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POLITICA
60 años después, una mirada desde el Caribe
Lic. Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Con
la capitulación de la Alemania nazi en
la noche del 8 al 9 de mayo de 1945 terminaba
en lo fundamental la Segunda Guerra Mundial, y
con ella la más horrible de las tragedias
sufridas por la humanidad en su larga historia.
Atrás quedaban decenas de millones de
muertos y mutilados; países arruinados,
que antes de la conflagración brillaban
por sus niveles de desarrollo; economías
devastadas con grados de miseria y hambre impactantes
y, lo que es peor, con poblaciones corroídas
por la desesperación y la desesperanza.
Sin olvidar los resentimientos y odios generados
durante más de cinco años de lucha
sangrienta.
Por si fuera poco, como resultado del conflicto
el Viejo Continente quedó dividido en dos
partes irreconciliables: los pueblos del Este
sometidos bajo la firme férula de la Unión
Soviética, con un nuevo totalitarismo,
mientras al Occidente las naciones, con la ayuda
norteamericana, resistían los embates de
la crisis, a la vez que reafirmaban sus independencias
y soberanías y trataban de iniciar su reconstrucción
y enfilar sus destinos por la vía democrática.
La Alemania derrotada resultaba un mero concepto
geográfico. Su división en cuatro
zonas de ocupación -norteamericana, soviética,
inglesa y francesa- auguraba un futuro incierto,
con la posible desaparición como nación
y la pérdida de la unidad lograda en 1871,
bajo los auspicios del Canciller de Hierro, Otto
Von Bismark.
Este cuadro aterrador, vislumbrado en Europa
en el período inmediatamente posterior
al fin de la conflagración mundial, no
podía inspirar optimismo ni al mejor de
los panglosianos.
Mas el milagro se produjo. Europa, cual Ave Fénix,
resurgió de las cenizas. Curó sus
heridas. Reconstruyó sus sociedades. Liquidó
las divisiones, generalmente por la vía
pacífica, y ha edificado una colectividad
a la que por el momento pertenecen 25 naciones,
muy pronto ampliada con nuevas incorporaciones,
ocupando así un lugar decisivo en la comunidad
internacional actual.
Países que antaño fueron rivales
encarnizados y en muchas oportunidades dirimieron
sus diferencias en los campos de batalla, actualmente
han establecido lazos de cooperación hasta
llegar incluso a la creación de una moneda
común, y dejar a un lado partes importantes
de sus soberanías nacionales para priorizar
intereses comunes. Hace 60 años todos esos
logros hubieran parecido un sueño, una
utopía irrealizable.
Hay que admitir que junto a la tenacidad europea
por recuperarse de los problemas del pasado, existió
la firme y oportuna cooperación económica
y militar de Estados Unidos. Recuérdese
tan sólo el Plan Marshall o el episodio
de la ruptura del bloqueo de Berlín Occidental
impuesto por la URSS mediante un puente aéreo
con el despliegue de medios sin precedentes entonces.
Ejemplos de la determinación norteamericana
en la defensa de sus aliados de la Europa democrática.
No obstante, debe subrayarse que esa valiosa
asistencia exógena hubiera resultado insuficiente
si no hubiera estado presente la firme voluntad
y la persistencia de los europeos en reconstruir
sus países y enfrentar la amenaza totalitaria.
En este quehacer los políticos europeos
desplegaron sagacidad y sabiduría extraordinarias,
combinadas con paciencia y dedicación a
los objetivos a lograr, esfuerzos que han pasado
a la historia universal como paradigmáticos.
Podría decirse que "en cada momento
hicieron lo que en cada momento era menester hacer".
La firmeza política fue desplegada en determinadas
etapas, dejando para otros momentos una inteligente
flexibilidad.
La actuación de personalidades con diversas
procedencias doctrinales aunaron en distintas
etapas los esfuerzos, con el objetivo común
de lograr una Europa fuerte, unida y democrática.
Hombres como Charles de Gaulle y Conrad Adenauer
o como Olof Palmer y Willy Brandt, junto a muchos
otros arquitectos de la nueva Europa, deberán
ser recordados con admiración, respeto
y cariño por todos los demócratas
en este 60 aniversario del término de la
Segunda Guerra Mundial.
El legado de Palme y, en especial, del antiguo
alcalde de Berlín Occidental y luego Canciller
de la República Federal de Alemania tiene
singular importancia, sobre todo para quienes
aún permanecemos bajo el yugo del totalitarismo.
Sus políticas encaminadas a la reconciliación
de los europeos, junto a otros factores decisivos,
tuvo una importancia vital en el derrumbe prácticamente
incruento del totalitarismo en Europa, sin olvidar
la impronta de un hombre que, sin ser político,
con su sabiduría y generosidad incidió
decisivamente en el devenir del Viejo Continente:
Karol Wojtla, el Santo Padre Juan Pablo II.
Resulta difícil evaluar en toda su magnitud
la importancia que tuvo la Ostopolitik y el "tendido
de puentes" de Brandt. Su contenido de paz
y distensión, incomprendida por muchos
en la propia Alemania entonces, fue un facto facilitador
del encuentro y la amistad de los pueblos y el
comienzo de la ruptura del bloqueo informativo
impuesto en los territorios dominados por la URSS.
