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ECONOMIA
El ocaso de una agroindustria (II y final)
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Nuevas
informaciones confirman el desastre existente
en la zafra azucarera recién finalizada.
A la noticia del monto de la producción
lograda de 1,3 millón de toneladas de azúcar,
por debajo del nivel alcanzado en 1907, se agrega
que el rendimiento agrícola de la caña
fue inferior a las 30 toneladas por hectárea
cosechada, y un rendimiento industrial de 10,70,
según estimados de un conocido especialista
cubano, aunque la cifra real podría ser
peor.
Para brindar una idea del significado del rendimiento
agrícola por debajo de las 30 toneladas,
debe señalarse que el promedio mundial
rebasa las 63 toneladas, de acuerdo con la FAO.
Este promedio es superado ampliamente por los
principales países cultivadores de la caña
de azúcar. Por tanto, puede concluirse
que en esta contienda el rendimiento agrícola
resultó, en el mejor de los casos, un 53
por ciento inferior a la media mundial.
En cuanto al rendimiento industrial (RI) de la
caña, sólo cabe señalar que
el promedio de los diez años anteriores
a 1959 fue de 12,83, con años que superaron
el 13,0 (13,20 en 1950 y 1955), con lo cual el
RI de esta zafra (10,70) representa un magro 83,4
por ciento de lo obtenido en la época prerrevolucionaria.
En esta ocasión estaba previsto que molieran
56 centrales de los 71 dejados en funcionamiento
luego de la reestructuración llevada a
cabo en 2002, cuando se desmantelaron 64 centrales
y se dedicaron 21 a producir mieles o para actividades
turísticas.
Ahora se conoció que se desmantelarán
otros centrales, de acuerdo con declaraciones
recientes de funcionarios cubanos, recogidas por
la agencia de noticias Reuters.
Resultan sorprendentes estos altos niveles de
ineficiencia. Se esperaba que con el cierre de
tantos ingenios y la demolición de extensas
áreas cañeras, la producción
azucarera se reduciría. Pero no se podía
imaginar que se regresaría a las producciones
de principios del siglo XX, cuando la población
total de Cuba era inferior a la existente hoy
en la ciudad de La Habana.
Asimismo, se estimaba que al cerrarse en 2002
los centrales menos productivos y demolerse las
áreas cañeras con suelos menos fértiles,
podrían concentrarse los recursos materiales,
financieros y humanos en los medios de producción
con mejores condiciones, lo cual se suponía
que redundaría en una mayor eficiencia.
Sin embargo, ahora no se aprecia que se haya detenido
el proceso de deterioro de la agroindustria, sino
por el contrario se ha acelerado.
Por otra parte, el criterio de que la agroindustria
está condenada al fracaso por razones intrínsecas
a su naturaleza se contradice con la realidad
internacional.
Ciertamente, con el auge de los edulcorantes
y el jarabe endulzante proveniente del maíz,
entre otros sucedáneos, el azúcar
como mercancía ha perdido parte de su atractivo
de decenios anteriores. No obstante, muchos países
readaptaron la industria a las nuevas condiciones
del mercado, y acometieron la producción
de novedosos productos derivados de la caña
de azúcar: gasoalcohol, alimentos para
el ganado, alcoholes especiales, ceras, medicamentos,
energía eléctrica, materiales de
construcción, y un largo etcétera.
Esa política no se siguió en Cuba
con igual fuerza, a pesar de las continuadas alertas
de científicos y técnicos nacionales
y extranjeros. La sabia actitud de países
como Brasil y Tailandia, entre otros, que favorecieron
el desarrollo de una industria versátil
y adaptable a los cambios del mercado, les permitió
incluso continuar aumentando la producción
azucarera.
El industrializado Brasil, que en los años
1971/75 tuvo una producción promedio de
6,3 millones de toneladas de azúcar, en
la zafra terminada en 2003 sobrepasó los
22 millones de toneladas. En 2004 exportó
15,8 millones de toneladas, y se estima que en
2005 sus ventas al exterior lleguen a 18,5 millones
de toneladas, incluyendo cargamentos destinados
a Cuba.
En cuanto a Tailandia, la historia es todavía
más sorprendente. En 1961/65 la producción
promedio fue de 183 mil toneladas de azúcar;
pero ya en 1981/85 ascendió a 2,4 millones.
En 2004 sus exportaciones alcanzaron 5,1 millones
de toneladas, y se espera que en 2005 lleguen
a 5,3 millones, con las subsiguientes ganancias
para las balanzas comercial y de pagos de ese
país, como consecuencia del alza de los
precios del azúcar en los mercados mundiales.
Por último, debe destacarse la característica
de la agroindustria de autoabastecerse de combustible
con la utilización de la paja de caña,
bagazo y otros subproductos, e incluso la generación
de energía eléctrica barata como
excedente comercializable para las redes nacionales.
Una cualidad de excelencia en momentos como los
actuales, cuando los precios del petróleo
alcanzan niveles estratosféricos.
Con el fin de la agroindustria azucarera cubana
la nación no sólo pierde riquezas.
Desafortunadamente, con ella también desaparecen
tradiciones y cultura. Muere una producción
que influyó hasta en el habla de los criollos,
como señalara el historiador Manuel Moreno
Frajinals en su monumental obra El Ingenio.
Es una historia triste. No la única. Igual
camino sigue la ganadería vacuna, otro
de los grandes baluartes económicos del
país en el pasado. Dejaremos este análisis
para otra ocasión, si el destino me lo
permite.
Fuentes
- El Ingenio, Complejo Económico-Social
Cubano del Azúcar. Manuel Moreno Frajinals.
Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1978,
- Cuba y la Economía Azucarera Mundial.
Lic. Marcelo Fernández Font. Editorial
Pueblo y Educación, 1988.
- Redimensionamiento y Diversificación
de la Industria Azucarera. Armando Noda. 2004.
- Redimensionamiento de la Agroindustria Azucarera
Cubana, Historia y Actualidad. Armando Noda, 2002.
- Crónicas de un Desastre. Apuntes sobre
Economía Cuba a 1998-2002. Lic. Oscar Espinosa
Chepe. Editorial Hispano-Cubana, Madrid, 2004.
- Agencia Reuters, Mark Frank.
El
ocaso de una agroindustria (I)
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