PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 4, 2005
 

SOCIEDAD
La esquina de Toyo (I)

Oscar Mario González, Grupo Decoro

LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - Las calzadas de Luyanó y 10 de Octubre van serpenteando sobre el lomerío de Lawton, La Víbora y Luyanó, para encontrarse a la altura del barrio Santos Suárez. Al lugar de encuentro se le llama desde antaño la "Esquina de Toyo".

El sitio está muy cambiado. Casi desconocido.

Pero después de medio siglo no ha sido el progreso con nuevos rascacielos lo que lo ha tornado irreconocible, sino el peso de los años, con su carga de apatía e indiferencia. No se ha agregado a la "Esquina de Toyo" nada nuevo. Simplemente hay menos de lo que había, y lo que subsiste está en vías de desaparecer.

Ese es el caso del edificio enclavado en el cuchillo que forman las calzadas de 10 de Octubre y Luyanó, construido a principios del siglo pasado, cuya planta baja estaba ocupada por el bar-restaurante-cafetería "Cuchillo de Toyo".

Luego del triunfo castrista, trabajó algunos años conforme al propósito original, hasta que en la década de 1970 fue convertido en una "piloto", o lugar destinado a la venta de cerveza a granel.

Tras algunos años en estos menesteres, "Cuchillo de Toyo" sucumbió a los rigores del período especial, hasta que los amigos capitalistas del régimen, a mediados de los años noventa del siglo pasado, lo convirtieron en área de concentración de trabajadores por cuenta propia. Entonces se animó la esquina de pregones y del bullicio y gritería propios de los mercados populares criollos. Así anduvo hasta que la llama del cirio couentapropista se fue apagando.

Hoy es asiento de dos o tres pequeñas mesas, donde libran el sustento un rellenador de fosforeras, un vendedor de juntas de ollas de presión, cafeteras y similares, y uno que otro vendedor dedicado a los artículos de quincallería.

El edificio se encuentra en un avanzado estado de deterioro, visible en el techo de la planta baja, de donde desapareció el falso techo para dejar al descubierto el entramado de vigas de acero oxidadas que sostiene pesadas losas, prestas a caer en cualquier momento. Todo parece indicar que las potentes columnas que sostienen el inmueble han evitado una catástrofe. Dada la falta de baños públicos, la población utiliza el edificio para hacer sus necesidades, por lo que siempre se siente en el lugar un fuerte olor a orine viejo y a cosa mala.

Otro punto de reconocida fama es la panadería que lleva el nombre del lugar. Una de las industrias mayores en su género, que rivalizaba con "Los Pinos Nuevos", "La imperial de Viena" y otras. El edificio que le sirve de asiento es el más elevado de la esquina, construido en la intersección de la Calzada de 10 de Octubre y San Leonardo. El inmueble tiene cuatro pisos, y por su estilo, parece haberse erigido a finales de la década de 1940 o principios de los años cincuenta. Toda su planta baja estaba dedicada a la fabricación de pan, con un amplio mostrador que daba a la calzada.

La panadería Toyo ha llegado hasta nuestros días como una de las pocas supervivientes, a lo que contribuyó su gran volumen productivo, pues las de menor tamaño desaparecieron, siguiendo un patrón foráneo que aconsejaba concentrar la producción de pan en grandes unidades.

Sin embargo, su largo mostrador ha sido dividido por una pared, con una parte destinada a la venta del mendrugo racionado, y otra sección dedicada a la venta de pan y dulces en moneda fuerte.

Así, pues, un mismo mostrador ha dado origen a dos mundos. En uno, y al precio de cinco centavos, cada cliente registrado en el lugar tiene el derecho a comprar un panecillo que se dice de 80 gramos. Sin ninguna otra opción de variedad, tipo o calidad. Algunas veces se deja comer. Otras, tiene la textura de una goma de mascar o de una suela de zapato. Pero nadie lo deja de adquirir porque "en tiempo malo no hay pan duro".

En la otra parte, dos o tres jóvenes, tras el mostrador, están prestos a despachar el pan o el dulce de su preferencia. Más de 10 tipos de panes de corteza dura y blanda, y otra cantidad similar de variedades de dulces, refrescos, caramelos y otras chucherías.

El pan más barato cuesta 10 centavos de chavito, o 2 pesos. La calidad es inferior a la de aquéllos que se vendían a 3 por 5 centavos en la república, pero aún así, son muy superiores al mendrugo de la libreta.

Para orgullo de los capitalinos sigue siendo la panadería de Toyo, y aunque no se parezca a la anterior, tiene el mérito de la supervivencia.

La esquina de Toyo (II)

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