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DISIDENCIA
El
honor de la modestia
Adrián Leiva
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - La muerte,
compañera inseparable desde que abrimos
los ojos a la vida, es un acontecimiento tan natural
como impredecible que muchas veces llena el pensamiento
del humano a la hora de cuestionarse la razón
de su paso por la vida. Sin embargo, la verdadera
pregunta que todos debemos hacernos alguna vez
es la manera en que hacemos uso del don irrepetible
de vivir. Si en nuestro andar por la existencia
hacemos el bien, aportamos a la sociedad con nuestro
conocimiento o con nuestro actuar, si en definitiva
somos un soplo de aliento y alegría, podemos
darnos por satisfechos.
Además de nuestro accionar benéfico,
también debemos medir en nuestra balanza
espiritual el peso de nuestros valores. La honestidad,
la honradez, la fidelidad, los sentimientos, y
la modestia, entre muchos. Cuando hemos logrado
alcanzar un nivel aceptable en esa escala entonces
podemos sentirnos complacidos de haber vivido
atesorando una riqueza a la que debe aspirar todo
hombre, y que no es justamente la que se guarda
en las cajas de caudales de un banco. A pesar
de que muchos escépticos afirman que no
abundan personas capaces de reunir tales tesoros,
la cotidianidad se encarga de presentarnos personas
así.
El pasado 10 de febrero falleció en su
natal Bayamo, en el oriente cubano, el licenciado
Juan Carlos Martínez Núñez.
Este hombre, que sólo logró vivir
hasta los 57 años, supo caminar por la
vida ganándose el respeto y la admiración
de quienes lo conocieron, entre otras razones
por su sencillez y modestia, rasgos que caracterizaron
su condición humana. Licenciado en Filología
y Pedagogía, fue un ejemplar educador no
sólo por las asignaturas que enseñaba
sino porque supo despertar la sensibilidad de
sus alumnos y el amor hacia la cubanidad, sembrando
en ellos los buenos hábitos de la educación
formal tan necesaria para una convivencia normal
y respetuosa de las personas en su entorno social.
Cuando hace algunos años Juan Carlos sufrió
un trágico accidente de tránsito,
resultando el único sobreviviente en aquel
trance, su estado de salud quedó muy deteriorado,
situación que le obligó a abandonar
el magisterio de forma oficial. La bolsa de nylon
que debía llevar de manera permanente por
el mal funcionamiento de su sistema renal no pudo
doblegar la férrea voluntad del profesor.
Pero no sólo su aporte se verificó
en el magisterio, sino también en la vida
cívica de la nación cubana. En el
año 1996 ingresó en el Colegio Independiente
de Pedagogos de Cuba, siendo uno de los miembros
fundadores, formando parte del ejecutivo nacional
y delegado de la organización en la provincia
Granma. Comenzó entonces a impartir clases
gratuitas a cuantos jóvenes y niños
acudieron a él.
Cuando en marzo de 2003 el gobierno cubano desató
la ola represiva que llevó a prisión
a numerosos disidentes y líderes de la
sociedad civil, entre ellos al licenciado Roberto
de Miranda, presidente del Colegio de Pedagogos,
el profesor Martínez Núñez
se sobrepuso a su débil estado de salud,
asumiendo la presidencia nacional de ese colegio,
tarea que simultaneó con la de delegado
de su provincia, viajando hacia la capital del
país en varias ocasiones en un esfuerzo
sobrehumano. Todos miraban con respeto al hombre
acompañado del inseparable bastón
que no hacía caso de la situación
del transporte y la tensa situación que
pesaba sobre la oposición en aquellos duros
momentos.
La pérdida física del licenciado
Juan Carlos deja en todos los que le conocimos
un profundo dolor, pero también el recuerdo
de quien dejó a un lado el miedo y las
razones personales para darse a Cuba con amor.
Nos quedan el recuerdo de sus sabias palabras
y el carácter sincero con que las acompañó.
Pero sobre todo nos legó la infinita modestia
de quien se entrega sin pedir ni siquiera el reconocimiento
por su quehacer.
Juan Carlos halló algo que le dio verdadero
sentido al don de la vida recibido y que aprovechó
hasta el último minuto de su existencia.
De ello nos beneficiamos todos.
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