PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 5, 2005
 

SOCIEDAD
Dígame quién es el malo

Amarilis C. Rey, Cuba Verdad

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - La gente pobre en Cuba, que es la mayoría, no tiene mucho tiempo para pensar, meditar o sacar conclusiones.

Muchos cubanos pasan el día tratando de encontrar qué comer, cómo transportarse, "inventar algunos pesos", localizar una enfermera para completar algún tratamiento o aliviar una dolencia, o adivinar con urgencia un médico que recete el fármaco necesario, y que por casualidad entró en el lote el día que surtieron la farmacia que le corresponde.

Sí, parece una gran locura; por eso me sorprendió el análisis de una vecina del barrio mientras hacíamos fila para comprar medicamentos.

-Chica -me dice-, mi madre fue de visita a los Estados Unidos, y allá se quedó. Aquí recibía una pensión de 85 pesos que no le alcanzaban ni para comprar café. Después de toda una vida de trabajo. Allá los americanos le dan 400 dólares mensuales, más otro tanto en bonos para comida que no puede consumir totalmente. Y esto es una ayuda por ser una persona mayor. En un país donde nunca trabajó. Aquí entre nosotras, chica, dime, ¿quién es el malo?

La simpática e inusual reflexión de mi vecina me hizo pensar en la cantidad de ancianos que para engrosar sus pensiones pueden verse en disímiles lugares de la ciudad vendiendo cigarrillos, máquinas de afeitar o alguna fruta, quizás cosechada en el patio de su casa. Estos ancianos son detenidos por la policía, multados por venta ilícita, y en ocasiones, si las mercancías interesan, se las decomisan.

Mi padre también fue jubilado de su empleo, al que dedicó su vida. Recibía un retiro de 94 pesos mensuales, y el medicamento que debía tomar de por vida para oxigenar su cerebro, donde único se podía adquirir costaba 10 dólares el paquete de veinte pastillas.

Durante los años de su enfermedad nunca fue visitado por ningún ex compañero de combate, ni por ningún representante de las organizaciones a las que perteneció, al menos para brindarle un poco de apoyo moral.

Las instituciones del gobierno tampoco tuvieron capacidad para recluirlo en un sitio donde pudiera recibir atención especializada. Y murió totalmente enajenado, apoyándonos en la moneda del enemigo al que él tanto combatió.


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