PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 8, 2005
 

SOCIEDAD
Cuando Mireya oye a Elvis

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Mireya encendió la grabadora, prendió un cigarrillo y se miró al espejo. Se repitió que aún no es vieja. Que se conserva a sus 61 años. La delgadez y el tinte la favorecen.

Hoy volvió a escuchar a Elvis. Con la voz sensual que siempre la erizó. Y recordó a Tony. Sintió su mano entre los muslos. El sabor a cigarrillos americanos de sus besos en el cine Tosca. El susto de llegar tarde a casa luego de la última tanda. Se sorprendió cantando, en su pésimo inglés oxidado de olvidos, las primeras estrofas de Love Me Tender.

Cuando Mireya oye a Elvis siente ganas de llorar por todo lo que no pudo ser. Se avergüenza de sus recuerdos, como si la cogieran robando. Sin embargo, son recuerdos muy dulces, como soñados. De aquel tiempo feliz, cuando era joven, bonita, y soñaba. Iba a misa los domingos. Era la mejor nadadora del club. Ganaba competencias y todos querían bailar con ella.

Se iba a casar con Tony cuando cumpliera 17. El había pedido su mano. Sus amigas la envidiaban. Su novio tenía una Harley Davison y caminaba y fumaba como James Dean.

Los 15 de Mireya no se celebraron porque se perdió Camilo. Por esos días recogía dinero para tanques y aviones. Tampoco celebró los 17. Ni se casó. Estaba alfabetizando.

Tony se fue para Miami. Llevaban meses disgustados. Trató de convencerla de que volvería en unos meses y todo sería como antes. Mireya sintió que se moría. Lo llamó traidor, siquitrillado y gusano. Gritó que si volvía lo estaría esperando en una trinchera, con el fusil en la mano. Lloró sin consuelo. Era el hombre de su vida. Se llevó su virginidad y sus sueños.

Para borrarlo de su mente se alistó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Acuartelada en Managua -había peligro de invasión- conoció a Leonardo. Era primer capitán y venía de Niquero, provincia de Oriente. Le gustaba su hablar cantarín y sus modales montunos.

Era distinto a todos los que había conocido. Lo que más le excitaba eran sus cicatrices de la Sierra Maestra sobre su cuerpo cobrizo. Olía a manigua, ron y a perfume barato de mujer.

La primera vez hicieron el amor en su jeep. Se casaron de uniforme. El ministro les asignó una casa en Nuevo Vedado. Para entonces, ya casi todas sus amigas se habían ido. No iba a la iglesia, no oía a Elvis y no tenía tiempo para nadar. El club ya no existía. Su padre y su hermano eran milicianos, y en el cine Tosca proyectaban películas rusas de guerra.

Dicen que recordar es volver a vivir. Para Mireya, sola, aburrida, temerosa del futuro, más bien es volver a morir. Para ella los recuerdos, los buenos, son como si fueran ajenos. Por ello corta el hilo de la memoria.

Esta noche está atareada. Espera terminar las 109 páginas de su tesis para la Facultad del Adulto Mayor. Es un programa para jubilados, patrocinado por la Batalla de Ideas. Incluye acupuntura, primeros auxilios, medicina tradicional, psicología y terapia ocupacional.

Hace muchos años pasó la escuela de cuadros del Partido Comunista. También se había matriculó en un curso de fiscal militar, en otro de historia y de corresponsal. No los terminó. Ahora va en serio. Es una forma de vencer su fobia a la vejez. Es como coger al toro por los cuernos. Buscarle posibilidades a la edad. Ser útil. Tener algo que la ocupe, que le impida pensar.

Su vida ha sido una sucesión de intentos por salir de baches cada vez más hondos. Leonardo le sacó a Tony del corazón. Las tareas revolucionarias la ayudaron a soportar las infidelidades continuas del marido. El nacimiento del niño compensó el primer divorcio. Su segundo marido, también militar, la hizo creer que era feliz. Volvió de Angola pidiéndole el divorcio para casarse con una enfermera rubia de peróxido y cara de puta de cataclismo. Compartió las penas del segundo divorcio con los primeros embates del período especial.

Sólo tenía a su hijo y su fe en la revolución, que ya no era tanta como antaño. El muchacho era mujeriego y borracho como su padre. Cuando se perdía de la casa ella lo suponía en brazos de alguna muchacha. Una noche la llamó desde Miami para decirle que había llegado bien. Lo recogieron en alta mar. La comunicación se cayó a los dos minutos.

Creyó enloquecer de dolor y vergüenza. Fue a parar al psiquiatra. Se desmovilizó por peritaje médico con una pensión insuficiente.

Entonces empezó a limpiar en una paladar. Eso la deprimió aún más. A regañadientes aceptó que su hijo le enviara dólares un par de veces al año. Ha rechazado la invitación de visitarlo para conocer al nieto. Dice que en Miami no se le perdió nada. Sólo un hijo. "Los principios son lo primero", dice y se muerde los labios.

La soledad la aplasta. Fueron en vano sus intentos de hallar una familia entre sus compañeros retirados del núcleo del Partido. Los vecinos del edificio son amables y serviciales, pero la esquivan cuando va en plan de cederista. La acogen mejor cuando, durante los apagones, habla de OVNIS, fenómenos paranormales y energía piramidal.

No piensa en el sexo. No busca marido. Sospecha que los hombres se le acercan sólo por el apartamento y porque recibe dólares. No quiere cambiar sus rutinas, manías y resabios. Menos aún soportar los de un viejo.

A veces siente deseos de rezar, como en los viejos tiempos. No logra concentrarse. Olvidó las oraciones. Ahora que el Partido permite creer, no se atreve a volver a la iglesia. No sabría qué pedir a Dios.

Esta noche terminará la tesis. Apagó la grabadora. Mañana regalará a una amiga el cassette de Elvis que compró a un merolico. Sola, vieja y jodida de los nervios, no es bueno recordar. No ayuda a pensar que todo pudo ser distinto. La vida es como es, no como quisiéramos que hubiera sido. Al menos tiene el consuelo de seguir sirviendo a la revolución.


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