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SOCIEDAD
Cuando Mireya oye a Elvis
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) -
Mireya encendió la grabadora, prendió
un cigarrillo y se miró al espejo. Se repitió
que aún no es vieja. Que se conserva a
sus 61 años. La delgadez y el tinte la
favorecen.
Hoy volvió a escuchar a Elvis. Con la voz
sensual que siempre la erizó. Y recordó
a Tony. Sintió su mano entre los muslos.
El sabor a cigarrillos americanos de sus besos
en el cine Tosca. El susto de llegar tarde a casa
luego de la última tanda. Se sorprendió
cantando, en su pésimo inglés oxidado
de olvidos, las primeras estrofas de Love Me Tender.
Cuando Mireya oye a Elvis siente ganas de llorar
por todo lo que no pudo ser. Se avergüenza
de sus recuerdos, como si la cogieran robando.
Sin embargo, son recuerdos muy dulces, como soñados.
De aquel tiempo feliz, cuando era joven, bonita,
y soñaba. Iba a misa los domingos. Era
la mejor nadadora del club. Ganaba competencias
y todos querían bailar con ella.
Se iba a casar con Tony cuando cumpliera 17. El
había pedido su mano. Sus amigas la envidiaban.
Su novio tenía una Harley Davison y caminaba
y fumaba como James Dean.
Los 15 de Mireya no se celebraron porque se perdió
Camilo. Por esos días recogía dinero
para tanques y aviones. Tampoco celebró
los 17. Ni se casó. Estaba alfabetizando.
Tony se fue para Miami. Llevaban meses disgustados.
Trató de convencerla de que volvería
en unos meses y todo sería como antes.
Mireya sintió que se moría. Lo llamó
traidor, siquitrillado y gusano. Gritó
que si volvía lo estaría esperando
en una trinchera, con el fusil en la mano. Lloró
sin consuelo. Era el hombre de su vida. Se llevó
su virginidad y sus sueños.
Para borrarlo de su mente se alistó en
las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Acuartelada
en Managua -había peligro de invasión-
conoció a Leonardo. Era primer capitán
y venía de Niquero, provincia de Oriente.
Le gustaba su hablar cantarín y sus modales
montunos.
Era distinto a todos los que había conocido.
Lo que más le excitaba eran sus cicatrices
de la Sierra Maestra sobre su cuerpo cobrizo.
Olía a manigua, ron y a perfume barato
de mujer.
La primera vez hicieron el amor en su jeep. Se
casaron de uniforme. El ministro les asignó
una casa en Nuevo Vedado. Para entonces, ya casi
todas sus amigas se habían ido. No iba
a la iglesia, no oía a Elvis y no tenía
tiempo para nadar. El club ya no existía.
Su padre y su hermano eran milicianos, y en el
cine Tosca proyectaban películas rusas
de guerra.
Dicen que recordar es volver a vivir. Para Mireya,
sola, aburrida, temerosa del futuro, más
bien es volver a morir. Para ella los recuerdos,
los buenos, son como si fueran ajenos. Por ello
corta el hilo de la memoria.
Esta noche está atareada. Espera terminar
las 109 páginas de su tesis para la Facultad
del Adulto Mayor. Es un programa para jubilados,
patrocinado por la Batalla de Ideas. Incluye acupuntura,
primeros auxilios, medicina tradicional, psicología
y terapia ocupacional.
Hace muchos años pasó la escuela
de cuadros del Partido Comunista. También
se había matriculó en un curso de
fiscal militar, en otro de historia y de corresponsal.
No los terminó. Ahora va en serio. Es una
forma de vencer su fobia a la vejez. Es como coger
al toro por los cuernos. Buscarle posibilidades
a la edad. Ser útil. Tener algo que la
ocupe, que le impida pensar.
Su vida ha sido una sucesión de intentos
por salir de baches cada vez más hondos.
Leonardo le sacó a Tony del corazón.
Las tareas revolucionarias la ayudaron a soportar
las infidelidades continuas del marido. El nacimiento
del niño compensó el primer divorcio.
Su segundo marido, también militar, la
hizo creer que era feliz. Volvió de Angola
pidiéndole el divorcio para casarse con
una enfermera rubia de peróxido y cara
de puta de cataclismo. Compartió las penas
del segundo divorcio con los primeros embates
del período especial.
Sólo tenía a su hijo y su fe en
la revolución, que ya no era tanta como
antaño. El muchacho era mujeriego y borracho
como su padre. Cuando se perdía de la casa
ella lo suponía en brazos de alguna muchacha.
Una noche la llamó desde Miami para decirle
que había llegado bien. Lo recogieron en
alta mar. La comunicación se cayó
a los dos minutos.
Creyó enloquecer de dolor y vergüenza.
Fue a parar al psiquiatra. Se desmovilizó
por peritaje médico con una pensión
insuficiente.
Entonces empezó a limpiar en una paladar.
Eso la deprimió aún más.
A regañadientes aceptó que su hijo
le enviara dólares un par de veces al año.
Ha rechazado la invitación de visitarlo
para conocer al nieto. Dice que en Miami no se
le perdió nada. Sólo un hijo. "Los
principios son lo primero", dice y se muerde
los labios.
La soledad la aplasta. Fueron en vano sus intentos
de hallar una familia entre sus compañeros
retirados del núcleo del Partido. Los vecinos
del edificio son amables y serviciales, pero la
esquivan cuando va en plan de cederista. La acogen
mejor cuando, durante los apagones, habla de OVNIS,
fenómenos paranormales y energía
piramidal.
No piensa en el sexo. No busca marido. Sospecha
que los hombres se le acercan sólo por
el apartamento y porque recibe dólares.
No quiere cambiar sus rutinas, manías y
resabios. Menos aún soportar los de un
viejo.
A veces siente deseos de rezar, como en los viejos
tiempos. No logra concentrarse. Olvidó
las oraciones. Ahora que el Partido permite creer,
no se atreve a volver a la iglesia. No sabría
qué pedir a Dios.
Esta noche terminará la tesis. Apagó
la grabadora. Mañana regalará a
una amiga el cassette de Elvis que compró
a un merolico. Sola, vieja y jodida de los nervios,
no es bueno recordar. No ayuda a pensar que todo
pudo ser distinto. La vida es como es, no como
quisiéramos que hubiera sido. Al menos
tiene el consuelo de seguir sirviendo a la revolución.
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