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SOCIEDAD
Nganga con garras
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - La
ira de los tiranos suele ser terrible cuando los
pueblos defraudan sus expectativas de grandeza.
Desde sus tumbas, sus maldiciones persiguen a
las naciones. Les bloquean los caminos a la libertad
y al progreso. Los condenan a correr y nunca llegar.
En la venganza de Gerardo Machado contra los
cubanos, Juan Félix halló las causas
de más de 75 años de vía
crucis nacional. Dice que el mega trabajo de brujería
que el dictador hizo contra sus adversarios desgració
a este país.
Juan Félix tiene 64 años. Se afana
en buscar explicaciones a lo inexplicable. De
la vida y de la historia. Ha sido católico,
santero y rosacruz. Tiene fama de loco, místico
e iluminado. No suele errar mucho en sus predicciones.
Busca sus respuestas en libros teosóficos,
en los cocos o los caracoles, en las cartas del
Tarot y en el I Ching. Lo rodean velas, vasos
de agua y cruces de Ankh. Las respuestas a veces
le vienen del viento sur. Otras veces las arranca
de las pupilas de sus interlocutores.
El daño que nos echó Machado está
enterrado en el corazón de La Habana. Está
sembrado bajo una ceiba, la reina de los palos
orishas, en el Parque de la Fraternidad. La nganga
tiene todos los hierros. Contiene huesos de difuntos,
tierra de 21 países y de cementerio, piedra
de rayo y una prenda más judía que
Moisés.
La trabajaron un martes, día del diablo.
Para el "curralo" los secuaces del General
Egregio buscaron a los más sonados mayomberos
país. Algunos habían sido esclavos
nacidos en África. Otros todavía
la tenían cerca.
Por entonces, Machado preparaba la prórroga
de poderes. Tejía el manto del cooperativismo.
Reformaba el código electoral para impedir
la legalización de nuevos partidos. Enfermo
de soberbia y vanidad, necesitaba seis años
más para culminar su obra de gobierno.
La oposición crecía y era cada vez
más levantisca. Años de cruenta
represalia no lograron aplastarla. El 12 de agosto
de 1933, a bordo del avión en que huía
a Nassau, el Generalísimo pronuncio la
maldición agorera: "Después
de mí, el caos". Otros dicen que lo
que auguró fue el diluvio. No aclaran si
de sangre o de mierda.
La siniestra profecía no demoró
en empezar a cumplirse. 1933 fue uno de los años
más sangrientos de la historia cubana.
Y sin dudas, el más caótico. Desde
entonces Cuba no tuvo paz.
Rubén Martínez Villena, el poeta
visionario, apodó a Machado "el asno
con garras". Su nganga también tenía
garras, largas, peligrosas y duraderas. Machado
nos legó a los porristas, los chivatos
y la guataquería. Son fardos pesados, devenidos
en instituciones nacionales que aún cargamos
con pesar. Pero no sólo eso, sino todo
lo que vino después de su régimen.
Según Juan Félix, al brujero del
General Egregio le debemos el mesianismo revolucionario,
el antiamericanismo patológico, el desencanto
democrático, los demagogos paralizantes,
el culto a la violencia, la intolerancia hasta
en la pelota. Todo ello condujo a un inevitable
resultado: la revolución de Fidel Castro.
Brotó como el genio de la botella de las
frustraciones republicanas.
Machado nos condenó a eso. No le busquen
más explicaciones. Juan Félix está
seguro de lo que dice. No busquen más responsables.
No culpen a los Estados Unidos, a las esperanzas
que Grau defraudó, a la honestidad compulsiva
e histérica de Chibás, auto destruyéndose
y desacreditando a las instituciones. No acusen
a los jóvenes inteligentes y encantadores
transformados en gángsteres, a la ineptitud
del cordial Prío, al 10 de marzo o a la
dictadura de Batista. Todos tienen su parte de
culpa.
Fulgencio Batista sólo podía medrar
en el caos. Era su medio natural. Siempre fue
así. Desde sus tiempos de Banes hasta su
época de mulato bonitillo en la esquina
de Toyo. 1933 fue su momento. La turbulencia política
le facilitó la ascensión de sargento
a coronel.
Los sectores más acomodados tragaban a
Batista, pero no lo masticaban. No le perdonaban
que, siendo mulato y oriental, hubiera ascendido
a millonario. Por conveniencia y porque no les
quedaba otro remedio, fueron sus cómplices
a regañadientes. Lo fueron hasta que creyeron
haber hallado otra opción.
Fidel Castro era joven, blanco, apuesto, abogado
e hijo de terrateniente. Tenía el verbo
encendido. Prometía una revolución
verde como las palmas. El tímido apoyo
inicial de la burguesía a la revolución
significó su suicidio como clase social.
Por su parte, Batista, que también era
santero, se largó a Madeira, sin hacer
brujería, a disfrutar los millones que
robó, resignado a su calidad de dictador
jubilado.
La nganga de Machado, enterrada bajo una ceiba
habanera, explica a Juan Félix la supervivencia
milagrosa de Fidel Castro en el Moncada, el naufragio
del Granma, los atentados contra su vida, la agresividad
norteamericana, la crisis de los misiles, el tambaleo
del período especial tras el desplome soviético.
Su suerte providencial, como la de ahora, que
tiene en Hugo Chávez una Unión Soviética
de bolsillo.
Juan Félix asegura que sabe lo que dice.
Sabe leer en el viento, en las olas y en las hojas
de los árboles. Afirma, enigmático,
antes de terminar nuestra conversación
y volver a las páginas del Código
de Da Vinci, que el poder de la nganga machadista
está al agotarse. Los pueblos siempre tienen
otra oportunidad para la felicidad.
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