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SOCIEDAD
Figuras en jefe
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Una
de las sociedades más fragmentadas del
mundo es la sociedad cubana. El triunfo de la
revolución de 1959 inauguró la etapa
de mayor división ciudadana que ha conocido
Cuba a lo largo de su historia republicana. Nuevos
y más complejos conflictos se sumaron a
los ya existentes. Las tensiones no resueltas
del racismo y las contradicciones capital-trabajo
dejaron de ser únicas. Se abrieron paso
nuevas problemáticas emergentes.
Entre las nuevas discriminaciones inauguradas
por el régimen de Fidel Castro están
las confesionales. Estas se cuentan por motivos
políticos, religiosos y sociales. Las dictadas
por prejuicios, como las impuestas a homosexuales
de ambos sexos. Las llevadas a cabo contra los
cultores de la música y el modo de vida
norteamericanos.
Junto a toda esta situación floreció
un nepotismo inspirado en razones de corte ideológico.
Esta práctica conserva su vigencia y permanencia
con algunas variantes.
El culto a la personalidad de la primera figura
originó réplicas en todas las actividades,
a todos los niveles. Aparecieron feudos personales
con sus pequeñas "figuras en jefe".
Estos replicantes del poder omnímodo del
Comandante practican, a su vez, el autoritarismo
personal. Lo hacen a escala, siguen el modelo
vertical que les sirve de guía e inspiración.
Hace años fue necesario convencer a la
señora Alicia Alonso para que permitiera
la presencia de negros en el Ballet Nacional de
Cuba. La dama no los permitía, alegando
razones estéticas. Disponía de toda
la autoridad para imponer su voluntad. A fin de
cuentas, ella era la figura en jefe a cargo de
esa actividad. Contaba con la bendición
y confianza del Comandante.
Pues bien, una orden autoritaria, seca y precisa,
autorizó -mejor dicho, impuso- la presencia
de negros en el Ballet Nacional. Lo singular del
incidente es que bastó para borrar completamente
todos los prejuicios raciales de la señora
Alonso. Tuvo el mismo efecto balsámico
de una conversión religiosa. Fue instantánea,
profunda y espectacular.
Estos reflejos del efecto de la autoridad central
se hacen sentir en todas las manifestaciones del
quehacer humano en Cuba. Pero debe señalarse
que al menos en las esferas del arte, la cultura
y la ciencia, cada figura en jefe ostenta logros
mínimos sobre los que fundamentan su ascenso.
Ahí están los feudos científicos.
Pasemos revista a los clanes de los Marinello
en la oncología; Álvarez Cambra
en ortopedia, y el Dr. Peláez en oftalmología.
Volviendo a los artistas, el cantautor oficial
y diputado Silvio Rodríguez, creó
-con la bendición oficial- su clan de Producciones
Abdala. Allí es figura en jefe. Sin embargo,
al también cantautor Pablo Milanés
no le fue posible consolidar su PM Records.
Los hechos que derivaron en el naufragio del proyecto
de Milanés tuvieron lugar bajo el mandato
del Sr. Armando Hart, cuando era ministro de Cultura.
En aquel momento se rumoró mucho sobre
un turbio episodio de racismo. Aunque no es posible
aportar en este trabajo un dictamen definitivo,
lo cierto es que ningún negro o mestizo
es figura en jefe de algo en Cuba. A lo más
que se llega es a la precariedad de un cargo de
ministro o de secretario de algo. Esa es la norma.
Donde la situación es más penosa
es en los campos político, económico
y militar. Aquí falta talento y brillo
autóctono. En casi todos los casos son
figurillas grises con un mayor o menos olfato
cortesano.
Cuando pierden el favor del Comandante desaparecen
y nadie oye hablar de ellos. Lo más patético
es que nadie desea saber cuál fue la suerte
corrida por éstos.
La aparición de feudos personales de poder
en la sociedad cubana, y su permanencia, es la
causa principal (o una de las principales) para
el estancamiento. También su práctica
y recurrencia son abono para el caudillismo.
Quizás por esto el cine cubano es historia.
Sólo lo salva la obra y el recuerdo de
Tomás Gutiérrez Alea. El cine es
también feudo personal. Allí comparten
prerrogativas los señores Alfredo Guevara
y Julio García Espinosa.
Los feudos personales dependen totalmente del
brillo, el esplendor y la vitalidad de los señores.
El envejecimiento y embotamiento de los señores
Guevara y Espinosa mataron al cine. Así
de sencillo.
Los formados y deformados por estas prácticas
están marcados. Donde quiera que van llevan
en el alma el estigma de esta formación.
Quizás la apertura democrática les
abra nuevas perspectivas. Es posible que aprendan
a vivir dentro de las reglas de una sociedad libre
y abierta. Quizás hasta lleguen a aceptar
la competencia en términos justos y equitativos.
Crucemos los dedos para que así sea.
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