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PRISIONES
A La Cabaña no puedo entrar
Tania Díaz Castro
LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - En días
pasados el periódico Granma publicó
un cable de la agencia EFE donde se informa que
el refugio alpino que utilizara Adolfo Hitler
como "segunda sede gubernamental", Obersalzberg,
abrirá sus puertas como hotel para turistas,
además de servir de centro de documentación.
El nuevo hotel contará con 138 habitaciones,
saunas, piscinas y un centro de salud. Sin embargo,
uno de sus ejecutivos no deja de reconocerle connotaciones
nazis, ya que es un lugar que se identifica con
los responsables de aquel diabólico gobierno
alemán. "Tiene ese carácter
y lo seguirá teniendo", expresó
a EFE el ejecutivo. ¡Coincidencias históricas!
Lo mismo ocurre, no sólo a mí,
sino también a los cubanos de Cuba y el
exilio con la fortaleza de La Cabaña, antigua
fortaleza miliar española que domina la
bahía habanera, y que sirvió de
prisión política al castrismo durante
largos años. Además, en sus fosos
fueron fusilados cientos de cubanos a partir de
enero de 1959.
Hoy, La Cabaña se ha convertido en centro
para la venta de libros durante las ferias anuales
que organiza el gobierno, y donde sólo
se venden los libros que aprueba.
En la zona aledaña a esta legendaria instalación
todavía funciona un polígono para
la práctica de proyectiles y explosivos,
perteneciente al Ministerio de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias.
La primera vez que visité este lugar fue
el 26 de julio de 1973. Iba con mi niño
de la mano. ¡Qué visión para
sus once años! Allí estaba su padre,
preso, condenado a treinta años de cárcel
por el supuesto delito de ser "agente de
la CIA", lo que jamás pudo probársele.
Guillermo Rivas Porta, que así se llamaba
el padre de mi hijo (murió en el exilio
en 1999 luego de cumplir 22 años de prisión),
cayó en el gran saco de "agentes de
la CIA" que Fidel Castro tiene destinado
a todo opositor de su gobierno.
En La Cabaña, aquella tarde, estaba prevista
la visita de los familiares de los presos políticos.
Al llegar, contemplé sorprendida el espectáculo:
decenas de presos caminando entre inmensas ratas.
Las mujeres lloraban y los niños subían
en los rústicos bancos huyendo de los roedores.
Jamás pude imaginar lo que allí
vería. Aquellos hombres, blancos como el
papel, delgados al máximo, algunos jóvenes,
otros de avanzada edad, hambreados, mezclados
ex policías de la dictadura de Batista
y lo que habían luchado contra ellos.
No podía coordinar la conversación.
Todos estábamos impresionados. Mucho más
cuando nos relataban los fusilamientos que sucedían
durante la madrugada, las golpizas ordenadas por
el alto mando militar, las celdas de castigo,
la humedad, el frío.
Nos encontrábamos en el interior de una
de las prisiones políticas de Fidel Castro;
algo que el pueblo desconocía, a pesar
de estar ubicada al otro lado de la bahía,
a pocos minutos del centro de la capital.
Noté la palidez de mi hijo. Sus manos
y las mías temblaban. No era posible lo
que escuchábamos, lo que teníamos
ante nuestros ojos.
Alguien me contó que un jovencito, antes
de ser fusilado, gritó: ¡Viva Cristo
Rey!, en el silencio de la noche. Y que otros
se resistían a morir y se desesperaban
pidiendo clemencia.
Che Guevara lo había dicho en la ONU en
1965 ante varios periodistas extranjeros, aunque
nada apareció en la prensa cubana. "Sí,
estamos fusilando y seguiremos fusilando a todos
los que se opongan a la revolución".
Transcurrieron aquellas dos horas, posiblemente
las más inolvidables de mi vida, y seguramente
también de mi hijo, hoy a salvo en el exilio.
Cuando nos marchamos y mientras caminábamos
bajo el sol del mediodía por aquella larga
carretera empedrada, todo había cambiado
dentro de mí. No volví a ser la
misma. Algo innombrable había penetrado
en mi alma que no podía explicar.
Abracé fuerte a mi hijo ya en el ómnibus.
Viajamos así, muy juntos, como si aquel
abrazo fuera el alivio a tan intenso dolor.
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