PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 5, 2005
 

POLITICA
60 años después, una mirada desde el Caribe

Lic. Oscar Espinosa Chepe

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Con la capitulación de la Alemania nazi en la noche del 8 al 9 de mayo de 1945 terminaba en lo fundamental la Segunda Guerra Mundial, y con ella la más horrible de las tragedias sufridas por la humanidad en su larga historia.

Atrás quedaban decenas de millones de muertos y mutilados; países arruinados, que antes de la conflagración brillaban por sus niveles de desarrollo; economías devastadas con grados de miseria y hambre impactantes y, lo que es peor, con poblaciones corroídas por la desesperación y la desesperanza. Sin olvidar los resentimientos y odios generados durante más de cinco años de lucha sangrienta.

Por si fuera poco, como resultado del conflicto el Viejo Continente quedó dividido en dos partes irreconciliables: los pueblos del Este sometidos bajo la firme férula de la Unión Soviética, con un nuevo totalitarismo, mientras al Occidente las naciones, con la ayuda norteamericana, resistían los embates de la crisis, a la vez que reafirmaban sus independencias y soberanías y trataban de iniciar su reconstrucción y enfilar sus destinos por la vía democrática.

La Alemania derrotada resultaba un mero concepto geográfico. Su división en cuatro zonas de ocupación -norteamericana, soviética, inglesa y francesa- auguraba un futuro incierto, con la posible desaparición como nación y la pérdida de la unidad lograda en 1871, bajo los auspicios del Canciller de Hierro, Otto Von Bismark.

Este cuadro aterrador, vislumbrado en Europa en el período inmediatamente posterior al fin de la conflagración mundial, no podía inspirar optimismo ni al mejor de los panglosianos.

Mas el milagro se produjo. Europa, cual Ave Fénix, resurgió de las cenizas. Curó sus heridas. Reconstruyó sus sociedades. Liquidó las divisiones, generalmente por la vía pacífica, y ha edificado una colectividad a la que por el momento pertenecen 25 naciones, muy pronto ampliada con nuevas incorporaciones, ocupando así un lugar decisivo en la comunidad internacional actual.

Países que antaño fueron rivales encarnizados y en muchas oportunidades dirimieron sus diferencias en los campos de batalla, actualmente han establecido lazos de cooperación hasta llegar incluso a la creación de una moneda común, y dejar a un lado partes importantes de sus soberanías nacionales para priorizar intereses comunes. Hace 60 años todos esos logros hubieran parecido un sueño, una utopía irrealizable.

Hay que admitir que junto a la tenacidad europea por recuperarse de los problemas del pasado, existió la firme y oportuna cooperación económica y militar de Estados Unidos. Recuérdese tan sólo el Plan Marshall o el episodio de la ruptura del bloqueo de Berlín Occidental impuesto por la URSS mediante un puente aéreo con el despliegue de medios sin precedentes entonces. Ejemplos de la determinación norteamericana en la defensa de sus aliados de la Europa democrática.

No obstante, debe subrayarse que esa valiosa asistencia exógena hubiera resultado insuficiente si no hubiera estado presente la firme voluntad y la persistencia de los europeos en reconstruir sus países y enfrentar la amenaza totalitaria.

En este quehacer los políticos europeos desplegaron sagacidad y sabiduría extraordinarias, combinadas con paciencia y dedicación a los objetivos a lograr, esfuerzos que han pasado a la historia universal como paradigmáticos. Podría decirse que "en cada momento hicieron lo que en cada momento era menester hacer". La firmeza política fue desplegada en determinadas etapas, dejando para otros momentos una inteligente flexibilidad.

La actuación de personalidades con diversas procedencias doctrinales aunaron en distintas etapas los esfuerzos, con el objetivo común de lograr una Europa fuerte, unida y democrática. Hombres como Charles de Gaulle y Conrad Adenauer o como Olof Palmer y Willy Brandt, junto a muchos otros arquitectos de la nueva Europa, deberán ser recordados con admiración, respeto y cariño por todos los demócratas en este 60 aniversario del término de la Segunda Guerra Mundial.

El legado de Palme y, en especial, del antiguo alcalde de Berlín Occidental y luego Canciller de la República Federal de Alemania tiene singular importancia, sobre todo para quienes aún permanecemos bajo el yugo del totalitarismo. Sus políticas encaminadas a la reconciliación de los europeos, junto a otros factores decisivos, tuvo una importancia vital en el derrumbe prácticamente incruento del totalitarismo en Europa, sin olvidar la impronta de un hombre que, sin ser político, con su sabiduría y generosidad incidió decisivamente en el devenir del Viejo Continente: Karol Wojtla, el Santo Padre Juan Pablo II.

