PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 19, 2005
 

POLITICA
La reciente marcha del pueblo combatiente

Oscar Mario González, Grupo Decoro

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Tengo la esperanza y la convicción de que el presente martirio totalitarista anda por sus últimos días, y que en un futuro de paz y progreso se irán disolviendo los recuerdos de estos 46 años, que cual fantasmas embotan nuestras mentes como el fuego del metal en la piel esclavizada.

Nunca podré olvidar aquel jueves 12 de mayo cuando el máximo jefe del gobierno cubano instó a los presentes en la sala del Palacio de las Convenciones con estas palabras: "Les propongo una marcha del pueblo combatiente para el próximo martes día 17".

Todas las manos se alzaron al unísono, como movidas por una voluntad superior, como respuesta a un instinto de bestia amaestrada ante la señal del entrenador.

Atrás quedaron empequeñecidas aquellas imágenes de cuando era joven estudiante, que mostraban a Luis XIV de Francia proclamando a los cuatro vientos: "El estado soy yo". Definitivamente, el Rey Sol no tuvo sobre París el poder de convocatoria que sobre la población de nuestra capital posee el gobernante Fidel Castro.

Bastó una frase del Comandante para que toda la ciudad con sus casi tres millones de habitantes se estremeciera en palpitaciones, cual tropel de rumiantes a la voluntad del arriero.

A partir de ese instante los miembros del consejo de ministros allí presentes dejaron de atender sus carteras respectivas para dedicarse a los preparativos del evento. Todos y cada uno tienen un rol específico en esta actividad humana. Desde el canciller, convocando a los amigos del cuerpo diplomático acreditado en el país y a la prensa extranjera, hasta los titulares de Comercio Interior y Transporte, a cargo de la merienda para los participantes y de su transportación, hasta llegar al presidente del Poder Popular de la capital, encargado de las letrinas portátiles para que los asistentes puedan hacer sus necesidades.

Pero, por sobre todo, el coordinador nacional de los Comités de Defensa de la Revolución y el secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba juegan un papel esencial en estas movilizaciones multitudinarias.

El primero ordena que se baje un tanto la guardia cederista, así como la vigilancia y la represión a los disidentes durante la fase preparatoria, de modo que haya suficiente energía para derrocharla en las calles hasta desgañitarse, y que el mundo sepa que el cubano es un "salao", capaz de formarle "brete" y algarabía no sólo al imperialismo sino al "más pinto de la paloma".

El segundo, o sea el leal Pedro Ross, secretario general de los trabajadores, fue más explícito, y bajó la orientación terminante de que no podía quedar un trabajador capitalino sin desfilar frente a la guarida de los yanquis.

Hizo saber a sus acólitos y compinches del movimiento obrero "revolucionario" que conocía de buena tinta sobre algunas retiradas antes de tiempo del desfile. Sobre algunas deserciones de gente aficionada "a jugar cabeza", que abandonaban las filas del deber antes de pasar frente a la sede de los yanquis. Que ello no se permitiría, pues el paso por la embajada era el momento culminante en que el ciudadano, "libremente", puede gritar obscenidades, lanzar trompetillas, decir lo que le venga en gana contra el imperialismo y a favor de Fidel. Y para evitar tal "desviación ideológica" y semejante "blandenguería", orientaba la entrega de un comprobante de participación al final del evento, luego de pasar frente a la sede diplomática americana. Tal documento sería tomado en cuenta para la evaluación periódica de cada trabajador.

Orientó, además, que al conjuro de la promesa del chocolatín, la sardina venezolana y las ollas de presión chinas, había que colmar las calles como nunca antes. Para demostrar que la revolución, aunque maltrecha y tirando los últimos cartuchazos, se estruja pero no se destiñe, y está dispuesta a la batalla de ideas, aunque sólo le quede el casco por haber perdido las ideas.


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