PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 30, 2005
 

SOCIEDAD
Casos y cosas de casa

Adrián Leiva

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Hace más de treinta años en la televisión cubana existía un programa humorístico con el título que encabeza este trabajo, en el que se suscitaban ocurrentes enredos y tramas que con un fino humor reflejaban situaciones, a veces absurdas, que ocurren en la vida cotidiana de cualquier hogar cubano. Aunque aquel programa salió del aire hace bastante tiempo ya, su nombre quedó en la memoria de los que entonces andábamos por la niñez, y lo seguimos aplicando a la realidad que nos sigue chocando en la adultez, a las cosas y casos que pasan en nuestras casas en la actualidad.

El sistema estatalizado de toda la economía cubana, además de ser ineficiente, demuestra la dependencia psicológica que crea entre la población que lo padece, y que tiende a aceptar de manera tácita e inapelable cualquier hecho que ocurre en la vida diaria, conformándose con mantenerse, con docilidad y conformismo a toda prueba.

Este mes, cosa que normalmente ocurre doce veces en el año, se distribuyeron los mandados que venden por la libreta de racionamiento. El arroz es uno de los productos básicos que nunca falta en estas entregas mensuales, pero ocurrió que en varias unidades de comercio minorista del municipio Cerro de la capital cubana, las seis libras de arroz vendidas venían en esta ocasión con un problema.

En las entregas anteriores ya se venía distribuyendo a la población un arroz de procedencia vietnamita, con un contenido de granos partidos que se calculaba en un 25 por ciento que en la realidad podía convertirse en un 40 por ciento, haciendo nada agradable la tarea de cocinarlo. Pero este mes a este inconveniente se adicionó el del mal estado que tenía la mercancía.

El olor que despedían los sacos de polietileno en que se encontraba envasado este arroz era sumamente desagradable, un aroma a viejo capaz de ser reconocido por el olfato menos adiestrado para estas eventualidades. La causa de este problema podía estar en el largo tiempo de almacenamiento o por condiciones de humedad en los locales de almacenamiento. Lo cierto era que cuando las personas llegaban a la casa y lo lavaban varias veces antes de cocinarlo, el olor se mantenía invariable, incluso después de elaborado.

Si bien es cierto que el estado es el responsable de toda la actividad productiva y de los bienes y servicios del país, y que los escasos productos alimenticios que vende por medio de la libreta de abastecimientos, al margen de que la asignación no cubra la necesidad real o que su calidad deje mucho que desear, hay aspectos que tocan a cada ciudadano.

Lo que llama la atención en este caso es la manera complaciente en que la gente acepta estas cosas, recibiéndolas tal como les llegan sin exigir que se les trate con dignidad y respeto, sin percatarse de que con esa actitud conformista, adoptada por miedo o por escepticismo, se van degradando en su autoestima. Sea por la necesidad o porque las personas se han acostumbrado a pasar por alto situaciones de este tipo, un número considerable de consumidores compraron el arroz echado a perder y lo llevaron, conscientes de su estado, a pesar de los comentarios críticos y la irritación patentizada en las unidades donde lo compraron.

Sólo cuando había transcurrido la mitad del mes fue que el almacén mayorista recogió los sacos que aún quedaban por venderse, para reponerlos por otros en buen estado. Quienes habían consumido el primer envío no tenían más remedio que conformarse viendo como los que por una razón u otra no lo habían comprado todavía se beneficiaron del cambio.

En la cadena de responsabilidades en este hecho incidieron en primer lugar los almacenes centrales, donde se debe revisar la calidad del producto que distribuyen. Para ello estos lugares cuentan con un personal especializado. También tienen responsabilidad las empresas minoristas que desde el inicio no debieron aceptar el envío en estas condiciones, pero el nivel de indolencia e irresponsabilidad prevaleció, algo nada justificable.

Pero tampoco se puede desconocer la mentalidad que muchos tienen y que contribuye a que la ineficiencia del sistema, agudizada por la indolencia de los funcionarios que deben exigirse así mismos, sea aún peor. La población tiene una alta dosis de negligencia al aceptar productos de calidad deficiente, dando muestras de conformismo y pobreza de espíritu, que es más destructiva que la material. La falta de exigencia del respeto que merece se verifica en la dejación del reclamo otros derechos, una actitud característica de la población cubana de estos tiempos.

Casos como éste, que no son tan aislados, sino que ocurren con harta frecuencia en nuestro medio, forman parte de la vida cotidiana, cargada de tanto conformismo.

Estos casos y cosas de casa, que no tienen que ver con los libretos de aquel viejo programa televisivo, desgraciadamente se mantienen en el esquema adoptado por la mayoría para seguir viviendo sin muchas preocupaciones y con la diferencia de que en este drama no existe nada de ficción.

 

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