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RELIGION
El adiós del guerrero
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Rafael
Pérez Rivas se marchó al mundo espiritual.
No reconocía la muerte. Fue un ocultista,
un guerrero de la Luz que dominó la astrología,
las runas y otras muchas herramientas del Sendero.
Rafael tuvo contactos estrechos con opositores
y periodistas independientes. Apoyó a los
luchadores por el cambio político en la
Isla.
Pero no era fácil que hablara sobre ocultismo.
"La obra es secreta", decía.
Era imposible citarla con su consentimiento. Esa
"concesión" la tuvo con mi colega
Luis Cino y conmigo. Pero pedía invariablemente
respeto para su anonimato. Por él supe
cosas insólitas sobre el combate de las
fuerzas de la Luz contra los emisarios de las
Sombras.
Definía al gobierno de Fidel Castro como
un "baluarte de las Sombras". Poco antes
de morir me confió que él y otros
seis ocultistas habían destruido la Nganga
de Machado. Afirmaba que ésta era la causa
de la mayoría de los males políticos
y sociales de la Isla en los últimos años.
Esa historia le sirvió a Luis Cino para
escribir "Nganga con garras". Para ello
hubo de comprometerse a no tocar aspectos que
la fuente señaló. Por supuesto,
tampoco podía mencionar a Don Rafael. Pero
aún así, logró una buena
pincelada sobre el tema.
Sabía que moriría. Lo aceptó
cuando se dispuso a ser el oficiante mayor de
la ceremonia en que fue destruida la Nganga enterrada
en el Parque de la Fraternidad. Esto fue hecho
por mandato del entonces presidente Gerardo Machado.
Durante más de seis décadas la Nganga
dictó la tónica oculta del azar
político en Cuba.
Rafael Pérez Rivas murió en La
Habana de un cáncer fulminante en el esófago.
Lo aceptó porque sostenía -sostiene-
la convicción de que regresará.
Durante su corta vida -56 años- tuvo contactos
con importantes personalidades y grupos esotéricos
del extranjero.
En su humilde vivienda en la calle Consejero
Arango, en el Cerro, recibió a emisarios
de la legendaria Orden del Templo -templarios-,
venidos de Europa. Mantuvo correspondencia y contactos
regulares con personalidades del Cuarto Camino
y de la secta Nahualt, entre otros. El amor y
la entrega con que se consagró a sus convicciones
se conjugó con el que sintió por
la Humanidad y el pueblo cubano.
Rafael amó a su tierra y a su gente. Era
masón y miembro de la Jerusalén
Ortodoxa Griega. Deja hijos, familia, hermanos,
y por encima de todo, mucho amor.
Su madre, una dulce viejecita, insiste en que
aún puede verlo. Tarde en la noche lee,
a la luz combinada de una vela y una lámpara
eléctrica. Está presente en su casa
de madera, en el Cerro, entre aromas de rosas
e incienso.
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