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HISTORIA
Rezagada de Mariel
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - En
estos días, en que se cumplen 25 años
del éxodo de Mariel, de donde salieron
hacia Estados Unidos 125 mil cubanos, me ha venido
a la mente una triste historia que jamás
he podido olvidar.
María Antonia Rodríguez trabajaba
como ingeniera eléctrica en el edificio
de Recursos Hidráulicos, ubicado en plena
Rampa, en el Vedado habanero. Vivía con
su único hijo, un joven de 17 años,
en Animas y Galiano, municipio Centro Habana.
Llevaba una vida tranquila. Casi feliz.
Un día todo cambió para ella. Sus
padres, residentes en Florida, compraron un pasaje
de yate para que recogieran a María Antonia
y su hijo en el puerto de Mariel. María
estuvo toda una madrugada pensando, hasta que
se decidió por sus "queridos viejos".
Unos días antes habían entrado
10,865 personas en la embajada de Perú
en sólo tres días, del 4 al 6 de
abril de 1980. Fidel Castro lo había dicho,
tal vez sin pensarlo bien: "Todo el que quiera
irse, que se vaya". Y María tomó
en serio sus palabras. Llegó a su oficina,
explicó las razones humanitarias que tenía
y pidió la baja de su trabajo.
Aquel día yo me encontraba casualmente
en la recepción de Recursos Hidráulicos.
Numerosas personas esperaban a mi alrededor. No
sabía qué, pero algo ocurría.
Todos estaban tensos, como preparados para ejecutar
una acción.
Se abrió el ascensor y de él salió
María Antonia, seguramente ya avisada,
más pálida que el papel. El terror
se reflejaba en su rostro. De inmediato fueron
hacia ella. Uno del grupo le colgó un cartel
del cuello que decía: ESCORIA.
Muda ante aquella embestida, María permaneció
inmóvil. Luego se dejó llevar con
violencia hacia la entrada del edificio, hacia
el medio de la calle 23. Algunas manos le halaban
sus cabellos claros, otras la empujaban. Eran
alrededor de treinta compañeros de trabajo.
Le pregunté a la telefonista qué
ocurría y me respondió que se trataba
de una ingeniera que se marchaba del país.
Me quedé en la acera contemplando aquel
siniestro espectáculo. Le gritaban traidora,
gusana, hija de puta, escoria. La llevaron hasta
la calle L, como si en el cine Yara fueran a crucificarla.
Desde algún desdichado balcón le
lanzaron huevos y palabrotas. María caminaba
con la barbilla hundida en el pecho, llorando.
Y no quise ver más. Sin darme cuenta de
lo que pensaba, me puse del lado de María
para siempre. Fue el primer acto de repudio que
presencié, cuando descubrí las verdaderas
entrañas del régimen castrista,
azuzando multitudes hasta convertirlas en bestias,
como ocurrió en Rusia a principios del
siglo XX, en la Alemania nazi, en la Italia fascista.
Aún guardo en mi memoria el rostro espantado
de María. Sus amigos continuaron viéndola
por las calles de La Habana años después
y sin trabajo. Me contó alguien que María
fue dos veces a Mariel y que el lugar que le pertenecía
en el yate lo ocupó un hombre sacado ese
día de la cárcel. Alguien me dijo
que marchó a Estados Unidos, no hace mucho.
Si la ven por las calles de Miami, díganle
que nunca la he podido olvidar.
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