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SOCIEDAD
Buena memoria para un día de los padres
Jorge Olivera
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Me
dejó con el adiós a flor de labios.
Se fue a otra galaxia con sus tenues defectos
y las virtudes que supe disfrutar como un discípulo
siempre atento. Nunca imaginé su silencio,
hecho de abismos y catástrofes. El viaje
era definitivo. Había muerto un día
de enero de 2003 por un decreto celestial. A sus
76 años terminaba su trayectoria -para
mí- breve y única.
Era mi padre, físicamente pisoteado por
el tiempo, con sus arrugas y sus canas exteriorizando
su sabiduría y el conocimiento que los
años se encargaron de imprimirle, un sello
particular de belleza.
Hay padres que se enquistan en la memoria. Están
presentes cada día, por el recuerdo de
un consejo oportuno, el despliegue ético
a prueba de tropiezos y el inspirador sentido
del deber. Se les extraña en el fragor
de un regaño y también en un abrazo
que se siente como un premio. Un padre no es ser
que trasciende sólo por su masculinidad.
Aparte de constituir éste un elemento complementario
para la procreación, es importante su institución
como factor unificador de la familia. Ambas características
conformaban la personalidad de mi progenitor.
De él conservo la voz grabada en mi mente;
las respuestas a cada interrogante con el tono
diligente de la fraternidad.
Muchos han hecho de la paternidad una tarea universal.
Su amor ha roto fronteras para imponer la justicia
y reparar las imperfecciones humanas proclives
a convertirse en engendros. La Humanidad no ha
carecido de hombres talentosos que tuvieron como
premisa hacer del bien- algunas veces contra toda
esperanza- una práctica incondicional y
cotidiana, viendo a su prójimo como a hijos
por encaminar y auxiliar. Cuando se diga padre,
es justo evocar nombres como los de Abraham Lincoln,
Martín Luther King, Mahatma Gandhi, José
Martí. Ellos tuvieron esa mirada con la
que un progenitor cubre a los hijos que merecen
ser atendidos sin dilaciones. Hombres de su naturaleza
no vieron al planeta Tierra como un simple interés
geográfico, sino como si éste fuese
la casa que eligieron para hospedar su amor y
virtud junto a sus honorables descendencias.
Hoy pienso en los padres que nos salvan de la
mediocridad. En el mío balanceándose
en el viejo sillón de madera y en los otros,
los de todos, que me dejaron ilustres vivencias
e imágenes en cada una de sus biografías.
No me faltan atenciones levitando sobre mi conciencia.
Para los que están presos o luchan con
ahínco por romper esquemas represivos en
cualquier parte, llegue mi recuerdo como un haz
de luz en medio de sus tinieblas. Definitivamente
son padres dispuestos a insertar su legado en
este mundo de tensiones. Es muy posible que ellos
a su vez sean hijos que traducen en sus acciones
las enseñanzas tomadas de la fuente paterna.
Creo que contar con un buen padre es una suerte
sin paralelos. Es tener un profeta, un mentor
un amigo fiel, conviviendo con uno. Alguien mitad
humano y mitad Dios. Dar gracias por ello en un
día como éste es la mejor oración
que puedo dedicarle a la memoria del que partió
hace dos
o tantos años ya.
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