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POLITICA
El terrorismo de Estado. Una piedra en el zapato
izquierdo
Adrián Leiva
LA HABANA, Cuba Junio (www.cubanet.org) - La
Humanidad ha tenido que enfrentar en su avance
no pocas dificultades, y como ocurre al paso del
caminante entorpecido por incómodas piedrecitas
que se introducen en el calzado durante su marcha,
también los pueblos han sufrido a causa
de miles de obstáculos en su andar por
la historia.
Guerras, grandes tiranías de imperios
y dictaduras, han sido males que se han erigido
en ese camino y que han tenido como cómplice
inseparable al terror que desata la violencia.
Una de las formas adoptadas por este terrible
colaborador es el terrorismo, una de las piedras
mayores -flagelo de muerte y destrucción-
que ha incidido sobre el hombre en cualquier época,
pero sobre todo en el período final del
pasado milenio y en el comienzo del que recién
comenzó.
El florecimiento de lo que hoy conocemos como
terrorismo tiene en su base todo tipo de justificantes,
fundamentalmente aquéllas de carácter
ideológico. Gobernantes y grupos de poder
han utilizado esta poderosa arma, de manera encubierta
o no, para lograr sus objetivos. Pero a su vez
los perjudicados por esos gobiernos de fuerza
acuden al uso de los métodos de terror,
sea de manera individual u organizaciones conformadas
para estos fines, en lo que se denomina lucha
clandestina. El terrorismo en cualquiera de sus
modalidades tiene dos aspectos bien definidos.
Por una parte, sin importar la motivación
que lleva a su realización, están
los que planifican y ejecutan el acto terrorista,
y por la otra parte están las víctimas,
que en su gran mayoría son personas inocentes
que sufren las inhumanas consecuencias de estos
hechos.
La primera gran conflagración mundial
tuvo como antecedente un acto terrorista, cuando
el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo
fue ultimado a balazos por un nacionalista servio.
El preámbulo de la ascensión del
fascismo en Alemania fue el incendio del Reichstag,
un hecho de terror achacado a los comunistas y
que justificó la toma totalitaria del poder
por Hitler, quedando listo el escenario para una
guerra de proporciones mayores que la de 1914.
Ambas formas de terrorismo, el anarquista o revolucionario
y el de Estado, han sido como piedras en los pies
de la humanidad. En el terrorismo de Estado, son
muchos los gobiernos que tienen tejado de vidrio
en ese tema. Uno de los que presenta mayor fragilidad
en su techumbre es la desparecida Unión
de Repúblicas Soviéticas, que para
millones de personas en el mundo fue un idílico
ejemplo de paz. Sin embargo, la URSS tiene un
largo historial de operaciones de este tipo, que
incluye desde el asesinato de líderes y
figuras políticas internacionales hasta
el secuestro y desaparición de sus propios
ciudadanos.
Los antecedentes terroristas del comunismo soviético
se encuentran tempranamente en la fundación
de la CHEKA, dirigida por Dzierzhinski, quien
a su vez seguía órdenes de Lenin
y el resto de los líderes del Partido Bolchevique.
En su proyecto estaba concebida la creación
de los laboratorios de toxicología para
la fabricación de sustancias venenosas
con la finalidad de ejecutar asesinatos políticos
encubiertos, de los que José Stalin obtuvo
gran usufructo. Este funesto departamento, bajo
el nombre secreto de Laboratorio X, y dirigido
por el científico Grigori Maironovski,
se encontraba ubicado en el segundo bloque de
la cárcel secreta de la Lubyanka, sede
de la KGB y sus estructuras antecesoras.
De estos servicios tenebrosos se sirvieron desde
el propio Lenin hasta Yuri Andropov, pasando por
Jrushov y Brezniev. Durante los años 1960
y 1970 pasó a llamarse laboratorio ultra
secreto de toxicología No 12 y del mismo
salió el veneno para asesinar al disidente
Gueorgui Markov, quien trabajaba exiliado en Londres
para la sección búlgara de la emisora
BBC y otros medios de prensa, donde escribía
artículos sobre el secretariado del partido
comunista de Bulgaria y su presidente Todor Zhikov.
En esa época el jefe de la KGB era Yuri
Andropov, quien trabajaba bajo las órdenes
directas de Leonid Brezniev. Personalmente entregó
el veneno a los agentes búlgaros, quienes
con una aguja hipodérmica "pincharon"
en un muslo a Markov mientras éste caminaba
sobre el puente de Londres en 1978.
En la época de Stalin uno de los casos
más conocidos de asesinato político
fue el de Leon Trostki, a manos del español
republicano Raúl Mercader, dirigido por
el agente soviético Eitingon y Pavel Sudoplatov,
Teniente General de la entonces NKDV bajo órdenes
de Lavrentis Beria. La orden tenía como
objetivo eliminar al último rival del dictador
ruso, y el visto bueno fue dado personalmente
por él. Como clásico ejemplo de
secuestro y desaparición de una personalidad
quedó el del diplomático sueco Raoul
Wallenberg, detenido por el contraespionaje soviético
durante 1945 en Budapest y ejecutado secretamente
en 1947 en las cárceles de la Lubyanka,
luego de ser torturado por no aceptar trabajar
para la KGB.
Por orden de Stalin también fue envenenado
el popular actor de teatro yidish Salomón
Mijoels junto a su secretario. La ejecución,
llevada a cabo por el coronel Lebedev en enero
de 1948 y simulada como un accidente de tránsito,
tuvo como finalidad neutralizar al famoso actor
ruso judío, quien había adquirido
notoriedad internacional cuando Stalin planificaba
para su conveniencia la creación de una
república socialista judía en Crimea,
con el fin de atraer a 10 mil millones de dólares
del capital hebreo para la reconstrucción
de la URSS.
