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DEPORTES
Industriales, mucho más que un equipo
Miguel Saludes
LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - ¿Quién
puede olvidar aquella noche de 1986? Agustín
Marquetti comparece a la caja de bateo. Más
de cincuenta mil aficionados repletan el gigante
del Cerro. Se juega un clásico, Industriales
contra Vegueros (Pinar del Río) y la decisión
del campeonato. Algunos critican la decisión
de Chávez de traer al viejo número
cuarenta cuando en el banco hay otros más
jóvenes. La carrera del empate en tercera
y la de la victoria en primera. El conteo se pone
difícil para el veterano. Dos strikes y
dos bolas. Rogelio lanza su recta de humo, que
se estrella con un sonido seco y compacto. El
hechizo del silencio se rompe en una cascada de
gritos. La bola se fue de línea: Industriales
campeón.
Este año las cosas han sido totalmente
diferentes. La Serie Nacional de la pelota cubana
está llegando a su final en la actual temporada.
La capital del país permanece silenciosa
al respecto, aunque no así los miles de
aficionados de otras provincias que viven en ella
y cuyos equipos estarán disputando el campeonato.
El equipo insignia de La Habana no estará
revalidando el título logrado por dos años
consecutivos. Por ello, la banderola colocada
en un edificio de la calle Cuba, frente a la entrada
del túnel, ha cambiado su aspecto, indicando
que el panorama no ha sido favorable para el conjunto
capitalino. Al inicio de la serie todos pueden
leer el optimismo del fanático que mantiene
esta iniciativa desde hace un buen tiempo. En
la tela de azul intenso se puede leer la inscripción
que proclama campeón a Industriales. Ahora
un paño del mismo color, aunque muy descolorido,
sólo tiene escrito el nombre del equipo.
Más allá de las razones que algunos
han argumentado para justificar la derrota industrialista,
hay que reconocer que al principio no eran muchos
los que daban buenos pronósticos para el
grupo comandado por Rey Anglada. Antes de comenzar
el torneo, se habían marchado del país
varios de sus jugadores estelares, entre ellos
tres de los principales punteros del staff de
lanzadores: Francisley Bueno, Obel Castillo y
Yaniel Guevara. También el jugador Kendry
Morales, inspiración de la tanda de bateo,
había resuelto la incógnita planteada
en Panamá, cuando fue retirado sorpresivamente
y enviado de regreso a Cuba. Desde hace meses
Morales se encuentra jugando en las ligas profesionales
de Estados Unidos donde ha sido firmado por una
astronómica cifra. Sin embargo, Anglada
y sus muchachos lograron sortear los escollos
al clasificar primeros en su grupo, siendo los
que más juegos ganaron en la etapa.
Hace unos días pude ver el documental
Fuera de Liga, realizado por Ian Padrón
en 2003 y que durante 70 minutos nos da una visión
muy novedosa de los llamados leones de la capital.
Anglada, el hombre que fue injustamente sancionado
-aquí somos culpables hasta tanto se pruebe
lo contrario- reaparece dirigiendo el team donde
él brilló como estelar. También
en la cinta están, entre los rostros nuevos,
las caras olvidadas de los que un día vistieron
la franela azul. Están incluidos además
los que según la opinión de la censura
nunca más debieran contar. El filme recoge
las más variadas opiniones en una amplia
extensión geográfica y humana, que
va desde los predios de un estadio, las bullangueras
peñas deportivas del parque Central, o
a la intimidad del hogar.
La cámara no se queda en el arco de la
isla sino que rebasa los límites insulares,
para viajar a Miami y Nueva York. Los entrevistados
se encuentran unidos de manera sentimental por
estos peloteros que juegan en lo que el escritor
y periodista Eduardo Padura -también industrialista-
denomina el equipo maldito.
El Industriales que ganó la primera serie
celebrada bajo la concepción revolucionaria
del deporte aficionado, ha mantenido desde hace
años un juego característico y dinámico.
