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RELIGION
Gobernar y afrontar la adversidad a la manera
de Juan Pablo II
Miguel Saludes
LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - El tiempo
litúrgico de la Cuaresma, preámbulo
conmemorativo del Sacrificio de Jesús,
ha estado marcado en esta ocasión por un
evento que llena de preocupación a los
católicos de todo el mundo y es motivo
de una reflexión que trasciende el marco
de la Iglesia. El estado del Papa Juan Pablo II
es seguido con atención desde el pasado
mes de febrero, cuando parecía que su salud
se resentía de manera irreversible. La
prensa dedicó amplios espacios para informar
sobre la situación que llevó a Su
Santidad a la mesa de operaciones, así
como las posibles consecuencias que pudieran derivarse
de su enfermedad. A las oraciones se unieron todo
tipo de especulaciones sobre el futuro de este
recio hombre de origen polaco, basadas en su avanzada
edad y el deterioro orgánico que padece.
Pero en contra de los pronósticos, Juan
Pablo reapareció una vez más, bendiciendo
en varios idiomas, hablando en alemán con
el Cardenal Ratzinger y mostrando su interés
en los últimos acontecimientos que conmocionan
al planeta. Una vez más el frágil
cuerpo se levantó para echa a andar, igual
que hiciera Jesús después de cada
caída en el camino hacia el Calvario.
Muchos, aún dentro de la propia Iglesia,
comentan sobre lo que según su apreciación,
constituye un obstinado capricho por mantenerse
en la silla pontificia. Los criterios mantenidos
al respecto coinciden en reprochar a la institución
católica por las razones que impiden que
este anciano necesitado de descanso, sea retirado
de su responsabilidad como Jefe de Estado, signo
que según la visión generalizada
es lo que distingue a quien está al frente
del Vaticano.
No faltan los que ponen a Juan Pablo II como
modelo de lo que para ellos significa mantenerse
a contrapelo en el poder. La presencia insustituible
del sucesor de Pedro, aún en estas condiciones,
es el mejor argumento esgrimido por quienes no
ven la necesidad de someterse a elecciones para
continuar llevando las riendas de una nación.
El poder no admite retiros. Hay que llevarlo hasta
las últimas consecuencias y quien no lo
entienda así que mire al Papa, que pese
a todas las adversidades se mantiene en su puesto.
Por su parte, los que sostienen la necesidad
de que los gobernantes sean sometidos al voto
electivo que evite su permanencia irrevocable
en el poder se sienten molestos por la imagen
que parece confirmar el punto de vista de la inamovilidad
de quien controla ilimitadamente la dirección
de un estado. Los que defienden la democratización
de la sociedad ven con malos ojos esta presencia
insustituible del Pontífice romano.
Pero ninguno de los que emiten estas opiniones
se ha detenido a contemplar lo que realmente representa
el Papa. El territorio sobre el que se sustenta
el poder terrenal de Juan Pablo II apenas llega
al kilómetro cuadrado. Allí no existe
una gran masa poblacional, no hay industrias importantes,
ni recursos económicos o naturales que
produzcan grandes dividendos. El poder de este
gobernante está sustentado en algo intangible
y que no significa una amenaza para nadie: la
fuerza moral y espiritual de su fe, que le hace
trabajar incansablemente por el bien de la Humanidad.
Evidentemente existen muchas diferencias entre
la actuación de este Santo hombre, para
quien esta elevada posición no es más
que el medio de entregarse y gastarse en el servicio
por los demás y una forma de vivir el martirio
de la Cruz, y la de aquellos otros para quienes
mandar y gobernar conforman algo necesario para
mantener vivo su ego con vida, no dejar de seguir
figurando en el firmamento de la fama, aún
cuando creen estar haciéndolo por el bien
de los demás. El mandato confiado a Woitila
no conlleva abrumar con cargas a los demás,
ni imponer la fe o una ideología, sino
simplemente escuchar y acompañar desde
el amor para buscar caminos de paz.
Cuando estuvo herido, su inquietud fue por aquellos
inocentes que también habían recibido
el impacto de los proyectiles. Para ellos fue
su oración y la primera visita cuando pudo
caminar. Al ejecutor del bárbaro crimen
lo tuvo también en cuenta, pero no para
condenarle o pedir el peso de la ley sobre su
cabeza, sino que acudió hasta la prisión
para escucharle y perdonarle. Este poder que no
busca venganza y castigo, no admite comparación
Otro aspecto que es remarcado por quienes gustan
de las comparaciones es la capacidad de Karol
Woitila para superar las adversidades. Ungido
y elegido por el Señor para ejercer una
misión, tal como aconteciera con David,
Isaías, Daniel, María, Pablo de
Tarso, Teresa de Jesús y miles de hombres
y mujeres de fe en diferentes momentos de la historia
humana, Juan Pablo II se ha visto a prueba por
múltiples y fuertes tropiezos en su andar
por la vida. La temprana pérdida de sus
padres, la experiencia del nazismo primero y del
comunismo después, la elección como
primado de la Iglesia Católica, el atentado
del que fuera víctima, las enfermedades
y accidentes, a todo se agregan ahora la ancianidad
y los achaques propios que esta supone. Sin embargo,
el hombre de Dios continúa su caminar sin
perder la inspiración que le mueve.
Por otra parte, cuando el Papa se enferma o cae
agobiado por el dolor o la fatiga, su rostro no
trata de esconder los sentimientos ni disimula
la angustia por la que está pasando. La
gente ve al ser humano capaz de sentir la debilidad
del enfermo que a pesar de la huella dolorosa
visible en su persona sigue impartiendo ánimos,
bendiciendo y llamando a la esperanza y a la fe
irrenunciable en la humanidad. Este gesto lo hace
desde la ventana del hospital o sobre la cama
donde convalece.
En momentos en que la sociedad moderna desecha
todo lo que considera viejo e inservible, incapaz
de ser rentable y de producir valores cuantificables
materialmente, la ancianidad ve reducir los espacios
destinados a ella a pequeñas reservas donde
las personas languidecen en espera del final.
Incluso se les adelanta ese trámite de
manera bondadosa. El Papa nos está demostrando
a través de su persona el valor que debemos
conceder a los años acumulados por quien
ha llegado a la vejez. El servicio que presta
el sucesor de Pedro en esta etapa de su mandato
es el de resaltar la dignidad y la importancia
que tiene el ser humano en una edad donde en muchos
contextos sociales ya no se le tiene en cuenta
y hasta se le declara inútil o discapacitada.
Es la gran enseñanza que nos transmite
el actuar perseverante de un viejo que se mantiene
activo en el quehacer por los demás, superando
las adversidades de una manera poco común.
A mi entender, el aliento y fuerzas recibidas
por el Papa para continuar al frente de su misión
responden a la determinación de Dios de
demostrar a los hombres dónde radica el
verdadero sentido del amor, el gobernar con justicia
y la dignidad de la vejez.
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