Los crímenes del terror implantado por
el estado comunista soviético no sólo
comprenden los asesinatos por envenenamiento dirigidos
contra individuos. Los bosques de Katin presenciaron
la masacre cometida contra más de veinte
mil soldados y funcionarios polacos no afines
con el sistema soviético, luego de la ocupación
alemana de Polonia en 1939, cuando, en virtud
del tratado Ribentrov-Molotov, Stalin y Hitler
se dividieron el territorio polaco.
En cuanto a los actos de magnicidio planificados
desde las oficinas del Kremlin, muchos son los
datos que dan fe de ello y que han salido a la
palestra pública después del derrumbe
del cortinaje de hierro.
Uno de los más interesantes es el plan
para eliminar al Mariscal Tito, instruido por
el propio Stalin en febrero de 1953. En los manuscritos
del vice ministro de Seguridad del Estado soviético
Pitovranov, siendo ministro de este organismo
Abakumov, le fue enviado a Stalin el documento,
cuya parte inicial expresa que "el ministro
de Seguridad de Estado pide permiso para elaborar
y organizar un acto terrorista contra Tito que
sería llevado a término por el agente
ilegal Max." El agente Max, cuyo nombre real
era Iosif Grigulievich, miembro del PCUS, simultaneaba
entonces el cargo de embajador de Costa Rica en
Italia y Yugoslavia, bajo una nacionalidad falsa.
Para llevar a efecto este plan se analizaron
cuatro variantes que incluían que Max pidiera
una audiencia especial con Tito, donde le rociaría
una bacteria pulmonar que garantizaría
la muerte instantánea del líder
yugoslavo, así como la de sus acompañantes.
Previamente, el agente sería vacunado con
un antídoto, o al menos así se lo
hicieron creer.
Otras variantes estudiadas fueron el disparo
con un arma provista de silenciador durante una
visita que efectuaría Tito a Inglaterra
o en ocasión de una recepción a
la que asistiría en Bulgaria. La más
sofisticada consistía en el regalo de un
estuche conteniendo unas joyas, que al ser abierto
dejaría escapar un gas letal. Todos estos
proyectos, dignos de un serial del agente 007,
quedaron cancelados con la muerte del dictador
soviético.
Otros asesinatos conocidos fueron los planificados
a solicitud de Nikita Jrushov, cuando era primer
secretario del Partido Comunista de Ucrania, contra
el arzobispo Romzha, de la Iglesia Uniata en Ucrania
Occidental y el nacionalista Abraham Shumski.
Ambos crímenes fueron camuflados bajo la
apariencia de muerte natural. A estas maquinaciones
criminales no escapó ni el propio Juan
Pablo II cuando fue víctima del atentado
contra su vida ejecutado por el turco Ali Aca,
donde según informaciones publicadas posteriormente,
estaban inmiscuidos los servicios secretos de
Bulgaria bajo la égida de la KGB soviética.
La historia del terrorismo de Estado desarrollado
por la URSS a lo largo de 73 años, que
incluyó el famoso gulag y las purgas estalinistas,
son una muestra de cuánto puede hacer un
poder político para afianzarse en el poder
mientras demuestra por otra parte un rostro aparente
de justicia social a nombre del proletariado internacional.
La costumbre de envenenar a sus oponentes parece
que no ha desaparecido completamente con la extinción
del bloque soviético. Recientemente el
actual presidente de Ucrania, fue víctima
de un acto atentatorio que le causó la
desfiguración del rostro y que según
versiones le fue suministrado en una infusión
ingerida durante una estancia en la residencia
del Jefe de la Inteligencia Rusa en Kiev. Al parecer
sus posiciones no muy pro rusas fueron las que
determinaron el hecho.
Lo cierto es que la URSS no es ni mucho menos
el único Estado que ha producido sustancias
venenosas con estos fines, ni ha asesinado a personas
bajo una u otra razón política.
Documentos desclasificados en los Estados Unidos
demuestran la existencia de planes organizados
por la CIA para eliminar a varios dirigentes sociales
y políticos dentro del propio país
y fuera de sus fronteras. El peligro de la amenaza
roja proveniente de Moscú y la Guerra Fría
eran en este caso los motivos que justificaban
tales planes.
Las dictaduras militares en América Latina
aplicaron sin excepciones los asesinatos de miles
de ciudadanos de sus respectivos países
durante la lucha por contrarrestar la acción
guerrillera en esa parte del continente americano,
sobre todo entre los años 1960 y 1975.
La influencia de Cuba, acusada de exportar y financiar
estos movimientos guerrilleros, era la excusa
utilizada para desaparecer personas en el mar
y en tumbas colectivas secretas. El asesinato
de Letelier con una bomba en su auto en pleno
Washington es un hecho que todavía conmueve
a la comunidad internacional por la falta de comedimiento
demostrada por los presuntos autores: el servicio
de inteligencia chileno conocido por las siglas
DINA.
Las guerras de tipo nacionalista emplean el terrorismo
como uno de sus armamentos más eficaces.
Un ejemplo de ello es lo que ocurre en el enfrentamiento
entre el Estado de Israel y los palestinos. Primero
los judíos crearon un efectivo comando
que sembró el terror en la zona administrada
por los ingleses y después los grupos de
la nacionalidad árabe utilizaron igual
metodología para aplicarla en la extensa
confrontación mantenida durante décadas
con los israelíes. El asesinato del equipo
de boxeo del estado hebreo que participaba en
las Olimpiadas de Munich quedó como uno
de los más negros baldones de estas acciones,
mientras que las masacres en los campamentos de
Sabra y Shatila en el Líbano ensombrecieron
a su contraparte. Pero esto tiene más relación
con la piedra clavada en el pie derecho.
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