PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 24, 2005
 

SOCIEDAD
Los que nos dejan

Alejandro Tur Valladares, Cubanacán Press

SANTA CLARA, Cuba -Junio (www.cubanet.org) - Ver a un amigo marcharse es una experiencia que suele resultar desgarradora, máxime si se tiene en cuenta que las probabilidades de un pronto encuentro parecen habitar el mundo del "Nunca Jamás".

Una sensación mezcla de vacío e inseguridad te recorre el cuerpo en la mañana, cuando al despertar confirmas que ya se ha ido. Su presencia objetiva, tangible, se desvaneció sin que te percatases que se trocó en volátil pensamiento, al igual que en forma de recuerdo te aferras, como náufrago al madero.

El abandono es sinonimia de muerte, y hay relaciones tan fuertes cuyos lazos sólo ella los puede romper. Entiendo que existen dos formas de muerte. La muerte física, cuyo proceso natural lleva al alma a recorrer senderos de luz desconocidos, al romper las cadenas de la carne para brindarle al ser la posibilidad de desplegar sus alas. Es principio, no fin; esperanza, no desasosiego.

Entendida así, la pérdida de un amigo o de un familiar debería al menos confortarnos. Pero existe otra forma de muerte que marchita el corazón de quien la padece y enturbia la esperanza de quien espera.

Esta muerte es el exilio. Un exilio impuesto, forzado y arbitrario, es la peor muerte que puede padecer el hombre. Es el desgajamiento de su identidad y con ello la pérdida de sus raíces, de sus metas y anhelos. Es congelar la vida en espera de que llegue una nueva primavera.

Los que nos dejan, los que marchan a la tierra indulgente del destierro, ya frente a la rivera, arrojan su fe al pantano de la incredulidad y se repiten la pregunta eterna ¿Por qué, Dios mío?

Allá comenzarán otra vida. Vendrán nuevas oportunidades. Injertarán su rama personal en el viejo tronco de la nación extranjera, e intentarán andar erguidos buscando convencerse a sí mismos de que siguen vivos, de que tiempos mejores vendrán. Llevarán todo el tiempo consigo en el bolsillo de su guayabera una carta, una foto, o quizás un poema de algún amor que en la prisa no pudieron, ni les permitieron llevar. El recuerdo de la madre anciana, de un hijo o de alguna hermosa escena.

Los que nos dejan se alejan por voluntad ajena. Por designios de un Dios antropomorfo al estilo romano, que dicta los destinos de esta tierra. No es el azar, ni los avatares de la vida, ni la búsqueda de sensaciones perdidas las que los lanzan a explorar el mundo incierto de la diáspora. Es la fuerza de la opresión, un susto dramático de los calabozos, la mordaza que tapa la voz del que se revela.

Una cosa es emigrar y otra experimentar un exilio. En el primero de los casos, como a las aves, quien parte conoce por intuición su destino, marcha tras la temporada, mas en su corazón queda la promesa del regreso. Su vuelo es ligero, pues le favorecen los vientos de la voluntad. En el segundo caso no parten, se les aleja. Se les cierran las puertas y se les retiran los puentes para que no puedan retornar.

Sin embargo, al final es la vida quien decide dónde concluiremos el juego; cuántos nuevos senderos hoyarán nuestros pies y si habrá o no reencuentros. Los que nos dejan saben amar, y como Job conocen de lo transitorio que son los eventos, y de que Dios es justicia y al final se nos revela en el sufrimiento.


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