La supresión de la Doctrina Hallstein
(*), el reconocimiento por la RFA de la República
Democrática Alemana (RDA), la suscripción
de un Tratado sobre las Bases de las Relaciones
entre la RFA y la RDA, el desarrollo de los lazos
económico-comerciales interalemanes con
indudables ventajas para los ciudadanos de la
última, abrieron el camino para infinidad
de acuerdos específicos.
Como parte del aval de la comunidad internacional
a ese proceso, en septiembre de 1973 ambos estados
fueron admitidos en la Organización de
las Naciones Unidas. El 1 de agosto de 1975 las
dos naciones firmaron el Acta Final de la Conferencia
sobre la Seguridad y la Cooperación en
Europa (CSCE) en Helsinki, documento que tanto
significó para promover la democracia y
la defensa de los derechos humanos en los países
del Este.
La política de paz y distensión
estimulada por el Canciller germano-occidental
no sólo se limitó a las relaciones
con la RDA. También con la URSS, Polonia
y Checoslovaquia fueron suscritos relevantes acuerdos
que permitieron disminuir considerablemente la
confrontación en el Viejo Continente. Con
ello, la supuesta credibilidad del argumento del
"enemigo externo", indispensable para
el totalitarismo, se debilitó considerablemente,
lo que pudieron apreciar todos quienes en aquellos
tiempos vivimos o tuvimos relación con
los asuntos de Europa del Este.
Con la URSS se puso en vigor el Tratado de No
Agresión y Reconocimiento de la Inviolabilidad
de las Fronteras Europeas, firmado el 12 de agosto
de 1970 en Moscú.
En cuanto a Polonia, mediante el Tratado de Varsovia,
suscrito el 7 de diciembre de 1970, fueron normalizadas
las relaciones y, espectacularmente, se reconocieron
las fronteras polacas occidentales sobre los ríos
Oder-Niesse. Así quedaba eliminado uno
de los aspectos más conflictivos de la
guerra fría, y se puso punto final a un
argumento muy tulizado por la propaganda soviética
para atizar la confrontación.
Durante su estancia en Varsovia, de forma espontánea,
Brandt se arrodilló ante el monumento conmemorativo
a las víctimas del Ghetto. El gesto simbolizó
mejor que la propia firma del acuerdo la significación
política y moral de la reconciliación
germano-polaca.
Debido a esta febril actividad en pos de la paz
y la distensión, al luchador antifascista
y Canciller Federal Willy Brandt se le otorgó
el Premio Nobel de la Paz en 1971, por su "política
de reconciliación entre viejos enemigos".
Fue el primer alemán que recibió
este galardón después de la Segunda
Guerra Mundial. Pocas veces se ha entregado un
premio internacional de esta connotación
con tanta justeza.
Para los cubanos, dentro y fuera de la Isla,
gobernados y gobernantes, que hoy nos debatimos
en la crisis nacional más difícil
y complicada de nuestra historia, valdría
mucho analizar serena y profundamente cómo
Europa, en especial los países del Este,
pudieron vencer el adverso legado del pasado y
salir adelante, en la inmensa mayoría de
los casos de forma pacífica e incruenta.
En modo alguno podría ser el objetivo
del presente artículo pretender hacer la
valoración exhaustiva de un tema tan rico
en episodios y matices. El espacio disponible
no lo permite. Quedan, entre otros, temas tan
importantes como la incidencia de la comunidad
internacional en la solución de tan complejos
problemas, en especial la beneficiosa influencia
de Estados Unidos, que a través de sus
administraciones tuvo presente los intereses europeos
con políticas creativas, pues al mismo
tiempo que mantuvieron firmeza cuando fue indispensable,
también mostraron una inteligente flexibilidad
en momentos puntuales, lo cual coadyuvó
notablemente a las grandiosas transformaciones
europeas. Estas políticas también
se han ejecutado en el caso de China, pero lamentablemente
han permanecido ausentes en el tema cubano.
Ciertamente, entre nuestro drama nacional y los
enfrentados por las naciones europeas, no sólo
las del Este, sino también España,
Portugal y Grecia, existen ostensibles diferencias
políticas, históricas, étnicas
y culturales. Sin embargo, al mismo tiempo resulta
obvio que están visibles tareas semejantes,
ya superadas por los europeos: la eliminación
pacífica del totalitarismo y el desarrollo
democrático de una Cuba independiente,
sin exclusiones de ningún tipo.
Para esos objetivos, la experiencia y las enseñanzas
de Europa son de muy alto valor.
(*) Hasta la elección de Willy Brandt
como Canciller (Primer Ministro), los sucesivos
gobiernos de Alemania Occidental habían
insistido en que el único gobierno legítimo
de Alemania era el que residía en Bonn.
La República Federal se negó a reconocer
a la Alemania Oriental y rompió relaciones
diplomáticas con todo gobierno (aparte
de la URSS) que le diera su reconocimiento. En
esto se basaba la Doctrina Hallstein.
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