|
CULTURA
Los tigres de luto
Miguel Saludes
LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - A una semana
del fallecimiento de Guillermo Cabrera Infante,
los medios de comunicación de su patria
siguen guardando hermético silencio sobre
un acontecimiento que ha llenado de pesadumbre
a la literatura cubana. Mientras la noticia de
la muerte del notable escritor repercutió
en el mundo, la tierra donde nació permanece
ignorante de su partida definitiva.
Tras varias décadas en el exilio la figura
de Cabrera Infante es prácticamente desconocida
en Cuba por una inmensa mayoría de lectores.
Un gran número de éstos jamás
ha tenido acceso a sus libros. En las escuelas
no se contempla su obra en los planes de estudio.
Incluso, me atrevo a afirmar, muchos profesores
de literatura y español permanecen ajenos
a las novelas y cuentos de un autor que mereció
el premio Cervantes otorgado anteriormente a sus
compatriotas Alejo Carpentier y Dulce María
Loynaz. Pero a pesar de la cortina de silencio
que cubre la labor literaria de Cabrera Infante,
su nombre no ha podido ser ignorado por completo
en la Isla.
Si visitamos las páginas del Diccionario
de Literatura Cubana editado en 1980 por el Instituto
de Literatura y Lingüística de la
Academia de Ciencias de Cuba, veremos que en este
volumen no aparece reseñado el nombre de
Guillermo Cabrera Infante. Su impronta está
completamente ausente, como si nunca hubiera existido.
Entre los colaboradores de esta edición
se encuentra Salvador Bueno, autor a su vez de
una historia de la literatura cubana publicada
por vez primera en 1954, reeditada posteriormente
en 1959 y 1963. En ella aparece Cabrera Infante,
a codos con Carilda Oliver, Pablo Armando Fernández,
Heberto Padilla, Lisandro Otero y Cleva Solís,
entre varios de los que se destacan en un epígrafe
dedicado a reseñar la nueva promoción
literaria surgida a partir de 1950.
Una nueva versión, mucho más ampliada,
de la historia de la literatura cubana, elaborada
en la década de 1980, queda detenida casi
en el mismo punto donde quedó la recopilación
realizada por Bueno, sin ir más allá
del año 1958. A diferencia del mencionado
diccionario en este tomo se menciona al escritor
proscrito al menos en seis ocasiones. A través
de estas breves notas conocemos que en 1955 formó
parte de la directiva de la Cinemateca de Cuba,
que se destacó como uno de los jóvenes
críticos cinematográficos de su
época y fue uno de los escritores que estableció
la ruptura con el criollismo y el tema rural a
través de un grupo de narraciones situadas
en ambiente citadino, reunidas en el título
Así en la paz como en la guerra, que salió
a la luz en 1960.
Hace apenas unos días leí ese libro
publicado después del triunfo de la revolución
y que recoge catorce cuentos y quince viñetas
escritos entre 1950 y 1958. Muchos de los primeros
habían aparecido en Bohemia, mientras que
las viñetas fueron publicadas de manera
individual por la revista Carteles y el suplemento
cultural del periódico Revolución.
En estos textos aparecen, como instantáneas
recogidas por el lente de un fotógrafo,
diferentes aspectos de una etapa de nuestra historia
sociopolítica sumamente convulsa. Sin acudir
a los acostumbrados teques, muy utilizados por
otros autores, Infante nos ofrece una visión
personal y descarnada del ambiente que predominaba
en el país en esos momentos.
En Tres Tristes Tigres, que pude disfrutar hace
diez años, el novelista nos lleva a recorrer
las calles habaneras coincidiendo con esa etapa
polémica de un pasado que cada vez se hace
más lejano. Escrita en pleno proceso revolucionario,
la novela retoma el tema de la ciudad, personaje
omnipresente en la narrativa de Infante, donde
podemos apreciar cierto aire de nostalgia hacia
una Habana plena de encantos, a pesar de las sombras
que pugnaban por empañarla, capaz de deslumbrar
a tantos cubanos y extranjeros. La urbe cosmopolita,
enemiga del dormir, la de infinitos night clubs,
bares y vitrolas, la de las mujeres elegantes
y las tiendas majestuosas, terminó por
desaparecer finalmente junto con los paisajes
que la afeaban. El recuerdo de aquella Habana
no sólo persiguió a Infante en el
Londres brumoso del exilio. Mi madre, quien nunca
me ocultó las escenas tristes de antaño
o los horrores de aquella dictadura, miraba con
la misma pena la nueva faz que iba adquiriendo
la capital de Cuba. "Ofelia, ¿te acuerdas
de aquella Habana?", decía a ésta
o a cualquiera de sus hermanas mientras paseaban
entre el progresivo deterioro que iba devorando
a la ciudad. En sus rememoraciones se levantaban
imágenes de un pasado que también
tenía magia.
De igual forma, Cabrera Infante ha mantenido
en la memoria la imagen de La Habana de los cincuenta
sin el menor intento por escamotear la dureza
y crueldad que convivían en ella. Solía
decir que su predilección por la capital
cubana se debía a su gusto por la intoxicación
del asfalto, del hormigón y el ruido de
los autos. Las noches alegres, la vida nocturna
y bulliciosa pueden parecer tan agresivas como
la contaminación del ruido y el humo, pero
sin ellas no existe la ciudad. La que tenemos
ahora se encierra al oscurecer y sólo brilla
en aislados islotes destinados al turismo y a
la moneda convertible.
El lunes 21 de febrero apareció en el
diario Granma un escrito de Amado del Pino sobre
la puesta en escena de una obra basada en la personalidad
de Guadalupe Yoli Raymont, conocida como La Lupe.
Esta cantante santiaguera, famosa en los cabarets
habaneros de la década del 50, parece tomar
cuerpo en el personaje de Estrella, la Diva, recreado
por Cabrera Infante en Tres tristes tigres. Irónicamente
la reseña dedicada a la artista, también
fallecida en el exilio, a falta de cualquier nota
sobre la muerte del escritor cubano, constituye
un homenaje involuntario a la memoria de ese Infante
-ahora verdaderamente difunto- por una Habana
de la que estuvo ausente todos estos años,
pero que nunca dejó de añorar en
el espíritu. Seguramente en ella resucitará
su obra como ya aconteció con la de Gastón
Baquero, Virgilio Piñera y Lezama Lima.
Hasta que ese día llegue los tigres seguirán
guardando luto.
|