|
HISTORIA
La misteriosa casa de Miramar
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) -
Conocí a la chilena Paulina Politoff en
1965, cuando trabajaba como bailarina y profesora
de danza moderna en Santiago de Cuba. Escribí
un reportaje sobre el grupo de baile que recién
había organizado, y años después,
al trasladarse a La Habana, iniciamos una buena
amistad. Poco tiempo después regresó
a Chile.
En diciembre de 1980 Paulina regresó a
La Habana con sus dos hijas y su esposo uruguayo.
Fui a visitarla una tarde a la casa donde se hospedaba,
una bella residencia en el reparto Miramar.
Los recuerdos están frescos en mi memoria,
aunque han transcurrido 25 años. ¡Cuánto
misterio había en aquella casa donde vivía
mi amiga con su familia! Las indicaciones que
me dio fueron tantas que llegué a sentir
temor. No podíamos hablar en voz alta,
ni utilizar el baño y la cocina. Mis hijas
-de seis y once años- tenían que
permanecer en la habitación que servía
de dormitorio. No debíamos asomarnos a
la ventana. Al salir, no mirar hacia el interior
de las habitaciones en caso de que alguna estuviera
abierta. No saludar a cualquiera que transitara
por los pasillos, ni decir a nadie que habíamos
estado allí. Mis hijas, asustadas, no se
movían de la cama donde estábamos
sentadas. Recuerdo que hasta llegué a pensar
que mi amiga andaba en algo clandestino, prohibido,
ilegal. Pero, ¿qué podría
ser?
A los pocos días, en mi casa, todo se aclaró.
La residencia de Miramar tenía como misión
hospedar a latinoamericanos que se preparaban
para organizar insurrecciones en sus respectivos
países. En Cuba pasaban cursos de entrenamiento
militar, explosivos, técnica de atentados
y secuestros, fabricación de bombas y guerra
de guerrillas. En aquellos momentos la mayoría
de los "huéspedes" eran salvadoreños.
Fue la última vez que mis amigos y yo hablamos
de la misteriosa casa de Miramar, porque a los
pocos días se trasladaron a un lindo apartamento
asignado por el gobierno, el penthouse de un edificio
de Marina y Jovellar, en Centro Habana, donde
vivieron algunos años.
Un mes después de aclarado el misterio
de la casa, el 11 de enero de 1981, la prensa
castrista daba la noticia del inicio de la ofensiva
general del Frente Farabundo Martí para
la llamada liberación de El Salvador. Toda
la acción estaba explicada con lujo de
detalles en la primera página del periódico
Juventud Rebelde, con titular rojo en letras grandes.
Los insurgentes salvadoreños tenían
el propósito de derrocar a la junta de
gobierno. Asaltaron a punta de fusiles varias
estaciones de radio, tomaron barrios periféricos,
atacaron los cuarteles gubernamentales de San
Carlos, el de la Guardia Nacional, así
como al regimiento de la ciudad Santa Ana.
A través de la radio salvadoreña
los rebeldes llamaban a paralizar el país
por medio de una huelga general que no se llevó
a cabo. El resultado fue desastroso para el pueblo:
miles de muertos, heridos y desaparecidos.
Hoy, no me cabe la menor duda de que si en verdad
dos mil rebeldes avanzaron hacia San Salvador
el 10 de enero de 1981, como anunciara la prensa
cubana al día siguiente, muchos de ellos
habían permanecido ocultos en aquella misteriosa
casona de Miramar que visité un día
y que ha quedado para siempre en mi memoria.
|