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ECOLOGIA
La playa de Cojímar, un desastre ecológico
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Todavía
los pobladores más viejos de Cojimar recuerdan
con cierta nostalgia la imagen de la humilde playa
local como un sitio agradable bordeado de pequeñas
cafeterías. Los pescadores solían
subir sus botes a la arena cuando terminaban la
faena del día. La pobreza de aquellos tiempos
no podía contrarrestar la belleza de la
vida silvestre que aún bullía en
los alrededores del río, del que toma el
nombre aquella porción de la costa norte
de Cuba. Hasta no hace muchos años, los
carpinteros de rivera todavía construían
sus embarcaciones en las áreas situadas
entre la desembocadura del río y la orilla
arenosa del litoral.
Las aguas de la boca cojimera no son peligrosas.
Aunque se habla de corrientes y contra corrientes
de las que hay que cuidarse, por lo general esta
parte es poco profunda, a no ser el canal que
da acceso al actual embarcadero, donde puede alcanzar
hasta 10 metros en algunas partes. Pocas veces
en los años que llevo viviendo en este
lugar he escuchado sobre la entrada de grandes
peces. Solamente una vez vi sacar una gran barracuda
en el muelle del torreón y hace unos meses
una pareja de delfines se adentró en la
rada tras una mancha de sardinas. La presencia
de los mamíferos atrajo durante dos días
la atención de los curiosos, que querían
verles en su medio natural y no faltó un
osado que se lanzó a nadar entre ellos.
Otros comenzaron a comentar las facultades culinarias
de la carne del pacífico animal, y esto
preocupó a quienes tienen alma de ecologistas
y retienen en la memoria lo ocurrido a un cachalote
que a finales de los noventa encalló en
la cercana costa, siendo prácticamente
descuartizado por los vecinos que vieron abrirse
los cielos con su llegada. Con cuchillos, hachas
y cuanto pérfilo cortante pudiera servir
para la ocasión, la gente convirtió
en grandes tiras los restos del desdichado, dejándole
en puro esqueleto. Pero estos cetáceos
no corrieron igual suerte y se marcharon ahítos
de peces.
Desde la captura de un jaquetón en 1946,
cuyo hígado llegó a pesar 1,005
libras según testigos presenciales, y un
damero que quedó eternizado en las fotos
hechas por varios pobladores, entre las que se
encuentran las del fotógrafo Raúl
Corrales, expuestas en el restaurante La Terraza,
no hay versiones sobre arribazones de gran tamaño
por este lugar, por lo que darse un chapuzón
nunca es preocupante.
En el célebre restaurante, donde el escritor
Ernest Heminguey concibiera su premiada novela
El Viejo y el Mar, cuelgan tres cuadros pintados
por jóvenes creadores de la localidad,
donde se puede tener una idea de cómo era
esta playa. Los artistas utilizaron fotos y postales
de la época para ayudar a la imaginación
y plasmar la belleza de este paraje antes de que
sufriera los desmanes de nuestro tiempo.
Varios factores han contribuido a la destrucción
progresiva del sitio. Uno de ellos es el camino
que bordea la ensenada de Cojimar y que une al
pueblo con la mini ciudad de Alamar. Hasta principios
de la década de los noventa funcionaba
un endeble botecito que trasegaba personal entre
las dos orillas. La construcción del actual
puente de hierro acabó con aquel corto
paseo, un tanto peligroso para quienes cruzaban
con sus bicicletas durante el llamado Período
Especial. Fue entonces que se asfaltó el
terraplén existente, llegándose
a cubrir una gran parte de la franja arenosa.
La cinta de asfalto irrumpió en el arenal,
provocando su reducción y el aumento de
la contaminación producto del constante
paso peatonal. Lo que todavía fuera en
los finales del ochenta un pequeño paraje
agreste, con ciertas condiciones para el esparcimiento
de quienes preferían evitar la aglomeración
de bañistas que en el verano se dirigían
a las extensas áreas extendidas entre el
Mégano y Guanabo, fue perdiendo su encanto.
Ciertamente la de Cojimar no podía compararse
con las llamadas playas del Este de La Habana,
pero la tranquilidad del mar que baña esta
zona costera bastaba para pasar un rato de distracción.
También el entorno contribuía con
su paisaje variado al relajamiento de la vista.
Por su parte, el río que vierte en uno
de los extremos de la ensenada, todavía
no tenía el nivel de contaminación
que presenta en la actualidad, cuando a veces
las aguas presentan un color blanquecino atribuido
a los desechos de la nueva planta de perfumes
Suchel. Otros que echan sus residuales en este
río son la prisión del Combinado
del Este y una vaquería cercana.
