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SOCIEDAD
Los carros americanos
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Cuando
jovencito, formaba parte de mis anhelos de futuro
tener un carro americano.
Aunque miembro de una familia bien pobre, y por
aquel entonces repartidor de pan en el barrio
Miramar, mis sueños no eran quiméricos
ni imposibles. Mi tío abuelo Daniel, habiendo
sido repartidor de botellones de agua mineral
a mi edad, tenía un Ford último
modelo de 1958. Eso sí, a base de mucho
esfuerzo y perseverancia, pues la sociedad de
entonces daba muchas posibilidades, pero era exigente
y poco paternalista.
En la Cuba de entonces casi todo el parque de
automóviles era de procedencia norteamericana.
La General Motors y la Ford se repartían
el mercado. Verdaderas joyas de la técnica
automovilística de entonces eran los distintos
modelos y marcas que conformaban aquellos dos
consorcios: Cadillac, Lincoln, Pontiac y Buick
como los más lujosos, y otros más
sencillos como el Ford, Mercury, Chevrolet, Oldsmobile,
Studebaker, Dodge, Plymouth, Crysler, y alguna
que otra marca que escapa a mi recuerdo.
En noviembre de cada año, y al unísono
con Estados Unidos, aparecían los nuevos
modelos del año por venir. Cuba era el
país de América Latina, y uno de
los países del mundo que mayor número
de automóviles particulares tenía
por habitante. Mis aspiraciones no tenían
nada de fantasiosas.
Por eso, durante los primeros quince años
posteriores a la llegada de aquellas huestes con
aroma sabanero y olor a manigua, prometiendo un
paraíso proletario; durante esos tres lustros,
Cuba pudo solventar sus necesidades de transporte
ligero, a pesar de que en ese período no
entraron carros americanos, sino transporte pesado
para uso militar procedente de la extinta Unión
Soviética.
No fue sino hasta mediados de la década
de 1970 que el buen entendimiento y la afinidad
de propósitos entre las dictaduras militares
argentinas y el régimen cubano, facilitaron
un multimillonario crédito del gobierno
sudamericano al insular, y en virtud de ello entraron
carros americanos de las marcas Ford, Dodge y
Chevrolet. Pero ya no tenían la durabilidad
de los de antaño, lo que, unido al mal
uso estatal que de ellos se hizo, ocasionó
su destrucción en pocos años. Hoy
de estos carros no queda ni siquiera el recuerdo.
Actualmente son los carros americanos, aquéllos
que deleitaron mi vista construidos en las décadas
de los treinta, cuarenta y cincuenta, sobre todo
los de 1950, los que se deslizan por el pavimento
habanero. Algunos, increíblemente bien
conservados, engalanan las tardes capitalinas,
cuando por el Malecón rivalizan con los
duros arrecifes y el inconmovible muro. Otros,
los más, se han dedicado al transporte
público privado, y aunque parezca asunto
milagroso, aún ruedan por las calles de
nuestros pueblos y ciudades, luego de 50, 60,
y hasta 70 años de intensa explotación.
Mis estimados, producto de observaciones personales,
dicen que cerca de la cuarta parte de los vehículos
que ruedan por la capital son carros americanos,
siendo menos frecuentes en el municipio Playa,
pero muy reiterados en el Cerro y Centro Habana.
Ellos han sido el complemento y el auxilio más
vigoroso que ha tenido el transporte público
en este medio siglo de colas interminables, guaguas
asfixiantes y camellos infernales.
Esos ya cacharros americanos y sus dueños,
convertidos en "boteros" (taxistas particulares),
han sido el único recurso con que ha contado
el cubano para un viaje de emergencia al hospital
o para un traslado de la familia a la playa en
los días de asueto. Habitualmente representan
la única opción de traslado rápido
y seguro para la población ante el precario
estado del transporte público.
El recorrido en ellos resulta diez veces más
barato que el ofertado por los taxis estatales,
utilizados únicamente por turistas o por
cubanos residentes en el extranjero cuando vienen
de visita.
Por eso, cuando veo lanzar sobre los "boteros"
andanadas de reproches por parte de las más
altas autoridades políticas del país,
no puedo evitar un sentimiento de pena e indignación.
Estos hombres y los carros americanos bien merecen
la gratitud y el reconocimiento de todos los hijos
de esta tierra.
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