PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 2, 2005
 

SOCIEDAD
¡Te dejé sin pelo!

Lucas Garve, Fundación por la Libertad de Expresión

LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - Hay quien dice que no hay sábado sin sol. Pero el sábado 26 de febrero las nubes ocultaban el radiante. Cuestión de variar, en esta latitud tropical donde poco cambia desde hace un buen tiempo.

Y el tiempo que nos aporrea sin cesar. Obstinado e implacable nos acorta la existencia, pero nadie es capaz de condenarlo por hurto. Hay que imaginar entonces los rostros marcados por la desidia de la veintena de personas que esperaban el anhelado arribo de cualquier ómnibus, ese sábado por la mañana en una parada de la Calzada de Luyanó, una de las arterias más transitadas de la capital cubana.

Al atisbar la llegada de un ómnibus que avanzaba hacia la parada, aquellos cuerpos sentados, silenciosos y con cara de aburrimiento, se animaron espoleados por las voces de ¡ahí viene la guagua! que unos cuantos niños, quizás postreros descendientes de los hermanos Pinzón y empapados del lógico desenfreno de la infancia, emitieron como si fueran heraldos de una buena suerte largo rato esperada.

A medida que se aproximaba el vehículo, la risa y el vocerío que salían del mismo previnieron a quienes nos dispusimos a abordarlo de cierta situación inhabitual. Mas como la risa no tiene que ver con la tragedia, aunque estas dos sean medio parientas por aquello de la falta de mesura, las carcajadas borraron toda aprensión a subir al carro que ya frenaba y abría sus puertas como las alas de unos salvadores ángeles guardianes frente a la perdedera de tiempo.

Justo en ese instante tan delicado de montar en la guagua, porque se puede armar un lío por un milímetro ganado pero no correspondido, fue que escuché a una voz más fuerte que las risas y las exclamaciones de: "¡Un pasito atrás, por favor, para que monten todos! Suelten el tubo, por favor que ustedes no son plomeros!", dichas por un conductor cercado por no sé cuántos pasajeros. Era la voz de Angelito sobre las de los demás.

Sólo que él se presentaba a sí mismo: "Oye, yo soy Angelito!" Una gorra azul desvaído cubría el cráneo ausente de cabellos. Una camiseta de similares características y un pantalón grisáceo eran su vestimenta. Pero la falta de colorido y la humildad del vestuario no opacaba su sonrisa. Una sonrisa como una obertura que precedía al concierto de risas y carcajadas del resto de los pasajeros.

La causa de tanto alboroto era lo que él denominaba como animación del transporte. Esto último consistía en adivinanzas, versitos, chistes y comentarios capaces de arrancarle una carcajada desde el más triste hasta el más circunspecto.

Junto a la parada había un moreno con un colchón, al parecer en venta, que provocó la atención del jocoso comentarista público: "Oye, el del colchón, a que tú no sabes cómo duermen 12 en una cama". El moreno del colchón ni contestó. "Barbarito Diez, la mujer y un hijo", obtuvo como respuesta.

Una señora cuarentona entre carcajadas dijo: "Es la muerte este tipo". Y desencadenó una adivinanza del gracioso: "¿Cuál es el cementerio de Cuba donde los muertos están más frios?" Silencio. "El de Guanabacoa, porque allí enterraron a Bola de Nieve". Risas. Otro: "¿Qué hay entre La Habana y Matanzas?" Silencio igual a reflexión. "La Y". Carcajadas.

Sin embargo, la risotada no llegaba a la apoteosis que logró provocar poco después. La guagua paró justo al lado de una especie de mercado de viandas y carne de cerdo. La vista de los perniles fue el motivo de una andanada dirigida al dependiente del establecimiento.

La respuesta del carnicero fue una mirada torva de pocos amigos. Pero el intercambio de frases y miradas tuvo como término los versitos siguientes: "Si desecha en menudos pedazos llega la carne de res algún día / las muelas de arriba y las muelas de abajo / la sabrán masticar todavía. Dime, ahora sí, que te dejé sin pelo!" La carcajada hizo casi temblar el piso del ómnibus. El chofer detuvo el carro, soltó el timón y echó la cabeza hacia atrás para dejar escapar mejor la risa. Creo que ninguno de los pasajeros recordaba ya cuánto tiempo había invertido en esperar al rutero A 2 ese día.


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