PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 2, 2005
 

HISTORIA
A 30 años del asesinato de Roque Dalton

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - El poeta roque Dalton murió soñando transformar El Salvador en "un lindo y serio país". O lo que él entendía por tal.

Marxista-leninista convencido, creía que para sanar los males de su pequeño país la clase obrera y el campesinado tendrían que darle "un poco de machete, lija, torno, aguarrás, penicilina, baños de asiento, besos, pólvora". Apostó por la violencia revolucionaria y perdió. La ganadora se quedó con todo. La revolución tomó su nombre, su obra y hasta sus restos.

Paradójicamente, no lo mató "el enemigo imperialista, la CIA ni sus servidores locales", según la versión del periódico Granma de la época. A Roque Dalton lo mataron los suyos.

Los comandantes del Ejército Revolucionario del Pueblo, del que formaba parte, lo sentenciaron a muerte por "traición a la causa". Su traición consistió en criticar las tendencias y métodos estalinistas que se imponían en la dirigencia rebelde.

El comandante Joaquín Villalobos lo asesinó personalmente el 10 de mayo de 1975. El poeta tenía 39 años. Su cadáver fue oculto entre las rocas de El Playón. Querían simular que era otro crimen de los escuadrones de la muerte. Su familia nunca pudo hallar sus restos. Era lo más conveniente para la causa revolucionaria.

En sus últimos momentos en la "cárcel del pueblo", el poeta no debe haber sentido mucho asombro, ni miedo. ¿Quién podría matarlo sin hacerlo reír?

En 1974, cuando salió de Cuba vía Hanoi para unirse a la guerrilla salvadoreña, Dalton venía de vuelta de casi todas sus ilusiones. Era un conocedor de los dolores de cabeza comunistas, planificados y crónicos. La aspirina gigante que, entre otras cosas, sería un día el comunismo, no conseguía atenuarlos.

Cuando partió a la guerra su cabeza era una bomba de relojería. Con vocación de cambios, pero poco conocimiento del oficio, quiso variar el curso de la historia. Presentía que la realización del paraíso prometido en la tierra aún demoraba bastante.

Lo aprendió en las tabernas de Praga y en la veladas de La Habana. Lo sufrió en carne de su amigo Heberto Padilla. Se lo gritó al comisario cultural Roberto Fernández Retamar.

En una entrevista con Mario Benedetti Dalton calificó su tiempo cubano (1962-1974) como la experiencia más importante de su vida. En Cuba crió sus hijos. Tuvo amores, amigos y enemigos. Conoció el dogmatismo, la intolerancia, la burocracia y los privilegios de la élite. Con su proverbial buen humor, irónico, risueño y cínico, trató de conservar ilesas sus esperanzas de futuro.

La decepción que empezaba a crecerle dentro lo condujo al callejón sin salida de la guerrilla salvadoreña. Llegó a la verdad por la puerta de fuego: "pero por la verdad, la muerte".

Hace unos meses leí con asombro lo que escribió una cubana residente en España, ex analista del Departamento de América. Especulaba que si las tesis del comandante Villalobos hubieran triunfado en El Salvador, habrían sido una alternativa positiva al modelo cubano. ¡Vaya teoría! Imagino el futuro luminoso en manos de los asesinos de Roque Dalton, Armando Arteaga y la comandante Ana María.

Por suerte, no triunfaron. Hoy, El Salvador no será un país tan lindo y serio como lo soñara Roque Dalton. Pero vive en paz. Los comandantes guerrilleros son diputados y candidatos presidenciales en elecciones democráticas. Joaquín Villalobos vive en Inglaterra y se alquila como consultor para resolver conflictos internacionales. Treinta años después la familia Dalton sigue exigiendo conocer el sitio donde los asesinos sepultaron al poeta.

Roque Dalton, otra víctima de la voracidad de Saturno con sus hijos, sigue siendo el romántico poeta de la revolución centroamericana.

Sus poemas, junto a la figura de Che Guevara, el mito de la revolución cubana, la retórica de los discursos, las canciones de Silvio Rodríguez y las boinas al estilo guerrillero conforman el misticismo nostálgico de una izquierda que marcha por otros derroteros.

Roque Dalton, un elegido de los dioses, condenado como hereje de sus sueños, sigue del lado zurdo del corazón y la razón histórica.


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