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SOCIEDAD
Los que nos dejan
Alejandro Tur Valladares, Cubanacán
Press
SANTA CLARA, Cuba -Junio (www.cubanet.org) -
Ver a un amigo marcharse es una experiencia que
suele resultar desgarradora, máxime si
se tiene en cuenta que las probabilidades de un
pronto encuentro parecen habitar el mundo del
"Nunca Jamás".
Una sensación mezcla de vacío e
inseguridad te recorre el cuerpo en la mañana,
cuando al despertar confirmas que ya se ha ido.
Su presencia objetiva, tangible, se desvaneció
sin que te percatases que se trocó en volátil
pensamiento, al igual que en forma de recuerdo
te aferras, como náufrago al madero.
El abandono es sinonimia de muerte, y hay relaciones
tan fuertes cuyos lazos sólo ella los puede
romper. Entiendo que existen dos formas de muerte.
La muerte física, cuyo proceso natural
lleva al alma a recorrer senderos de luz desconocidos,
al romper las cadenas de la carne para brindarle
al ser la posibilidad de desplegar sus alas. Es
principio, no fin; esperanza, no desasosiego.
Entendida así, la pérdida de un
amigo o de un familiar debería al menos
confortarnos. Pero existe otra forma de muerte
que marchita el corazón de quien la padece
y enturbia la esperanza de quien espera.
Esta muerte es el exilio. Un exilio impuesto,
forzado y arbitrario, es la peor muerte que puede
padecer el hombre. Es el desgajamiento de su identidad
y con ello la pérdida de sus raíces,
de sus metas y anhelos. Es congelar la vida en
espera de que llegue una nueva primavera.
Los que nos dejan, los que marchan a la tierra
indulgente del destierro, ya frente a la rivera,
arrojan su fe al pantano de la incredulidad y
se repiten la pregunta eterna ¿Por qué,
Dios mío?
Allá comenzarán otra vida. Vendrán
nuevas oportunidades. Injertarán su rama
personal en el viejo tronco de la nación
extranjera, e intentarán andar erguidos
buscando convencerse a sí mismos de que
siguen vivos, de que tiempos mejores vendrán.
Llevarán todo el tiempo consigo en el bolsillo
de su guayabera una carta, una foto, o quizás
un poema de algún amor que en la prisa
no pudieron, ni les permitieron llevar. El recuerdo
de la madre anciana, de un hijo o de alguna hermosa
escena.
Los que nos dejan se alejan por voluntad ajena.
Por designios de un Dios antropomorfo al estilo
romano, que dicta los destinos de esta tierra.
No es el azar, ni los avatares de la vida, ni
la búsqueda de sensaciones perdidas las
que los lanzan a explorar el mundo incierto de
la diáspora. Es la fuerza de la opresión,
un susto dramático de los calabozos, la
mordaza que tapa la voz del que se revela.
Una cosa es emigrar y otra experimentar un exilio.
En el primero de los casos, como a las aves, quien
parte conoce por intuición su destino,
marcha tras la temporada, mas en su corazón
queda la promesa del regreso. Su vuelo es ligero,
pues le favorecen los vientos de la voluntad.
En el segundo caso no parten, se les aleja. Se
les cierran las puertas y se les retiran los puentes
para que no puedan retornar.
Sin embargo, al final es la vida quien decide
dónde concluiremos el juego; cuántos
nuevos senderos hoyarán nuestros pies y
si habrá o no reencuentros. Los que nos
dejan saben amar, y como Job conocen de lo transitorio
que son los eventos, y de que Dios es justicia
y al final se nos revela en el sufrimiento.
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