Muchos de sus integrantes han estado signados
por el estrellato. Saber que visten el uniforme
de la representación capitalina ha sido
acicate para ello. Esta identidad está
muy arraigada al nombre sostenido a pesar de los
numerosos cambios hechos en nuestra pelota, primero
para borrar el recuerdo del profesionalismo y
después para incentivar a los aficionados
cuando éstos han mostrado una notable pérdida
de interés hacia el desarrollo de nuestro
deporte nacional.
En el documental pueden ser vistos los terrenos
en mal estado donde ellos practican en sus giras
al interior de la Isla. Los jugadores describen
ante la cámara indiscreta algunas de las
incomodidades e insatisfacciones de su vida. Pero
hay mucho más. En la cinta se reúnen
las glorias de antaño y las actuales. Unos,
como René Arocha, Alexis Cabrejas, Euclides
Rojas y el Duque Hernández, lo hacen desde
el exilio. Otros como Kendry o el pinareño
Contreras aún no han partido.
Los peloteros, los verdaderos protagonistas de
este cortometraje, aparecen en el terreno, discutiendo
una jugada, preparándose para el próximo
choque, recordando el momento imborrable del cuadrangular
decisivo. Nos hablan de sus sacrificios, de las
carencias y necesidades, de la añoranza
por su tierra, familiares y amigos. Es hermoso
constatar que ningún jugador habla mal
del que se fue. Todos son cubanos y si siguen
sintiéndose parte del equipo donde una
vez jugaron, entonces siguen estando. Como afirma
el reglano Arocha, los que viven en la otra orilla
no han dejado de ser cubanos.
Por su parte los aficionados, quienes tienen
un papel importante en la trama, reafirman su
amor por el baseball. En sus voces humildes aparece
la queja ante la imposibilidad de manifestar su
incondicionalidad de fanáticos. En los
palcos se comprueba esta situación cuando
los asistentes exhiben gorras y camisetas de los
Marling o los Gigantes. Sin embargo, ellos crean
sus propios símbolos a través de
una pancarta o de un perrito que viste el uniforme
celeste. Vemos a la gente que llena de colorido
el ambiente, organizando a la fanaticada en coros
tronantes a la manera del difunto Armandito, o
ese Escipión antillano, pero sí
verdaderamente negro, con más entusiasmo
que locura en su proceder, que exhibe su ropaje
azul por las calles de La Habana, no importa hora
y día, portando unas veces en sus manos
una enorme espada y el escudo con la Giraldilla,
y otras un enorme bate de goma donde ha puesto
el nombre del equipo. Todos ellos conforman la
expresión genuina de lo espontáneo,
tan indispensable para el desarrollo vital de
cualquier sociedad.
Algunos, atados a la vieja mentalidad, siguen
enarbolando un lenguaje lleno de dureza y rencor.
Por suerte, son mayoría los que envían
saludos al Duque, le desean éxitos y dicen
sentirse orgullosos con cada nuevo triunfo de
los peloteros cubanos en las Ligas del Norte.
También encontramos de manera subrepticia
la figura del apostador, omnipresente en todo
lugar donde la fortuna pueda hacer su aparición,
confesando con todo descaro la cantidad jugada.
Pero el documental Fuera de Liga ha quedado sin
recibir las palmas del triunfo. En su caso no
ha sido porque hayan jugado mal. Declarado como
un material no grato por el ICAIC, fue sacado
del concurso donde se presentaba y por ello no
obtuvo los premios que merecía. Entre los
posibles galardones estaban el de Signis, el de
la agrupación Hermanos Saíz y el
Caracol, certamen donde concursaba. La excusa
presentada para el retiro, efectuado a última
hora, era que el material no había tenido
distribución comercial. Con este absurdo
argumento no sólo se vetó la premiación,
sino también la posterior exhibición
al público. Cuentan que el equipo de realización
se presentó ante una conferencia de prensa
vistiendo el traje de los azules, algo que al
parecer no fue bien acogido por la burocracia
del arte nacional.
Queda suspendida en el aire la pregunta que el
lanzador René Arocha dirigiera al lente
cuando terminó su entrevista en el documental:
"Y esto... ¿lo van a pasar en la televisión?"
Esperemos que algún día no lejano
eso sea posible.
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