PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 18, 2005
 

HISTORIA
Rezagada de Mariel

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - En estos días, en que se cumplen 25 años del éxodo de Mariel, de donde salieron hacia Estados Unidos 125 mil cubanos, me ha venido a la mente una triste historia que jamás he podido olvidar.

María Antonia Rodríguez trabajaba como ingeniera eléctrica en el edificio de Recursos Hidráulicos, ubicado en plena Rampa, en el Vedado habanero. Vivía con su único hijo, un joven de 17 años, en Animas y Galiano, municipio Centro Habana. Llevaba una vida tranquila. Casi feliz.

Un día todo cambió para ella. Sus padres, residentes en Florida, compraron un pasaje de yate para que recogieran a María Antonia y su hijo en el puerto de Mariel. María estuvo toda una madrugada pensando, hasta que se decidió por sus "queridos viejos".

Unos días antes habían entrado 10,865 personas en la embajada de Perú en sólo tres días, del 4 al 6 de abril de 1980. Fidel Castro lo había dicho, tal vez sin pensarlo bien: "Todo el que quiera irse, que se vaya". Y María tomó en serio sus palabras. Llegó a su oficina, explicó las razones humanitarias que tenía y pidió la baja de su trabajo.

Aquel día yo me encontraba casualmente en la recepción de Recursos Hidráulicos. Numerosas personas esperaban a mi alrededor. No sabía qué, pero algo ocurría. Todos estaban tensos, como preparados para ejecutar una acción.

Se abrió el ascensor y de él salió María Antonia, seguramente ya avisada, más pálida que el papel. El terror se reflejaba en su rostro. De inmediato fueron hacia ella. Uno del grupo le colgó un cartel del cuello que decía: ESCORIA.

Muda ante aquella embestida, María permaneció inmóvil. Luego se dejó llevar con violencia hacia la entrada del edificio, hacia el medio de la calle 23. Algunas manos le halaban sus cabellos claros, otras la empujaban. Eran alrededor de treinta compañeros de trabajo.

Le pregunté a la telefonista qué ocurría y me respondió que se trataba de una ingeniera que se marchaba del país. Me quedé en la acera contemplando aquel siniestro espectáculo. Le gritaban traidora, gusana, hija de puta, escoria. La llevaron hasta la calle L, como si en el cine Yara fueran a crucificarla. Desde algún desdichado balcón le lanzaron huevos y palabrotas. María caminaba con la barbilla hundida en el pecho, llorando.

Y no quise ver más. Sin darme cuenta de lo que pensaba, me puse del lado de María para siempre. Fue el primer acto de repudio que presencié, cuando descubrí las verdaderas entrañas del régimen castrista, azuzando multitudes hasta convertirlas en bestias, como ocurrió en Rusia a principios del siglo XX, en la Alemania nazi, en la Italia fascista.

Aún guardo en mi memoria el rostro espantado de María. Sus amigos continuaron viéndola por las calles de La Habana años después y sin trabajo. Me contó alguien que María fue dos veces a Mariel y que el lugar que le pertenecía en el yate lo ocupó un hombre sacado ese día de la cárcel. Alguien me dijo que marchó a Estados Unidos, no hace mucho. Si la ven por las calles de Miami, díganle que nunca la he podido olvidar.

 


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