PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 6, 2005
 

SOCIEDAD
Los carros americanos

Oscar Mario González, Grupo Decoro

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Cuando jovencito, formaba parte de mis anhelos de futuro tener un carro americano.

Aunque miembro de una familia bien pobre, y por aquel entonces repartidor de pan en el barrio Miramar, mis sueños no eran quiméricos ni imposibles. Mi tío abuelo Daniel, habiendo sido repartidor de botellones de agua mineral a mi edad, tenía un Ford último modelo de 1958. Eso sí, a base de mucho esfuerzo y perseverancia, pues la sociedad de entonces daba muchas posibilidades, pero era exigente y poco paternalista.

En la Cuba de entonces casi todo el parque de automóviles era de procedencia norteamericana. La General Motors y la Ford se repartían el mercado. Verdaderas joyas de la técnica automovilística de entonces eran los distintos modelos y marcas que conformaban aquellos dos consorcios: Cadillac, Lincoln, Pontiac y Buick como los más lujosos, y otros más sencillos como el Ford, Mercury, Chevrolet, Oldsmobile, Studebaker, Dodge, Plymouth, Crysler, y alguna que otra marca que escapa a mi recuerdo.

En noviembre de cada año, y al unísono con Estados Unidos, aparecían los nuevos modelos del año por venir. Cuba era el país de América Latina, y uno de los países del mundo que mayor número de automóviles particulares tenía por habitante. Mis aspiraciones no tenían nada de fantasiosas.

Por eso, durante los primeros quince años posteriores a la llegada de aquellas huestes con aroma sabanero y olor a manigua, prometiendo un paraíso proletario; durante esos tres lustros, Cuba pudo solventar sus necesidades de transporte ligero, a pesar de que en ese período no entraron carros americanos, sino transporte pesado para uso militar procedente de la extinta Unión Soviética.

No fue sino hasta mediados de la década de 1970 que el buen entendimiento y la afinidad de propósitos entre las dictaduras militares argentinas y el régimen cubano, facilitaron un multimillonario crédito del gobierno sudamericano al insular, y en virtud de ello entraron carros americanos de las marcas Ford, Dodge y Chevrolet. Pero ya no tenían la durabilidad de los de antaño, lo que, unido al mal uso estatal que de ellos se hizo, ocasionó su destrucción en pocos años. Hoy de estos carros no queda ni siquiera el recuerdo.

Actualmente son los carros americanos, aquéllos que deleitaron mi vista construidos en las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta, sobre todo los de 1950, los que se deslizan por el pavimento habanero. Algunos, increíblemente bien conservados, engalanan las tardes capitalinas, cuando por el Malecón rivalizan con los duros arrecifes y el inconmovible muro. Otros, los más, se han dedicado al transporte público privado, y aunque parezca asunto milagroso, aún ruedan por las calles de nuestros pueblos y ciudades, luego de 50, 60, y hasta 70 años de intensa explotación.

Mis estimados, producto de observaciones personales, dicen que cerca de la cuarta parte de los vehículos que ruedan por la capital son carros americanos, siendo menos frecuentes en el municipio Playa, pero muy reiterados en el Cerro y Centro Habana.

Ellos han sido el complemento y el auxilio más vigoroso que ha tenido el transporte público en este medio siglo de colas interminables, guaguas asfixiantes y camellos infernales.

Esos ya cacharros americanos y sus dueños, convertidos en "boteros" (taxistas particulares), han sido el único recurso con que ha contado el cubano para un viaje de emergencia al hospital o para un traslado de la familia a la playa en los días de asueto. Habitualmente representan la única opción de traslado rápido y seguro para la población ante el precario estado del transporte público.

El recorrido en ellos resulta diez veces más barato que el ofertado por los taxis estatales, utilizados únicamente por turistas o por cubanos residentes en el extranjero cuando vienen de visita.

Por eso, cuando veo lanzar sobre los "boteros" andanadas de reproches por parte de las más altas autoridades políticas del país, no puedo evitar un sentimiento de pena e indignación. Estos hombres y los carros americanos bien merecen la gratitud y el reconocimiento de todos los hijos de esta tierra.

 


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