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SOCIEDAD
La jarra del comandante
Tania Diaz Castro
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - El
otro día, mientras miraba a Fidel Castro
en la pantalla de mi televisor con una jarra de
agua en sus manos, y aclarando que la jarra estaba
en estudio, vino a mi mente aquel amigo de los
años, Héctor Zumbado. Cuando alguien
viajaba al extranjero, en broma y en serio, decía:
"Se fue a los países", como si
Cuba, para él, no fuera un país.
Mi amigo Zumbado murió, y con él
su literatura humorística, puesto que aún
no se ha compilado como se lo merece, y yo me
sigo preguntando por qué Cuba no es un
país normal, como otro cualquiera. Verán
por qué digo esto.
En 1972, cuando viví algunos meses en
Japón, casada con un japonés (matrimonio
y viaje que me costaron quedar desvinculada laboralmente
y separada de la Unión de Periodistas de
Cuba porque, según su organizador, yo me
había marchado sin pedir un permiso especial
a esa organización) tenía en mi
casa de Tokio una jarra eléctrica de agua
común y corriente, exactamente igual a
la que el jefe de gobierno mostró a la
población el día 26 del pasado mes
de mayo en la televisión.
Se trata -todo aquel que ha viajado "a los
países" lo sabe- de un utensilio más
de la cocina internacional y fabricado por los
japoneses después de la Segunda Guerra
Mundial. Un utensilio que posee cualquier familia
pobre del mundo, por su bajo costo.
Pero ahora viene lo mejor. Ese tipo de jarra
para calentar el agua es, fundamentalmente, para
hacer el té, costumbre generalizada en
Asia y en Europa. Como allí se bebe el
té varias veces al día, la jarra
resulta muy práctica ya que, además,
sirve de termo.
Ahora yo me pregunto: si en Cuba no tomamos té
ni siquiera una vez al día, no porque no
nos guste, sino porque resulta cara su compra
en moneda convertible, ¿para qué
queremos una jarra eléctrica de agua?
Aún así, como anunció muy
seriamente el máximo líder, la jarra
se ha puesto en estudio, o sea, que no se sabe
si la van a distribuir o va a quedar como recuerdo
de una comparecencia especial del comandante,
que es lo más probable.
Porque señores, para hacer infusiones
de hojas de guayaba, naranja, romerillo o caña
santa, basta con un buen jarro -fabricado por
los merolicos o trabajadores independientes- para
introducir estas yerbas que, por suerte, se dan
silvestres en toda la Isla.
Aún así, la jarra eléctrica
que mostró Fidel Castro seguirá
en estudio, como aquel famoso cuento cómico
de Pepito sobre el elefante, que si lo hago aquí
podría ser acusada por la nomenclatura
de lo peor.
Mejor les cuento otra historia, real por cierto,
y ocurrida en 1959 al ministro de Comercio Interior,
Máximo Bergman, que aunque nada sabía
de comercio interior y sí bastante de marxismo-leninismo,
lo echaron como bola por tronera de su cargo cuando
compró en un país socialista de
entonces equipos manuales para extraer nieve de
las puertas de las casas, sólo porque los
encontró baratos.
Me contaron que, feliz y orondo, asistió
a los muelles de La Habana para descargar la mercancía.
Entonces, me pregunto: ¿No será
que los chinos venden las jarras eléctricas
para el agua a dos por cinco centavos de dólar?
Si es así valdría la pena ponerla
en estudio, no precisamente como un utensilio
más de la cocina criolla, sino como algo
muy especial. ¿Acaso no estamos en nuestra
Cuba surrealista donde el funcionamiento real
del pensamiento y la lógica era verde y
se lo comió una chiva?
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