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HISTORIA
A 30 años del asesinato de Roque Dalton
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - El
poeta roque Dalton murió soñando
transformar El Salvador en "un lindo y serio
país". O lo que él entendía
por tal.
Marxista-leninista convencido, creía que
para sanar los males de su pequeño país
la clase obrera y el campesinado tendrían
que darle "un poco de machete, lija, torno,
aguarrás, penicilina, baños de asiento,
besos, pólvora". Apostó por
la violencia revolucionaria y perdió. La
ganadora se quedó con todo. La revolución
tomó su nombre, su obra y hasta sus restos.
Paradójicamente, no lo mató "el
enemigo imperialista, la CIA ni sus servidores
locales", según la versión
del periódico Granma de la época.
A Roque Dalton lo mataron los suyos.
Los comandantes del Ejército Revolucionario
del Pueblo, del que formaba parte, lo sentenciaron
a muerte por "traición a la causa".
Su traición consistió en criticar
las tendencias y métodos estalinistas que
se imponían en la dirigencia rebelde.
El comandante Joaquín Villalobos lo asesinó
personalmente el 10 de mayo de 1975. El poeta
tenía 39 años. Su cadáver
fue oculto entre las rocas de El Playón.
Querían simular que era otro crimen de
los escuadrones de la muerte. Su familia nunca
pudo hallar sus restos. Era lo más conveniente
para la causa revolucionaria.
En sus últimos momentos en la "cárcel
del pueblo", el poeta no debe haber sentido
mucho asombro, ni miedo. ¿Quién
podría matarlo sin hacerlo reír?
En 1974, cuando salió de Cuba vía
Hanoi para unirse a la guerrilla salvadoreña,
Dalton venía de vuelta de casi todas sus
ilusiones. Era un conocedor de los dolores de
cabeza comunistas, planificados y crónicos.
La aspirina gigante que, entre otras cosas, sería
un día el comunismo, no conseguía
atenuarlos.
Cuando partió a la guerra su cabeza era
una bomba de relojería. Con vocación
de cambios, pero poco conocimiento del oficio,
quiso variar el curso de la historia. Presentía
que la realización del paraíso prometido
en la tierra aún demoraba bastante.
Lo aprendió en las tabernas de Praga y
en la veladas de La Habana. Lo sufrió en
carne de su amigo Heberto Padilla. Se lo gritó
al comisario cultural Roberto Fernández
Retamar.
En una entrevista con Mario Benedetti Dalton
calificó su tiempo cubano (1962-1974) como
la experiencia más importante de su vida.
En Cuba crió sus hijos. Tuvo amores, amigos
y enemigos. Conoció el dogmatismo, la intolerancia,
la burocracia y los privilegios de la élite.
Con su proverbial buen humor, irónico,
risueño y cínico, trató de
conservar ilesas sus esperanzas de futuro.
La decepción que empezaba a crecerle dentro
lo condujo al callejón sin salida de la
guerrilla salvadoreña. Llegó a la
verdad por la puerta de fuego: "pero por
la verdad, la muerte".
Hace unos meses leí con asombro lo que
escribió una cubana residente en España,
ex analista del Departamento de América.
Especulaba que si las tesis del comandante Villalobos
hubieran triunfado en El Salvador, habrían
sido una alternativa positiva al modelo cubano.
¡Vaya teoría! Imagino el futuro luminoso
en manos de los asesinos de Roque Dalton, Armando
Arteaga y la comandante Ana María.
Por suerte, no triunfaron. Hoy, El Salvador no
será un país tan lindo y serio como
lo soñara Roque Dalton. Pero vive en paz.
Los comandantes guerrilleros son diputados y candidatos
presidenciales en elecciones democráticas.
Joaquín Villalobos vive en Inglaterra y
se alquila como consultor para resolver conflictos
internacionales. Treinta años después
la familia Dalton sigue exigiendo conocer el sitio
donde los asesinos sepultaron al poeta.
Roque Dalton, otra víctima de la voracidad
de Saturno con sus hijos, sigue siendo el romántico
poeta de la revolución centroamericana.
Sus poemas, junto a la figura de Che Guevara,
el mito de la revolución cubana, la retórica
de los discursos, las canciones de Silvio Rodríguez
y las boinas al estilo guerrillero conforman el
misticismo nostálgico de una izquierda
que marcha por otros derroteros.
Roque Dalton, un elegido de los dioses, condenado
como hereje de sus sueños, sigue del lado
zurdo del corazón y la razón histórica.
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