PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 12, 2005
 

HISTORIA
El caso Svetlana

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba Mayo (www.cubanet.org) - No hay dudas de que la causa fundamental del derrumbe del campo socialista fue la falta de libertad. El "caso Svetlana", que les propongo conocer hoy, nos obliga a preguntarnos si los hijos de Andropov, Chernenko, Gorbachev y Yeltsin se ven en la necesidad de pedir permiso al gobierno ruso para viajar dentro o fuera de su país, como le ocurrió a Svetlana Alilueva, la hija de José Stalin.

Se trata de una historia con mucho de surrealismo, algo que en la democracia no se conoce y en Cuba es un hecho cotidiano.

En 1967 se reunió el Buró Político del Partido Comunista de la Unión Soviética para analizar -no por primera vez seguramente- el "caso Svetlana", quien, para sorpresa del gobierno, había escapado a occidente.

Con el fin de liberarse del socialismo de línea dura de su padre, Svetlana pudo viajar ese año a Nueva Delhi para asistir a los funerales de un indio íntimo amigo suyo. De allí saltó a Londres donde pidió asilo político y publicó sus memorias, enjuiciando muy severamente la personalidad de su progenitor. Al cabo de quince años Svetlana sintió nostalgia por su patria.

Para regresar a Moscú debía tener un permiso del Kremlin, a donde envió varias cartas exponiendo sus razones.

El 13 de septiembre de 1982 se reunió el Buró Político, presidido por Konstantin Chernenko para analizar de nuevo el caso de Svetlana a través de sus cartas, a través de las cuales expuso su necesidad de regresar a la URSS. Tenía mucho interés que su hija conociera Georgia, la tierra natal de su abuelo. Pero sobre todo, estabilizar su vida. Svetlana se había casado cinco veces legalmente. Estaba cansada de cambiar de país y de continente.

"Mi hija crece -escribió- y no conoce su patria".

Seis meses después, en marzo de 1983, la hija de Stalin llegaba a Moscú, donde fue acogida con los brazos abiertos por la nomenklantura soviética. Recibió una buena casa, una pensión, trabajo y se nombró a Shevardnadze para que velara porque nada le faltara.

Al año siguiente, de nuevo fue analizado el "caso Svetlana" en el Buró Político. Solicitaba, esta vez a Mijail Gorbachev que le permitiera salir de Moscú. Él dio lectura a la carta: "No me siento bien. Moscú no me gusta. No me lo había imaginado así. Quiero vivir en Georgia, el terruño de mi padre, poner a mi hija en contacto con sus paisajes, con su gente". Era una triste misiva, según el líder comunista.

El Buró Político aprobó su petición y Svetlana fue a residir a Tbisili donde "se sentía satisfecha y reanimada", según se expuso en otra reunión. Su hija estudiaba en una escuela y tenía buenos amigos.

El 3 de abril de 1986 volvió a plantearse el "caso Svetlana" en una reunión del Kremlin. Había dirigido una carta al Primer Secretario pidiéndole permiso para salir definitivamente del país. Confrontaba estados depresivos. Tenía conflictos con su hija, a quien reprochaba que se hubiera adaptado fácilmente a Georgia, tan diferente a Inglaterra y Estados Unidos. Conclusión: necesitaba marcharse de la Unión Soviética.

La carta se leyó delante de todos los miembros del Buró Político. En ella Svetlana expuso que se había equivocado, que la decisión de regresar a la URSS había sido tomada de forma precipitada, que no podía vivir más tiempo ni en Georgia ni en Moscú. Temía que se pusiera peor su estado de ánimo.

Aquel mismo día el Consejo de Ministros llegó al consenso de no poner ningún obstáculo a la petición de la hija de Stalin. "Si Alilueva desea irse, que lo haga". Encabezó la lista de firmas Mijail Gorbachev.

A los pocos días Svetlana marchó a occidente para siempre.

Toda la información ofrecida en este trabajo fue extraída del libro "Mi verdad", de Vitali I. Vorotnikov, impreso en Cuba por la Editora Abril en 1995.

Consta de notas y reflexiones de su diario de trabajo entre 1982 y 1991, cuando ocupó el cargo de presidente del Consejo de Ministros. "Una crónica sui géneris de la perestroika", como lo llama.

Consultar este libro en Cuba es muy difícil, ya que no aparece siquiera en el catálogo de la Biblioteca Nacional José Martí. El ejemplar que poseo llegó a mis manos de puro milagro.


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