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POLITICA
El
diálogo nacional, una necesidad impostergable
Adrián Leiva
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Cuando
el ingeniero Oswaldo Payá Sardiñas,
premio Sajarov 2002 del Parlamento Europeo, anunció
de forma oficial el pasado día 17 de febrero
el llamamiento al Diálogo Nacional para
todos los cubanos, no estaba haciendo otra cosa
que darle forma organizada a una realidad que
ha estado germinando de manera espontánea
en el seno de la sociedad cubana desde hace varios
años y que va cobrando cada vez más
fuerza como algo deseable, factible e inteligente,
para una solución a los múltiples
problemas que enfrentan los cubanos.
Tras cuarenta y cinco años de un mismo
gobierno en el poder, que por una parte ha logrado
avances significativos en materia de salud y en
el sistema de enseñanza -esto a pesar de
las consideraciones de tipo ideológico
y lo que algunos consideran un bajo nivel académico
de los estudios realizados- así como una
discreta equidad en el nivel de vida de la población
que alcanzó su clímax en la década
de los ochenta por el elevado subsidio proveniente
de la Unión Soviética, el inmovilismo
ha terminado por echar raíces en todos
los aspectos de la vida socio económica
del país.
El prolongado ejercicio de la conducción
del estado mediante el carácter totalitario
y anti democrático del sistema ha sido
la causa de este estancamiento donde se hace tan
difícil dar solución a los problemas
acumulados durante años y a los nuevos
retos que nos trae este milenio. El control estatal
de la economía cierra las puertas a la
creatividad del cubano. A ello se suma la carencia
de los derechos cívicos que posibilitan
el usufructo de las libertades plenas para la
expresión y la asociación. Todo
ello ocasiona no sólo el desgaste del propio
sistema que las impide, sino que también
produce el cansancio de la población cubana,
para la que el discurso oficial se va haciendo
menos creíble y más pesado de digerir.
De forma cada vez más generalizada los
cubanos expresan entre sus amistades y familiares
que algo anda mal en Cuba, en referencia al sistema
que rige en el país. La frase "esto
está mal y tiene que cambiar" va cobrando
una connotación clara y definida.
La nación cubana está atrapada
en sí misma, sin vislumbres de una salida
real y efectiva. Para muchos nacionales la emigración
es la única vía de solucionar sus
problemas, situación que fragmenta a las
familias y con ellas a toda la sociedad. La realidad
presentada por la propaganda oficial no es la
que diariamente tiene que solventar millones de
ciudadanos, pero hasta el momento la mayoría
ha preferido hacer ver que todo está bien,
cayendo en el marasmo de la doble moral. Resolver
a cualquier precio, siempre que éste no
sea la tranquilidad de cada cual, es lo que se
impone. Esta actitud es ayudada por el funcionamiento
de una maquinaria de represión altamente
efectiva. A pesar de ello, en los últimos
años una parte del pueblo va gradualmente
perdiendo el miedo a expresar públicamente
su inconformidad hacia el orden de cosas establecido
por el sistema.
No obstante, prevalece en amplios círculos
el cálculo perverso de la espera pasiva,
que supone la desaparición física
del presidente cubano como punto de inicio de
una apertura económica y política
en Cuba. En primer lugar esperar o desear la muerte
de otro ser humano como camino de liberación
de una colectividad humana demuestra una pobreza
de espíritu y una mediocridad de quien
así actúa. La nación cubana,
compuesta por once millones de ciudadanos residentes
en el país y más de un millón
que vive en el exterior, ha estado avalada históricamente
por una entereza moral y cívica que no
se corresponde con esa visión. Esa misma
razón nos dice que todos estamos en el
deber y la obligación moral de contribuir
al mejoramiento de nuestra sociedad. Y es el pueblo,
quien mejor conoce la realidad en que vive, el
único capacitado para desarrollar los cambios
que son cada vez más necesarios en su patria
sin que medien directrices foráneas o de
tipo sectarias.
Algo que se debe diferenciar de lo anterior es
el reclamo solidario, hecho de manera respetuosa,
en apoyo a la autodeterminación y la soberanía
de los cubanos expresadas desde otras latitudes
por gobiernos e instituciones democráticas.
La necesidad de promover un diálogo nacional
de forma coherente y organizada es cada vez más
sentida por muchos. El diálogo nacional
abre una esperanza nueva y objetiva y real para
todo el pueblo de Cuba y aunque nada indica que
las máximas autoridades del gobierno en
la isla estén dispuestas a aceptarlo, esta
posibilidad ya dio su primer gran paso con la
unidad entre una parte importante de los que viven
fuera de la Isla y un sector de los que viven
en ella para comenzar a trabajar por los cambios.
Es digna de destacar la posición asumida
por una parte del exilio cubano al comprender
que es más importante ponernos de acuerdo
en todo lo que nos une para buscar intereses comunes
donde no exista espacio para exclusiones, viejos
resquemores, diferencias de criterios y donde
la mayor ambición esté depositada
en el bienestar de los cubanos. Para ello se ha
requerido de una trascendental maduración
política y cívica. Ahora bien puede
hablarse de la verdadera comunión entre
nación y emigración que deja arrinconada
aquella famosa frase de "cubanos de aquí
y de allá".
El otro paso corresponde antes que nada al propio
pueblo. Hacia ese objetivo se dirigen los organizadores
del diálogo que se saben ante una enorme
responsabilidad, pero también con el deber
de asumir los retos que demandan los nuevos tiempos
por venir y el amor infinito a lo que somos como
nación.
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