|
SOCIEDAD
La
esquina de Toyo (I)
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - Las calzadas
de Luyanó y 10 de Octubre van serpenteando
sobre el lomerío de Lawton, La Víbora
y Luyanó, para encontrarse a la altura
del barrio Santos Suárez. Al lugar de encuentro
se le llama desde antaño la "Esquina
de Toyo".
El sitio está muy cambiado. Casi desconocido.
Pero después de medio siglo no ha sido
el progreso con nuevos rascacielos lo que lo ha
tornado irreconocible, sino el peso de los años,
con su carga de apatía e indiferencia.
No se ha agregado a la "Esquina de Toyo"
nada nuevo. Simplemente hay menos de lo que había,
y lo que subsiste está en vías de
desaparecer.
Ese es el caso del edificio enclavado en el cuchillo
que forman las calzadas de 10 de Octubre y Luyanó,
construido a principios del siglo pasado, cuya
planta baja estaba ocupada por el bar-restaurante-cafetería
"Cuchillo de Toyo".
Luego del triunfo castrista, trabajó algunos
años conforme al propósito original,
hasta que en la década de 1970 fue convertido
en una "piloto", o lugar destinado a
la venta de cerveza a granel.
Tras algunos años en estos menesteres,
"Cuchillo de Toyo" sucumbió a
los rigores del período especial, hasta
que los amigos capitalistas del régimen,
a mediados de los años noventa del siglo
pasado, lo convirtieron en área de concentración
de trabajadores por cuenta propia. Entonces se
animó la esquina de pregones y del bullicio
y gritería propios de los mercados populares
criollos. Así anduvo hasta que la llama
del cirio couentapropista se fue apagando.
Hoy es asiento de dos o tres pequeñas
mesas, donde libran el sustento un rellenador
de fosforeras, un vendedor de juntas de ollas
de presión, cafeteras y similares, y uno
que otro vendedor dedicado a los artículos
de quincallería.
El edificio se encuentra en un avanzado estado
de deterioro, visible en el techo de la planta
baja, de donde desapareció el falso techo
para dejar al descubierto el entramado de vigas
de acero oxidadas que sostiene pesadas losas,
prestas a caer en cualquier momento. Todo parece
indicar que las potentes columnas que sostienen
el inmueble han evitado una catástrofe.
Dada la falta de baños públicos,
la población utiliza el edificio para hacer
sus necesidades, por lo que siempre se siente
en el lugar un fuerte olor a orine viejo y a cosa
mala.
Otro punto de reconocida fama es la panadería
que lleva el nombre del lugar. Una de las industrias
mayores en su género, que rivalizaba con
"Los Pinos Nuevos", "La imperial
de Viena" y otras. El edificio que le sirve
de asiento es el más elevado de la esquina,
construido en la intersección de la Calzada
de 10 de Octubre y San Leonardo. El inmueble tiene
cuatro pisos, y por su estilo, parece haberse
erigido a finales de la década de 1940
o principios de los años cincuenta. Toda
su planta baja estaba dedicada a la fabricación
de pan, con un amplio mostrador que daba a la
calzada.
La panadería Toyo ha llegado hasta nuestros
días como una de las pocas supervivientes,
a lo que contribuyó su gran volumen productivo,
pues las de menor tamaño desaparecieron,
siguiendo un patrón foráneo que
aconsejaba concentrar la producción de
pan en grandes unidades.
Sin embargo, su largo mostrador ha sido dividido
por una pared, con una parte destinada a la venta
del mendrugo racionado, y otra sección
dedicada a la venta de pan y dulces en moneda
fuerte.
Así, pues, un mismo mostrador ha dado
origen a dos mundos. En uno, y al precio de cinco
centavos, cada cliente registrado en el lugar
tiene el derecho a comprar un panecillo que se
dice de 80 gramos. Sin ninguna otra opción
de variedad, tipo o calidad. Algunas veces se
deja comer. Otras, tiene la textura de una goma
de mascar o de una suela de zapato. Pero nadie
lo deja de adquirir porque "en tiempo malo
no hay pan duro".
En la otra parte, dos o tres jóvenes,
tras el mostrador, están prestos a despachar
el pan o el dulce de su preferencia. Más
de 10 tipos de panes de corteza dura y blanda,
y otra cantidad similar de variedades de dulces,
refrescos, caramelos y otras chucherías.
El pan más barato cuesta 10 centavos de
chavito, o 2 pesos. La calidad es inferior a la
de aquéllos que se vendían a 3 por
5 centavos en la república, pero aún
así, son muy superiores al mendrugo de
la libreta.
Para orgullo de los capitalinos sigue siendo
la panadería de Toyo, y aunque no se parezca
a la anterior, tiene el mérito de la supervivencia.
La
esquina de Toyo (II)
|