PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 14, 2005
 

RELIGION
Gobernar y afrontar la adversidad a la manera de Juan Pablo II

Miguel Saludes

LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - El tiempo litúrgico de la Cuaresma, preámbulo conmemorativo del Sacrificio de Jesús, ha estado marcado en esta ocasión por un evento que llena de preocupación a los católicos de todo el mundo y es motivo de una reflexión que trasciende el marco de la Iglesia. El estado del Papa Juan Pablo II es seguido con atención desde el pasado mes de febrero, cuando parecía que su salud se resentía de manera irreversible. La prensa dedicó amplios espacios para informar sobre la situación que llevó a Su Santidad a la mesa de operaciones, así como las posibles consecuencias que pudieran derivarse de su enfermedad. A las oraciones se unieron todo tipo de especulaciones sobre el futuro de este recio hombre de origen polaco, basadas en su avanzada edad y el deterioro orgánico que padece. Pero en contra de los pronósticos, Juan Pablo reapareció una vez más, bendiciendo en varios idiomas, hablando en alemán con el Cardenal Ratzinger y mostrando su interés en los últimos acontecimientos que conmocionan al planeta. Una vez más el frágil cuerpo se levantó para echa a andar, igual que hiciera Jesús después de cada caída en el camino hacia el Calvario.

Muchos, aún dentro de la propia Iglesia, comentan sobre lo que según su apreciación, constituye un obstinado capricho por mantenerse en la silla pontificia. Los criterios mantenidos al respecto coinciden en reprochar a la institución católica por las razones que impiden que este anciano necesitado de descanso, sea retirado de su responsabilidad como Jefe de Estado, signo que según la visión generalizada es lo que distingue a quien está al frente del Vaticano.

No faltan los que ponen a Juan Pablo II como modelo de lo que para ellos significa mantenerse a contrapelo en el poder. La presencia insustituible del sucesor de Pedro, aún en estas condiciones, es el mejor argumento esgrimido por quienes no ven la necesidad de someterse a elecciones para continuar llevando las riendas de una nación. El poder no admite retiros. Hay que llevarlo hasta las últimas consecuencias y quien no lo entienda así que mire al Papa, que pese a todas las adversidades se mantiene en su puesto.

Por su parte, los que sostienen la necesidad de que los gobernantes sean sometidos al voto electivo que evite su permanencia irrevocable en el poder se sienten molestos por la imagen que parece confirmar el punto de vista de la inamovilidad de quien controla ilimitadamente la dirección de un estado. Los que defienden la democratización de la sociedad ven con malos ojos esta presencia insustituible del Pontífice romano.

Pero ninguno de los que emiten estas opiniones se ha detenido a contemplar lo que realmente representa el Papa. El territorio sobre el que se sustenta el poder terrenal de Juan Pablo II apenas llega al kilómetro cuadrado. Allí no existe una gran masa poblacional, no hay industrias importantes, ni recursos económicos o naturales que produzcan grandes dividendos. El poder de este gobernante está sustentado en algo intangible y que no significa una amenaza para nadie: la fuerza moral y espiritual de su fe, que le hace trabajar incansablemente por el bien de la Humanidad. Evidentemente existen muchas diferencias entre la actuación de este Santo hombre, para quien esta elevada posición no es más que el medio de entregarse y gastarse en el servicio por los demás y una forma de vivir el martirio de la Cruz, y la de aquellos otros para quienes mandar y gobernar conforman algo necesario para mantener vivo su ego con vida, no dejar de seguir figurando en el firmamento de la fama, aún cuando creen estar haciéndolo por el bien de los demás. El mandato confiado a Woitila no conlleva abrumar con cargas a los demás, ni imponer la fe o una ideología, sino simplemente escuchar y acompañar desde el amor para buscar caminos de paz.

Cuando estuvo herido, su inquietud fue por aquellos inocentes que también habían recibido el impacto de los proyectiles. Para ellos fue su oración y la primera visita cuando pudo caminar. Al ejecutor del bárbaro crimen lo tuvo también en cuenta, pero no para condenarle o pedir el peso de la ley sobre su cabeza, sino que acudió hasta la prisión para escucharle y perdonarle. Este poder que no busca venganza y castigo, no admite comparación

Otro aspecto que es remarcado por quienes gustan de las comparaciones es la capacidad de Karol Woitila para superar las adversidades. Ungido y elegido por el Señor para ejercer una misión, tal como aconteciera con David, Isaías, Daniel, María, Pablo de Tarso, Teresa de Jesús y miles de hombres y mujeres de fe en diferentes momentos de la historia humana, Juan Pablo II se ha visto a prueba por múltiples y fuertes tropiezos en su andar por la vida. La temprana pérdida de sus padres, la experiencia del nazismo primero y del comunismo después, la elección como primado de la Iglesia Católica, el atentado del que fuera víctima, las enfermedades y accidentes, a todo se agregan ahora la ancianidad y los achaques propios que esta supone. Sin embargo, el hombre de Dios continúa su caminar sin perder la inspiración que le mueve.

Por otra parte, cuando el Papa se enferma o cae agobiado por el dolor o la fatiga, su rostro no trata de esconder los sentimientos ni disimula la angustia por la que está pasando. La gente ve al ser humano capaz de sentir la debilidad del enfermo que a pesar de la huella dolorosa visible en su persona sigue impartiendo ánimos, bendiciendo y llamando a la esperanza y a la fe irrenunciable en la humanidad. Este gesto lo hace desde la ventana del hospital o sobre la cama donde convalece.

En momentos en que la sociedad moderna desecha todo lo que considera viejo e inservible, incapaz de ser rentable y de producir valores cuantificables materialmente, la ancianidad ve reducir los espacios destinados a ella a pequeñas reservas donde las personas languidecen en espera del final. Incluso se les adelanta ese trámite de manera bondadosa. El Papa nos está demostrando a través de su persona el valor que debemos conceder a los años acumulados por quien ha llegado a la vejez. El servicio que presta el sucesor de Pedro en esta etapa de su mandato es el de resaltar la dignidad y la importancia que tiene el ser humano en una edad donde en muchos contextos sociales ya no se le tiene en cuenta y hasta se le declara inútil o discapacitada.

Es la gran enseñanza que nos transmite el actuar perseverante de un viejo que se mantiene activo en el quehacer por los demás, superando las adversidades de una manera poco común. A mi entender, el aliento y fuerzas recibidas por el Papa para continuar al frente de su misión responden a la determinación de Dios de demostrar a los hombres dónde radica el verdadero sentido del amor, el gobernar con justicia y la dignidad de la vejez.


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