PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 3, 2005
 

POLITICA
La democracia es un punto de partida

Juan González Febles

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - A los buenos escritores contemporáneos se les debe leer sin buscar coloraturas políticas. Son inconsecuentes en su inmensa mayoría. José Saramago no es una excepción para esta hipotética regla. Luego de "bajarse" públicamente del tren castrista, firmó poco tiempo después una declaración, apoyándolo.

No es fácil entenderlo, si es que hay algo que entender. En la entrevista concedida a María Luisa Blanco, de España, publicada en el diario El País el 26 de abril de 2004, y reproducida en el número de mayo de "La jiribilla", Saramago defiende al protagonista de su última novela. Fue necesario porque se trata de un hombre de derecha.

A sus colegas del ala siniestra les molestó que el protagonista de marras fuese, además, comisario de policía. Estas son dos calidades muy satanizadas por el coro zurdo mundial.

En la entrevista, Saramago defendió su derecho a escoger al protagonista que le venga en ganas. Además, se definió como un "comunista libertario".

La definición sirve para separar a éstos del resto, que podríamos llamar, por convención, "comunistas no libertarios". Esto puede ser, entre otras cosas, muy práctico. Es una forma ideal para definir a Pablo Neruda y Vladimir Maikovski. Ellos fueron, a su modo, comunistas libertarios. Tanto así, que la única razón por la cual Maikovski se suicidó y Neruda y Saramago no, es geográfica y temporal. Si Saramago y Neruda hubieran nacido en Rusia y vivido bajo Stalin, es probable que los suicidas hubieran sido tres. Con todo y el "comunismo libertario" que tan lindo y tan raro suena.

Saramago parece haber descubierto que la democracia no es perfecta. Por suerte, le confiere la categoría de cosa necesaria, al menos como "punto de partida". Yo, que vivo bajo una dictadura, opino que es buena como "punto de partida", de continuidad y de destino definitivo, si Dios lo permite.

Pero, qué vamos a hacer. Se trata de un escritor mimado por la fortuna y el éxito. Alguien que vive en democracia y se siente a gusto siendo comunista.

En otra moraleja y sesuda afirmación, el Sr. Saramago dice: "¿Qué pasa con los derechos humanos? Que no nos prometan nada, que no nos hagan propuestas electorales, ni propuestas de gobierno, saquen del cajón la creación del Estado de Derechos Humanos que ahí está todo lo que un ser humano necesita para tener una vida digna, y que lo apliquen".

Quisiera conocer el estado comunista -uno al menos- que haya respetado cinco de los artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos en lo que respecta a libertades individuales. Pero aún así, el Sr. Saramago continúa con sus inconsecuencias. Dice que la democracia en los países libres es "formal", y aboga por una democracia "sustancial".

No aclara en qué condiciones debe asumirse la "sustancialidad". Nadie sabe bajo qué auspicios, si comunistas o socialistas, si a la derecha o a la izquierda. Permanece en el misterio qué es exactamente lo que Saramago considera salvable en una dictadura como la castrista.

¿Cómo se explica, bajo el manto de su democracia "sustancial", el apoyo a las dictaduras de izquierda? ¿Las entradas y salidas del limbo político castrista? ¿Sus condenas y sus apoyos? ¿La vanidosa presunción de sentar cátedra en política?

Tanto el "comunista libertario" como la democracia "sustancial" son meros delirios. Especulaciones de quien cree igualar la métrica y la armonía de las palabras y las imágenes con las áridas realidades de la política.

Es mejor la democracia sin apellido. La hija natural del amor entre la libertad y la felicidad, y el error humanos. No porque la brinden sin costos, sino porque da la oportunidad de que cada quien defina su sueño y luche por él.

Lo más sensato de las declaraciones de Saramago está en la conclusión: "Tal vez haya una solución al problema, pero ésa no la conozco".

A todas luces, con esta entrevista el Sr. Saramago perdió una excelente oportunidad de permanecer callado.


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