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SOCIEDAD
Dígame quién es el malo
Amarilis C. Rey, Cuba Verdad
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - La
gente pobre en Cuba, que es la mayoría,
no tiene mucho tiempo para pensar, meditar o sacar
conclusiones.
Muchos cubanos pasan el día tratando de
encontrar qué comer, cómo transportarse,
"inventar algunos pesos", localizar
una enfermera para completar algún tratamiento
o aliviar una dolencia, o adivinar con urgencia
un médico que recete el fármaco
necesario, y que por casualidad entró en
el lote el día que surtieron la farmacia
que le corresponde.
Sí, parece una gran locura; por eso me
sorprendió el análisis de una vecina
del barrio mientras hacíamos fila para
comprar medicamentos.
-Chica -me dice-, mi madre fue de visita a los
Estados Unidos, y allá se quedó.
Aquí recibía una pensión
de 85 pesos que no le alcanzaban ni para comprar
café. Después de toda una vida de
trabajo. Allá los americanos le dan 400
dólares mensuales, más otro tanto
en bonos para comida que no puede consumir totalmente.
Y esto es una ayuda por ser una persona mayor.
En un país donde nunca trabajó.
Aquí entre nosotras, chica, dime, ¿quién
es el malo?
La simpática e inusual reflexión
de mi vecina me hizo pensar en la cantidad de
ancianos que para engrosar sus pensiones pueden
verse en disímiles lugares de la ciudad
vendiendo cigarrillos, máquinas de afeitar
o alguna fruta, quizás cosechada en el
patio de su casa. Estos ancianos son detenidos
por la policía, multados por venta ilícita,
y en ocasiones, si las mercancías interesan,
se las decomisan.
Mi padre también fue jubilado de su empleo,
al que dedicó su vida. Recibía un
retiro de 94 pesos mensuales, y el medicamento
que debía tomar de por vida para oxigenar
su cerebro, donde único se podía
adquirir costaba 10 dólares el paquete
de veinte pastillas.
Durante los años de su enfermedad nunca
fue visitado por ningún ex compañero
de combate, ni por ningún representante
de las organizaciones a las que perteneció,
al menos para brindarle un poco de apoyo moral.
Las instituciones del gobierno tampoco tuvieron
capacidad para recluirlo en un sitio donde pudiera
recibir atención especializada. Y murió
totalmente enajenado, apoyándonos en la
moneda del enemigo al que él tanto combatió.
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