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POLITICA
Abel Prieto y Caín Rivero
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Allá
por 1995, el ministro de Cultura cubano, Abel
Prieto, incursionó, por un día,
en la crítica cinematográfica. La
revolución le encomendó una misión
alertadora. Acudió a la página cultural
del periódico Granma, órgano oficial
del Partido Comunista de Cuba. Tenía que
explicar a los televidentes la película
Forest Gump.
En su artículo, el compañero Prieto
aclaró las connotaciones ideológicas
y diversionistas que podía tener la lectura
del famoso filme norteamericano para un público
no avisado. Conocedor de los temas de la contracultura,
miembro de una generación marcada por ella,
víctima a gusto de la pelea cubana contra
el diversionismo ideológico, fue tarea
fácil para Abel Prieto endilgarle a los
lectores la coletilla a las andanzas, con efectos
especiales, del personaje interpretado por Tom
Hanks a través de las últimas cuatro
décadas de historia americana.
Esa fue la más simple de las tareas que
le ha encomendado la revolución. Mucho
más difícil ha sido atenuar con
su firma la estampida de escritores y artistas;
demostrar que la cultura cubana es una sola -la
que es dentro de y con la revolución-,
y a la vez convencer al mundo de que Heberto Padilla,
Cabrera Infante, Gastón Baquero y Zoé
Valdés son criaturas abominables.
Hace sólo unos días afirmó
que en Cuba no existe censura sino un, al parecer
inexorable, canon estético-literario, para
nada político, que autoriza la publicación
de "El vuelo del gato", y excluye "La
nada cotidiana".
Pelado de frente y melenudo por detrás,
cincuentón y eterno adolescente, ministro
y escritor, moderado y ortodoxo, canónico
y herético, amable y enérgico, civil
y militar, culto y popular, rígido y flexible,
liberal e intolerante. Las dos mitades del ministro,
siempre en esquizoide lucha, deben hacerle las
cosas más difíciles aún.
El ministro de Cultura cubano estuvo por Madrid
en abril. Habló ante el Club Internacional
de Prensa. Allí anunció la insólita
noticia: "El nuevo escenario cultural cubano
no excluye a los disidentes" (Sic.).
Hizo la salvedad de que los condenados de la
primavera de 2003 eran agentes pagados del enemigo.
Justificó su encarcelamiento alegando que
Cuba vive "una guerra terrible" contra
una superpotencia nuclear. Después de todo,
se pusieron dichosos. En otro país habrían
sido "asesinados en una cuneta". O habrían
ido a parar a los crematorios de Auschwitz o Buchenwald,
añado yo, que sé que en el país
de los ciegos el tuerto es rey.
Me dio pena y vergüenza imaginar cómo
se habrá sentido Abel Prieto tras decir
tamaños despropósitos.
Raúl Rivero tuvo la dicha de que le perdonaran
la vida y le permitieran afrontar el desastre
de irse de su país y radicarse en España.
Allá escribe libre. Pedir que lo dejaran
en paz para dedicarse a su obra literaria hubiera
sido abusar de la generosidad del gobierno cubano.
La revista digital de la cultura cubana, La jiribilla
-a la que el ministro Abel Prieto no debe ser
ajeno- la emprendió contra el poeta exiliado.
Le imputan el grave delito de haber simpatizado
con la revolución de Fidel Castro. Lo acusan
de haber escrito alguna vez "Poemas para
una consigna". De haber dicho otrora Patria
o Muerte en cartas, paredes, al teléfono
o al pie de documentos. Ahora dice Libertad y
lo espera la vida.
Con la misma infamia que denigraban a Jesús
Díaz, los editores jiribilleros, sin firma,
talento ni sentido del humor, escudriñan
con lupa la papelería de Rivero. Tratan
de escribir "La novela de Raúl".
Creyeron encontrar pruebas de la traición
de Rivero a Eliseo Diego. Bromeaba en una carta
sobre el verdadero autor de "En la Calzada
de Jesús del Monte". Rivero regalaba
una gran jodedera a su amigo Eliseo Diego por
su cumpleaños número 60.
Los torvos y adustos jiribillosos cayeron en
una trampa de poetas. No repararon en el testimonio
contra Eliseo Diego de un domador de alacranes.
Tampoco les preocupó la referencia a una
quincalla de metáforas. Se creyeron la
confesión del sueño de Rivero de
"arrancar un poco de gloria a ese hombre
que a los 60 años de su vida sigue haciendo
una poesía humanísima, limpia y
universal".
Claro, los mandarines culturosos no tienen amigos.
No entienden de bromas. Su humor, como su sensibilidad,
eran verdes y se los comió un caballo.
A pesar del fiasco, La jiribilla seguirá
hurgando en el pasado de Raúl Rivero. Todo
lo que alguna vez dijo puede ser usado en su contra.
Y lo que no dijo también.
Tal vez descubran que utilizaba la sospechosa
palabra "albatros" para comunicarse
telefónicamente con su amigo Eliseo Diego.
Buscarán entre los miles de informes.
Es posible que encuentren los restos de una lagartija
que el poeta asesinó en Morón cuanto
tenía 8 años. O que logren incriminarlo
por complicidad en la desaparición, en
Caracas, de la dentadura postiza de Carilda Oliver.
Miguel Barnet, pese a su defecto, seguro que es
inocente.
Raúl Rivero todavía debe estarse
riendo del papelazo de La jiribilla. Al ministro
Abel Prieto le agradeció "el gesto
tan gentil" de que no lo tiraran muerto en
una cuneta por mercenario. El régimen cubano,
con su atrofiado sentido del humor, es probable
que no capte la ironía y le responda: "Por
nada, ha sido un placer".
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