PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 5, 2005
 

SOCIEDAD
Nganga con garras

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - La ira de los tiranos suele ser terrible cuando los pueblos defraudan sus expectativas de grandeza. Desde sus tumbas, sus maldiciones persiguen a las naciones. Les bloquean los caminos a la libertad y al progreso. Los condenan a correr y nunca llegar.

En la venganza de Gerardo Machado contra los cubanos, Juan Félix halló las causas de más de 75 años de vía crucis nacional. Dice que el mega trabajo de brujería que el dictador hizo contra sus adversarios desgració a este país.

Juan Félix tiene 64 años. Se afana en buscar explicaciones a lo inexplicable. De la vida y de la historia. Ha sido católico, santero y rosacruz. Tiene fama de loco, místico e iluminado. No suele errar mucho en sus predicciones.

Busca sus respuestas en libros teosóficos, en los cocos o los caracoles, en las cartas del Tarot y en el I Ching. Lo rodean velas, vasos de agua y cruces de Ankh. Las respuestas a veces le vienen del viento sur. Otras veces las arranca de las pupilas de sus interlocutores.

El daño que nos echó Machado está enterrado en el corazón de La Habana. Está sembrado bajo una ceiba, la reina de los palos orishas, en el Parque de la Fraternidad. La nganga tiene todos los hierros. Contiene huesos de difuntos, tierra de 21 países y de cementerio, piedra de rayo y una prenda más judía que Moisés.

La trabajaron un martes, día del diablo. Para el "curralo" los secuaces del General Egregio buscaron a los más sonados mayomberos país. Algunos habían sido esclavos nacidos en África. Otros todavía la tenían cerca.

Por entonces, Machado preparaba la prórroga de poderes. Tejía el manto del cooperativismo. Reformaba el código electoral para impedir la legalización de nuevos partidos. Enfermo de soberbia y vanidad, necesitaba seis años más para culminar su obra de gobierno. La oposición crecía y era cada vez más levantisca. Años de cruenta represalia no lograron aplastarla. El 12 de agosto de 1933, a bordo del avión en que huía a Nassau, el Generalísimo pronuncio la maldición agorera: "Después de mí, el caos". Otros dicen que lo que auguró fue el diluvio. No aclaran si de sangre o de mierda.

La siniestra profecía no demoró en empezar a cumplirse. 1933 fue uno de los años más sangrientos de la historia cubana. Y sin dudas, el más caótico. Desde entonces Cuba no tuvo paz.

Rubén Martínez Villena, el poeta visionario, apodó a Machado "el asno con garras". Su nganga también tenía garras, largas, peligrosas y duraderas. Machado nos legó a los porristas, los chivatos y la guataquería. Son fardos pesados, devenidos en instituciones nacionales que aún cargamos con pesar. Pero no sólo eso, sino todo lo que vino después de su régimen.

Según Juan Félix, al brujero del General Egregio le debemos el mesianismo revolucionario, el antiamericanismo patológico, el desencanto democrático, los demagogos paralizantes, el culto a la violencia, la intolerancia hasta en la pelota. Todo ello condujo a un inevitable resultado: la revolución de Fidel Castro. Brotó como el genio de la botella de las frustraciones republicanas.

Machado nos condenó a eso. No le busquen más explicaciones. Juan Félix está seguro de lo que dice. No busquen más responsables. No culpen a los Estados Unidos, a las esperanzas que Grau defraudó, a la honestidad compulsiva e histérica de Chibás, auto destruyéndose y desacreditando a las instituciones. No acusen a los jóvenes inteligentes y encantadores transformados en gángsteres, a la ineptitud del cordial Prío, al 10 de marzo o a la dictadura de Batista. Todos tienen su parte de culpa.

Fulgencio Batista sólo podía medrar en el caos. Era su medio natural. Siempre fue así. Desde sus tiempos de Banes hasta su época de mulato bonitillo en la esquina de Toyo. 1933 fue su momento. La turbulencia política le facilitó la ascensión de sargento a coronel.

Los sectores más acomodados tragaban a Batista, pero no lo masticaban. No le perdonaban que, siendo mulato y oriental, hubiera ascendido a millonario. Por conveniencia y porque no les quedaba otro remedio, fueron sus cómplices a regañadientes. Lo fueron hasta que creyeron haber hallado otra opción.

Fidel Castro era joven, blanco, apuesto, abogado e hijo de terrateniente. Tenía el verbo encendido. Prometía una revolución verde como las palmas. El tímido apoyo inicial de la burguesía a la revolución significó su suicidio como clase social.

Por su parte, Batista, que también era santero, se largó a Madeira, sin hacer brujería, a disfrutar los millones que robó, resignado a su calidad de dictador jubilado.

La nganga de Machado, enterrada bajo una ceiba habanera, explica a Juan Félix la supervivencia milagrosa de Fidel Castro en el Moncada, el naufragio del Granma, los atentados contra su vida, la agresividad norteamericana, la crisis de los misiles, el tambaleo del período especial tras el desplome soviético. Su suerte providencial, como la de ahora, que tiene en Hugo Chávez una Unión Soviética de bolsillo.

Juan Félix asegura que sabe lo que dice. Sabe leer en el viento, en las olas y en las hojas de los árboles. Afirma, enigmático, antes de terminar nuestra conversación y volver a las páginas del Código de Da Vinci, que el poder de la nganga machadista está al agotarse. Los pueblos siempre tienen otra oportunidad para la felicidad.

 


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