza, contrariado, y empezó a revisar los papeles. Eran documentos del Partido al que pertenecían. Llevaban años en las filas de la oposición dentro de Cuba, pero nunca se acostumbrarían a los operativos policiales.

En el parque

Allí en el parque todos los días se parecían. Era casi una rutina de aburrimiento. La misma esquina, el mismo policía mirando a todo el mundo y de vez en cuando registrando a los que pasaban por el lugar.

Los dos hombres llegaron y se sentaron en el banco más cercano a la calle. Era un buen sitio para observar el paso de la gente. Uno sacó el periódico y leyó los titulares. El otro encendió un cigarrillo.

El del cigarrillo miró a la esquina y vio que el policía venía hacia ellos. Tocó con disimulo al del periódico. El que leía cerró el diario y esperó. Llegó el policía, y sin saludar les dijo en tono irónico:

- ¿Qué, piensan hacer una reunión contrarrevolucionaria en el parque? ¿A cuantos invitaron?

Ninguno de los hombres le respondió. Entonces el uniformado soltó la amenaza:

- Si dentro de dos minutos no salen de aquí me los llevo presos.

El que fumaba botó el cigarrillo y le dijo:

- ¿Qué motivos hay para llevarnos presos?

- Motivos me sobran y ustedes lo saben. Ustedes son de los derechos humanos y son contrarrevolucionarios. Tampoco trabajan. Ya se los dije: tienen dos minutos para irse de aquí.

Los miró con odio y se alejó. Los hombres se levantaron del banco y caminaron en dirección contraria a la que había caminado el policía. El del periódico le dijo al amigo:

- Nos dijo que somos de los derechos humanos. Ese no sabe de lo que está hablando.

- Un día lo sabrá -le dijo el amigo, y encendió otro cigarrillo.

El sol seguía marcando en lo alto otro día de rutina, parecido quizás a los demás días que estaban por venir.

Conversación

Le pareció que la gente hablaba con miedo. Esa mañana no se iba a diferenciar de las otras. Siempre estaban hablando con miedo. Para convencerse se acercó al grupo. Era un tumulto heterogéneo, formado por hombres, mujeres, viejos y algunos niños. Aún la tienda estaba cerrada. Faltaban apenas unos minutos para que abrieran. Él llegó sin ser visto. Una señora vestida de rojo estaba hablando con los demás, a media voz.

- Me dijeron ayer que registraron en la terminal de trenes a todo el que estaba allí. ¿Es cierto eso?

Otra mujer contestó:

- Cierto. Yo estaba allí. Los de la policía llevan más de cuatro días registrando por todas partes. Casi no se puede caminar por la calle.

- ¿Qué estarán buscando? -preguntó un viejo que llevaba en la mano un tabaco sin encender.

- Hombre, ni ellos mismos saben. Registran por registrar y se llevan preso a cualquiera. Lo que les importa es tenernos en jaque, como en el ajedrez -dijo con voz apagada un muchacho que vestía uniforme de enseñanza secundaria.

Todos hablaban a media voz. Las palabras salían, pero contenidas por el miedo. Él comprendió una vez más que no se había equivocado: el miedo continuaba entre la gente. Uno podía darse cuenta por el tono de las voces. Hablar en voz baja es algo poco común en los cubanos. ¿Estaremos acostumbrándonos al miedo?


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