PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 19, 2005
 

POLITICA
Abel Prieto y Caín Rivero

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Allá por 1995, el ministro de Cultura cubano, Abel Prieto, incursionó, por un día, en la crítica cinematográfica. La revolución le encomendó una misión alertadora. Acudió a la página cultural del periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba. Tenía que explicar a los televidentes la película Forest Gump.

En su artículo, el compañero Prieto aclaró las connotaciones ideológicas y diversionistas que podía tener la lectura del famoso filme norteamericano para un público no avisado. Conocedor de los temas de la contracultura, miembro de una generación marcada por ella, víctima a gusto de la pelea cubana contra el diversionismo ideológico, fue tarea fácil para Abel Prieto endilgarle a los lectores la coletilla a las andanzas, con efectos especiales, del personaje interpretado por Tom Hanks a través de las últimas cuatro décadas de historia americana.

Esa fue la más simple de las tareas que le ha encomendado la revolución. Mucho más difícil ha sido atenuar con su firma la estampida de escritores y artistas; demostrar que la cultura cubana es una sola -la que es dentro de y con la revolución-, y a la vez convencer al mundo de que Heberto Padilla, Cabrera Infante, Gastón Baquero y Zoé Valdés son criaturas abominables.

Hace sólo unos días afirmó que en Cuba no existe censura sino un, al parecer inexorable, canon estético-literario, para nada político, que autoriza la publicación de "El vuelo del gato", y excluye "La nada cotidiana".

Pelado de frente y melenudo por detrás, cincuentón y eterno adolescente, ministro y escritor, moderado y ortodoxo, canónico y herético, amable y enérgico, civil y militar, culto y popular, rígido y flexible, liberal e intolerante. Las dos mitades del ministro, siempre en esquizoide lucha, deben hacerle las cosas más difíciles aún.

El ministro de Cultura cubano estuvo por Madrid en abril. Habló ante el Club Internacional de Prensa. Allí anunció la insólita noticia: "El nuevo escenario cultural cubano no excluye a los disidentes" (Sic.).

Hizo la salvedad de que los condenados de la primavera de 2003 eran agentes pagados del enemigo. Justificó su encarcelamiento alegando que Cuba vive "una guerra terrible" contra una superpotencia nuclear. Después de todo, se pusieron dichosos. En otro país habrían sido "asesinados en una cuneta". O habrían ido a parar a los crematorios de Auschwitz o Buchenwald, añado yo, que sé que en el país de los ciegos el tuerto es rey.

Me dio pena y vergüenza imaginar cómo se habrá sentido Abel Prieto tras decir tamaños despropósitos.

Raúl Rivero tuvo la dicha de que le perdonaran la vida y le permitieran afrontar el desastre de irse de su país y radicarse en España. Allá escribe libre. Pedir que lo dejaran en paz para dedicarse a su obra literaria hubiera sido abusar de la generosidad del gobierno cubano.

La revista digital de la cultura cubana, La jiribilla -a la que el ministro Abel Prieto no debe ser ajeno- la emprendió contra el poeta exiliado. Le imputan el grave delito de haber simpatizado con la revolución de Fidel Castro. Lo acusan de haber escrito alguna vez "Poemas para una consigna". De haber dicho otrora Patria o Muerte en cartas, paredes, al teléfono o al pie de documentos. Ahora dice Libertad y lo espera la vida.

Con la misma infamia que denigraban a Jesús Díaz, los editores jiribilleros, sin firma, talento ni sentido del humor, escudriñan con lupa la papelería de Rivero. Tratan de escribir "La novela de Raúl".

Creyeron encontrar pruebas de la traición de Rivero a Eliseo Diego. Bromeaba en una carta sobre el verdadero autor de "En la Calzada de Jesús del Monte". Rivero regalaba una gran jodedera a su amigo Eliseo Diego por su cumpleaños número 60.

Los torvos y adustos jiribillosos cayeron en una trampa de poetas. No repararon en el testimonio contra Eliseo Diego de un domador de alacranes. Tampoco les preocupó la referencia a una quincalla de metáforas. Se creyeron la confesión del sueño de Rivero de "arrancar un poco de gloria a ese hombre que a los 60 años de su vida sigue haciendo una poesía humanísima, limpia y universal".

Claro, los mandarines culturosos no tienen amigos. No entienden de bromas. Su humor, como su sensibilidad, eran verdes y se los comió un caballo.

A pesar del fiasco, La jiribilla seguirá hurgando en el pasado de Raúl Rivero. Todo lo que alguna vez dijo puede ser usado en su contra. Y lo que no dijo también.

Tal vez descubran que utilizaba la sospechosa palabra "albatros" para comunicarse telefónicamente con su amigo Eliseo Diego. Buscarán entre los miles de informes.

Es posible que encuentren los restos de una lagartija que el poeta asesinó en Morón cuanto tenía 8 años. O que logren incriminarlo por complicidad en la desaparición, en Caracas, de la dentadura postiza de Carilda Oliver. Miguel Barnet, pese a su defecto, seguro que es inocente.

Raúl Rivero todavía debe estarse riendo del papelazo de La jiribilla. Al ministro Abel Prieto le agradeció "el gesto tan gentil" de que no lo tiraran muerto en una cuneta por mercenario. El régimen cubano, con su atrofiado sentido del humor, es probable que no capte la ironía y le responda: "Por nada, ha sido un placer".


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