Resulta difícil evaluar en toda su magnitud la importancia que tuvo la Ostopolitik y el "tendido de puentes" de Brandt. Su contenido de paz y distensión, incomprendida por muchos en la propia Alemania entonces, fue un facto facilitador del encuentro y la amistad de los pueblos y el comienzo de la ruptura del bloqueo informativo impuesto en los territorios dominados por la URSS.

La supresión de la Doctrina Hallstein (*), el reconocimiento por la RFA de la República Democrática Alemana (RDA), la suscripción de un Tratado sobre las Bases de las Relaciones entre la RFA y la RDA, el desarrollo de los lazos económico-comerciales interalemanes con indudables ventajas para los ciudadanos de la última, abrieron el camino para infinidad de acuerdos específicos.

Como parte del aval de la comunidad internacional a ese proceso, en septiembre de 1973 ambos estados fueron admitidos en la Organización de las Naciones Unidas. El 1 de agosto de 1975 las dos naciones firmaron el Acta Final de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE) en Helsinki, documento que tanto significó para promover la democracia y la defensa de los derechos humanos en los países del Este.

La política de paz y distensión estimulada por el Canciller germano-occidental no sólo se limitó a las relaciones con la RDA. También con la URSS, Polonia y Checoslovaquia fueron suscritos relevantes acuerdos que permitieron disminuir considerablemente la confrontación en el Viejo Continente. Con ello, la supuesta credibilidad del argumento del "enemigo externo", indispensable para el totalitarismo, se debilitó considerablemente, lo que pudieron apreciar todos quienes en aquellos tiempos vivimos o tuvimos relación con los asuntos de Europa del Este.

Con la URSS se puso en vigor el Tratado de No Agresión y Reconocimiento de la Inviolabilidad de las Fronteras Europeas, firmado el 12 de agosto de 1970 en Moscú.

En cuanto a Polonia, mediante el Tratado de Varsovia, suscrito el 7 de diciembre de 1970, fueron normalizadas las relaciones y, espectacularmente, se reconocieron las fronteras polacas occidentales sobre los ríos Oder-Niesse. Así quedaba eliminado uno de los aspectos más conflictivos de la guerra fría, y se puso punto final a un argumento muy tulizado por la propaganda soviética para atizar la confrontación.

Durante su estancia en Varsovia, de forma espontánea, Brandt se arrodilló ante el monumento conmemorativo a las víctimas del Ghetto. El gesto simbolizó mejor que la propia firma del acuerdo la significación política y moral de la reconciliación germano-polaca.

Debido a esta febril actividad en pos de la paz y la distensión, al luchador antifascista y Canciller Federal Willy Brandt se le otorgó el Premio Nobel de la Paz en 1971, por su "política de reconciliación entre viejos enemigos". Fue el primer alemán que recibió este galardón después de la Segunda Guerra Mundial. Pocas veces se ha entregado un premio internacional de esta connotación con tanta justeza.

Para los cubanos, dentro y fuera de la Isla, gobernados y gobernantes, que hoy nos debatimos en la crisis nacional más difícil y complicada de nuestra historia, valdría mucho analizar serena y profundamente cómo Europa, en especial los países del Este, pudieron vencer el adverso legado del pasado y salir adelante, en la inmensa mayoría de los casos de forma pacífica e incruenta.

En modo alguno podría ser el objetivo del presente artículo pretender hacer la valoración exhaustiva de un tema tan rico en episodios y matices. El espacio disponible no lo permite. Quedan, entre otros, temas tan importantes como la incidencia de la comunidad internacional en la solución de tan complejos problemas, en especial la beneficiosa influencia de Estados Unidos, que a través de sus administraciones tuvo presente los intereses europeos con políticas creativas, pues al mismo tiempo que mantuvieron firmeza cuando fue indispensable, también mostraron una inteligente flexibilidad en momentos puntuales, lo cual coadyuvó notablemente a las grandiosas transformaciones europeas. Estas políticas también se han ejecutado en el caso de China, pero lamentablemente han permanecido ausentes en el tema cubano.

Ciertamente, entre nuestro drama nacional y los enfrentados por las naciones europeas, no sólo las del Este, sino también España, Portugal y Grecia, existen ostensibles diferencias políticas, históricas, étnicas y culturales. Sin embargo, al mismo tiempo resulta obvio que están visibles tareas semejantes, ya superadas por los europeos: la eliminación pacífica del totalitarismo y el desarrollo democrático de una Cuba independiente, sin exclusiones de ningún tipo.

Para esos objetivos, la experiencia y las enseñanzas de Europa son de muy alto valor.

(*) Hasta la elección de Willy Brandt como Canciller (Primer Ministro), los sucesivos gobiernos de Alemania Occidental habían insistido en que el único gobierno legítimo de Alemania era el que residía en Bonn. La República Federal se negó a reconocer a la Alemania Oriental y rompió relaciones diplomáticas con todo gobierno (aparte de la URSS) que le diera su reconocimiento. En esto se basaba la Doctrina Hallstein.


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