Pero lo peor estaba por llegar. La crisis del
transporte de aquella década tremebunda
no sólo afectó el servicio de pasajeros.
La basura comenzó a acumularse peligrosamente
en las cuadras y barrios, obligando a que cada
cual resolviera la situación a su manera.
Un buen día al pasar por esta playa nos
asombró la cantidad de desperdicios que
cubrían el sitio. Cientos de jabas plásticas
y envoltorios cubrían la arena hasta casi
hacerla imperceptible. Después vinieron
las carretas con las que se trató de resolver
la falta de camiones de recogida de basura. Como
éstas no contaban con la suficiente autonomía
para trasladar lo recogido hacia lugares alejados,
optaban por depositarlos en la playa.
Después las cosas mejoraron y aquel basurero
fue eliminado. Se trajo arena nueva en varios
equipos de volteo. Parecía que al fin la
playa iba a recuperar su rostro anterior. Desgraciadamente,
muchas personas continuaron con la práctica
de botar la basura en un lugar que ya habían
dejado de considerar como zona de recreo.
Hace dos veranos un joven de la Universidad de
La Habana, estudiante de la facultad de Geografía,
empezó a realizar lo que a nadie se le
había ocurrido antes: incentivar a los
niños del pueblo a cuidar y limpiar las
arenas de su playa. Parecía que la idea
tenía asegurado un buen futuro, pero apenas
comenzada la iniciativa terminó por fenecer.
Tal vez los padres de los muchachos, preocupados
por la manera en que sus hijos recogían
todo tipo de inmundicias sin contar con ningún
tipo de protección, decidieron desanimarlos
de continuar en esta tarea. Por otra parte, el
grupo veía cómo lo que ellos colectaban
se iba acumulando sin ser recogido por los organismos
que tienen la posibilidad de hacerlo, por contar
con los medios de transporte adecuados.
Al final el trabajo había sido hecho en
vano. El buen propósito fue siendo aplastado
por la desidia y el desinterés de quienes
debían apoyarlo. La basura continuó
siendo un personaje omnipresente. Ahora es más
frecuente observar, en mayores proporciones que
las aves marinas, a bandadas de tiñosas
revoloteando por encima de las aguas o hurgando
en la orilla.
Desde hace varios meses un nuevo azote suma sus
fuerzas para acabar con lo poco que queda de la
antigua playa cojimera. En la arena aparecen profundos
cráteres dejados por los que están
haciendo cualquier trabajo de construcción
y que de manera ilícita saquean la existente
en esta franja costera, llevándola en sacos
o carretillas. La acción destructora es
justificada por la falta de materiales para reparar
o levantar una vivienda. La que se extrae aquí
no es la más idónea por su contenido
salino, pero el que tiene necesidad no lo piensa
dos veces. Hace unos días varios infractores
fueron sorprendidos en pleno acto de depredación
y se dice que se les impuso una fuerte multa de
hasta quinientos pesos. Pero el mal está
hecho. Otros se aprestan a evadir la esporádica
vigilancia y los huecos siguen extendiéndose.
Pero no es sólo la playa la que peligra
en este lugar de La Habana. Muy cerca de ella
existe un paraje que puede ser considerado una
reserva ecológica regional. Una estrecha
franja de árboles y plantas conforman un
bosque, bastante encerrado en la tenaza de las
construcciones que crecen a su alrededor. Este
sitio está amenazado además por
la cercanía de una antigua unidad militar,
que ahora funciona como campo de instrucción
de los agentes que velan en los centros bancarios,
tiendas y lugares donde se guardan valores.
A los que han ocupado durante años ese
terreno, incluyendo los actuales moradores, la
vecina arboleda no les dice mucho. En ella pueden
encontrarse restos de motores, chasis de carros
viejos y otros artefactos arrojados indiscriminadamente
en su interior por inservibles.
La sociedad cubana está urgida no sólo
de tomar conciencia en el terreno de lo político
y de las libertades cívicas. Se requiere
además que adquiera una profunda educación
ecologista que la haga sentir el peso de la responsabilidad
que tiene este asunto que nos confiere a todos.
El cuidado de la naturaleza es parte también
de la lucha por la democracia en cualquier sociedad.
Sin ella llegará el día en que tal
vez tendremos garantizados derechos y espacios
de mayor libertad, pero sin playas ni bosques.
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