PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 17, 2005
 

SOCIEDAD
Hoteles con h minúscula

Miguel Saludes

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - A nuestro paso por la calle de San Miguel, en pleno centro de La Habana, la vista de un edificio hizo que mi acompañante retrocediera doce años en el tiempo y en los recuerdos. Entonces él y su esposa estaban en su quinto aniversario de casados y para celebrar el acontecimiento no había muchas opciones que escoger. Todavía la dolarización estaba por llegar en aquel difícil verano que la crisis de los noventa, desatada en toda su plenitud, hacía mucho más insoportable. Pero una idea surgida en pleno paseo tenía posibilidades de ser realizada sin muchos trámites. Los cónyuges decidieron de mutuo acuerdo pasar parte del día en la intimidad de una habitación, en uno de los denominados albergues INIT que existían en nuestra ciudad.

Desde que se unió en matrimonio, mi amigo compartía la casa de ella junto con varios miembros de la prole familiar. Para salir de la rutina y pasar un rato en soledad nada mejor que irse a un hotel de bajo costo, que abundaban en varias zonas de La Habana y a los que, superando reticencias y vergüenzas, acudían muchas parejas ocasionales.

Algo despistados y en el calor del aniversario amoroso, entraron al Rex, el nombre del edificio causante del recuerdo, que era uno de esos populares centros designados por los cubanos con el nombre de posadas. Entraron llenos del candor de dos novios por descubrirse, sin advertir que algo anormal ocurría en el ambiente.

Cuando llegaron a ver a varios niños, correteando en lo que hasta la noche antes había sido la recepción del local, ya era tarde para ellos. La noche antes el derrumbe de un inmueble cercano había cambiado completamente el destino de lo que hasta ese momento fuera un lugar reservado para los amantes, convirtiéndolo a partir de entonces en una casa de vecindad.

Acompañada de las risas de decenas de personas, la pareja salió como llevada por el viento y aún después de varios años siguen recordando la escena, claro que ahora con menos bochorno en el rostro a la hora de narrar el hecho.

Pero el hotel Rex no sería el único que sufriría esta transformación de sus funciones. La situación se fue repitiendo en casi todos estos sitios habaneros, hasta que prácticamente no quedó ninguno en disposición de ofrecer habitaciones para una noche eventual, o apenas por unas horas, a miles de parejas cubanas. El Venus, el Morro, los de la calle Rayo, entre otros, sucumbieron a medida que incendios y desplomes dejaban a centenares de personas en la calle. El último en ser absorbido por estas emergencias fue el que estaba a un costado de la terminal de trenes. Otros, como el de la calle Barcelona y Amistad, corrieron peor suerte al terminar en ruinas.

Ahora quedan contados espacios en la capital que se dediquen a estos menesteres. Uno de ellos está situado fuera de la zona urbana, donde sólo se puede acceder en auto, mientras que el segundo se encuentra a la entrada del reparto Mañana en el municipio de Guanabacoa.

El motel Las Casitas, nombre que exhibe el lumínico instalado afuera de este último sitio, ofrece en su exterior una buena impresión a la vista, constituyendo una rareza local. Sin muchos rodeos, un empleado me aclaró que aquello funcionaba igual que las antiguas posadas y que junto al que se mantiene en la Monumental, es una de las pocas de su tipo que se encuentran funcionando en el presente.

En nuestras condiciones de vida, estas instalaciones, más que un lujo para la complacencia mundana, constituyen una necesidad. Por una parte, los ciudadanos cubanos no pueden hospedarse en los hoteles normales, y si esta situación cambiara, las tarifas que se cobran por el alquiler de estos resultan prohibitivas para cualquier persona común que prefiera pasar un solo día disfrutando del confort de las mismas.

En épocas anteriores los hoteles estaban más al alcance de la gente, pero además de ello se contaba con la disponibilidad de estos albergues o moteles, al precio de cinco pesos la hora, más acorde con el bolsillo de muchos. Ciertamente en ellos ocurrían cosas que rayaban en la ordinariez, el mal gusto o la vulgaridad, como eran las colas que se hacían para acceder a los cuartos, que se hacían en un salón de espera, donde el encanto de la privacidad quedaba roto y existía muy poco espacio para el pudor. El uso de las botellas de agua mineral por falta de agua corriente en las pilas, la poca higiene del local, la venta de bocaditos y cerveza, a iniciativa de los mismos empleados en procura de ganarse un extra, - y que los inquilinos agradecían porque la empresa estatal a cargo de estos centros no ofertaba ningún comestible o bebidas- daban lugar a miles de anécdotas, historias donde lo dramático daba paso a lo risible, y que brindaron amplio material a los humoristas, escritores y cuentistas anónimos. Ciertamente no eran el paraíso terrenal pero con su desaparición empeoró algo en nuestro ambiente.

Las condiciones de vida de una población que vive en su mayoría en un estado de hacinamiento, y la falta de lugares donde tener al menos un rato de privacidad, han repercutido en detrimento de la sociedad. No son pocos los edificios donde los vecinos se han puesto de acuerdo para cerrar con llave sus puertas principales en horas de la noche y también durante el día. Entre las causas de esta preocupación, además de los robos, los vagabundos que buscan pasar la noche a cubierto de la intemperie y los que hacen sus necesidades en la primera escalera que encuentran abierta, están las parejas, sobre todo de jóvenes, que se cobijan en el interior de los inmuebles para tener relaciones sexuales.

Esto último ocurre igualmente en lugares más abiertos, como parques y hasta en las esquinas más oscuras de la ciudad, en horas avanzadas de la madrugada. Quizás el muro del Malecón sea uno de los que puede testimoniar mayor cantidad de estas situaciones.

Los pobladores protestan con razón. No es menos cierto que antes no se observaba con tanta frecuencia estas incidencias. Algunos argumentan que éste es el resultado de la problemática situación con la vivienda, lo que se agrava con la imposibilidad de tener acceso a otras opciones, pero que siempre queda la posibilidad de buscar un sitio apropiado, en referencia al alquiler de habitaciones de casas particulares.

Desde que se implementaron las licencias de cuentapropistas, una de ellas comprende negocios de este tipo. Sobre las puertas de algunas viviendas aparece el símbolo en forma triangular, señal de que ese domicilio renta alguno de sus aposentos. Pero el color verde, el que más abunda en estos anuncios, indica que allí sólo hay sitio para extranjeros. Los carteles de otro color, señal de pago en moneda nacional, no son muy abundantes, lo cual es comprensible pues quien prefiere a sus compatriotas como clientes, no puede acoger a turistas foráneos. La mayoría arrienda para el día completo, aunque algunos deciden que es más ganancioso hacerlo por horas, asumiendo de esta manera las funciones de los casi desaparecidos albergues. Pero en estos casos el precio siempre resulta alto para personas de pocos recursos económicos.

Mientras tanto, quienes son sorprendidos en prácticas amatorias a las sombras del acceso de algún edificio y reciben la crítica endurecida del que los ha pillado en plena acción lesiva del orden y la moral pública, lanzan a su vez una interrogante que permanece abierta en espera de respuesta: ¿Qué sitios han quedado en la ciudad para que el encuentro de los amantes?


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