|
SOCIEDAD
Hoteles con h minúscula
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) -
A nuestro paso por la calle de San Miguel, en
pleno centro de La Habana, la vista de un edificio
hizo que mi acompañante retrocediera doce
años en el tiempo y en los recuerdos. Entonces
él y su esposa estaban en su quinto aniversario
de casados y para celebrar el acontecimiento no
había muchas opciones que escoger. Todavía
la dolarización estaba por llegar en aquel
difícil verano que la crisis de los noventa,
desatada en toda su plenitud, hacía mucho
más insoportable. Pero una idea surgida
en pleno paseo tenía posibilidades de ser
realizada sin muchos trámites. Los cónyuges
decidieron de mutuo acuerdo pasar parte del día
en la intimidad de una habitación, en uno
de los denominados albergues INIT que existían
en nuestra ciudad.
Desde que se unió en matrimonio, mi amigo
compartía la casa de ella junto con varios
miembros de la prole familiar. Para salir de la
rutina y pasar un rato en soledad nada mejor que
irse a un hotel de bajo costo, que abundaban en
varias zonas de La Habana y a los que, superando
reticencias y vergüenzas, acudían
muchas parejas ocasionales.
Algo despistados y en el calor del aniversario
amoroso, entraron al Rex, el nombre del edificio
causante del recuerdo, que era uno de esos populares
centros designados por los cubanos con el nombre
de posadas. Entraron llenos del candor de dos
novios por descubrirse, sin advertir que algo
anormal ocurría en el ambiente.
Cuando llegaron a ver a varios niños,
correteando en lo que hasta la noche antes había
sido la recepción del local, ya era tarde
para ellos. La noche antes el derrumbe de un inmueble
cercano había cambiado completamente el
destino de lo que hasta ese momento fuera un lugar
reservado para los amantes, convirtiéndolo
a partir de entonces en una casa de vecindad.
Acompañada de las risas de decenas de
personas, la pareja salió como llevada
por el viento y aún después de varios
años siguen recordando la escena, claro
que ahora con menos bochorno en el rostro a la
hora de narrar el hecho.
Pero el hotel Rex no sería el único
que sufriría esta transformación
de sus funciones. La situación se fue repitiendo
en casi todos estos sitios habaneros, hasta que
prácticamente no quedó ninguno en
disposición de ofrecer habitaciones para
una noche eventual, o apenas por unas horas, a
miles de parejas cubanas. El Venus, el Morro,
los de la calle Rayo, entre otros, sucumbieron
a medida que incendios y desplomes dejaban a centenares
de personas en la calle. El último en ser
absorbido por estas emergencias fue el que estaba
a un costado de la terminal de trenes. Otros,
como el de la calle Barcelona y Amistad, corrieron
peor suerte al terminar en ruinas.
Ahora quedan contados espacios en la capital
que se dediquen a estos menesteres. Uno de ellos
está situado fuera de la zona urbana, donde
sólo se puede acceder en auto, mientras
que el segundo se encuentra a la entrada del reparto
Mañana en el municipio de Guanabacoa.
El motel Las Casitas, nombre que exhibe el lumínico
instalado afuera de este último sitio,
ofrece en su exterior una buena impresión
a la vista, constituyendo una rareza local. Sin
muchos rodeos, un empleado me aclaró que
aquello funcionaba igual que las antiguas posadas
y que junto al que se mantiene en la Monumental,
es una de las pocas de su tipo que se encuentran
funcionando en el presente.
En nuestras condiciones de vida, estas instalaciones,
más que un lujo para la complacencia mundana,
constituyen una necesidad. Por una parte, los
ciudadanos cubanos no pueden hospedarse en los
hoteles normales, y si esta situación cambiara,
las tarifas que se cobran por el alquiler de estos
resultan prohibitivas para cualquier persona común
que prefiera pasar un solo día disfrutando
del confort de las mismas.
En épocas anteriores los hoteles estaban
más al alcance de la gente, pero además
de ello se contaba con la disponibilidad de estos
albergues o moteles, al precio de cinco pesos
la hora, más acorde con el bolsillo de
muchos. Ciertamente en ellos ocurrían cosas
que rayaban en la ordinariez, el mal gusto o la
vulgaridad, como eran las colas que se hacían
para acceder a los cuartos, que se hacían
en un salón de espera, donde el encanto
de la privacidad quedaba roto y existía
muy poco espacio para el pudor. El uso de las
botellas de agua mineral por falta de agua corriente
en las pilas, la poca higiene del local, la venta
de bocaditos y cerveza, a iniciativa de los mismos
empleados en procura de ganarse un extra, - y
que los inquilinos agradecían porque la
empresa estatal a cargo de estos centros no ofertaba
ningún comestible o bebidas- daban lugar
a miles de anécdotas, historias donde lo
dramático daba paso a lo risible, y que
brindaron amplio material a los humoristas, escritores
y cuentistas anónimos. Ciertamente no eran
el paraíso terrenal pero con su desaparición
empeoró algo en nuestro ambiente.
Las condiciones de vida de una población
que vive en su mayoría en un estado de
hacinamiento, y la falta de lugares donde tener
al menos un rato de privacidad, han repercutido
en detrimento de la sociedad. No son pocos los
edificios donde los vecinos se han puesto de acuerdo
para cerrar con llave sus puertas principales
en horas de la noche y también durante
el día. Entre las causas de esta preocupación,
además de los robos, los vagabundos que
buscan pasar la noche a cubierto de la intemperie
y los que hacen sus necesidades en la primera
escalera que encuentran abierta, están
las parejas, sobre todo de jóvenes, que
se cobijan en el interior de los inmuebles para
tener relaciones sexuales.
Esto último ocurre igualmente en lugares
más abiertos, como parques y hasta en las
esquinas más oscuras de la ciudad, en horas
avanzadas de la madrugada. Quizás el muro
del Malecón sea uno de los que puede testimoniar
mayor cantidad de estas situaciones.
Los pobladores protestan con razón. No
es menos cierto que antes no se observaba con
tanta frecuencia estas incidencias. Algunos argumentan
que éste es el resultado de la problemática
situación con la vivienda, lo que se agrava
con la imposibilidad de tener acceso a otras opciones,
pero que siempre queda la posibilidad de buscar
un sitio apropiado, en referencia al alquiler
de habitaciones de casas particulares.
Desde que se implementaron las licencias de cuentapropistas,
una de ellas comprende negocios de este tipo.
Sobre las puertas de algunas viviendas aparece
el símbolo en forma triangular, señal
de que ese domicilio renta alguno de sus aposentos.
Pero el color verde, el que más abunda
en estos anuncios, indica que allí sólo
hay sitio para extranjeros. Los carteles de otro
color, señal de pago en moneda nacional,
no son muy abundantes, lo cual es comprensible
pues quien prefiere a sus compatriotas como clientes,
no puede acoger a turistas foráneos. La
mayoría arrienda para el día completo,
aunque algunos deciden que es más ganancioso
hacerlo por horas, asumiendo de esta manera las
funciones de los casi desaparecidos albergues.
Pero en estos casos el precio siempre resulta
alto para personas de pocos recursos económicos.
Mientras tanto, quienes son sorprendidos en prácticas
amatorias a las sombras del acceso de algún
edificio y reciben la crítica endurecida
del que los ha pillado en plena acción
lesiva del orden y la moral pública, lanzan
a su vez una interrogante que permanece abierta
en espera de respuesta: ¿Qué sitios
han quedado en la ciudad para que el encuentro
de los amantes?
|