PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 16, 2005
 

PRISIONES
A La Cabaña no puedo entrar

Tania Díaz Castro

LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - En días pasados el periódico Granma publicó un cable de la agencia EFE donde se informa que el refugio alpino que utilizara Adolfo Hitler como "segunda sede gubernamental", Obersalzberg, abrirá sus puertas como hotel para turistas, además de servir de centro de documentación.

El nuevo hotel contará con 138 habitaciones, saunas, piscinas y un centro de salud. Sin embargo, uno de sus ejecutivos no deja de reconocerle connotaciones nazis, ya que es un lugar que se identifica con los responsables de aquel diabólico gobierno alemán. "Tiene ese carácter y lo seguirá teniendo", expresó a EFE el ejecutivo. ¡Coincidencias históricas!

Lo mismo ocurre, no sólo a mí, sino también a los cubanos de Cuba y el exilio con la fortaleza de La Cabaña, antigua fortaleza miliar española que domina la bahía habanera, y que sirvió de prisión política al castrismo durante largos años. Además, en sus fosos fueron fusilados cientos de cubanos a partir de enero de 1959.

Hoy, La Cabaña se ha convertido en centro para la venta de libros durante las ferias anuales que organiza el gobierno, y donde sólo se venden los libros que aprueba.

En la zona aledaña a esta legendaria instalación todavía funciona un polígono para la práctica de proyectiles y explosivos, perteneciente al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

La primera vez que visité este lugar fue el 26 de julio de 1973. Iba con mi niño de la mano. ¡Qué visión para sus once años! Allí estaba su padre, preso, condenado a treinta años de cárcel por el supuesto delito de ser "agente de la CIA", lo que jamás pudo probársele.

Guillermo Rivas Porta, que así se llamaba el padre de mi hijo (murió en el exilio en 1999 luego de cumplir 22 años de prisión), cayó en el gran saco de "agentes de la CIA" que Fidel Castro tiene destinado a todo opositor de su gobierno.

En La Cabaña, aquella tarde, estaba prevista la visita de los familiares de los presos políticos. Al llegar, contemplé sorprendida el espectáculo: decenas de presos caminando entre inmensas ratas. Las mujeres lloraban y los niños subían en los rústicos bancos huyendo de los roedores.

Jamás pude imaginar lo que allí vería. Aquellos hombres, blancos como el papel, delgados al máximo, algunos jóvenes, otros de avanzada edad, hambreados, mezclados ex policías de la dictadura de Batista y lo que habían luchado contra ellos.

No podía coordinar la conversación. Todos estábamos impresionados. Mucho más cuando nos relataban los fusilamientos que sucedían durante la madrugada, las golpizas ordenadas por el alto mando militar, las celdas de castigo, la humedad, el frío.

Nos encontrábamos en el interior de una de las prisiones políticas de Fidel Castro; algo que el pueblo desconocía, a pesar de estar ubicada al otro lado de la bahía, a pocos minutos del centro de la capital.

Noté la palidez de mi hijo. Sus manos y las mías temblaban. No era posible lo que escuchábamos, lo que teníamos ante nuestros ojos.

Alguien me contó que un jovencito, antes de ser fusilado, gritó: ¡Viva Cristo Rey!, en el silencio de la noche. Y que otros se resistían a morir y se desesperaban pidiendo clemencia.

Che Guevara lo había dicho en la ONU en 1965 ante varios periodistas extranjeros, aunque nada apareció en la prensa cubana. "Sí, estamos fusilando y seguiremos fusilando a todos los que se opongan a la revolución".

Transcurrieron aquellas dos horas, posiblemente las más inolvidables de mi vida, y seguramente también de mi hijo, hoy a salvo en el exilio. Cuando nos marchamos y mientras caminábamos bajo el sol del mediodía por aquella larga carretera empedrada, todo había cambiado dentro de mí. No volví a ser la misma. Algo innombrable había penetrado en mi alma que no podía explicar.

Abracé fuerte a mi hijo ya en el ómnibus. Viajamos así, muy juntos, como si aquel abrazo fuera el alivio a tan intenso dolor.


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