|
SOCIEDAD
Protección
al consumidor, una ironía estatal
Adrián Leiva
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Desde
que la economía se estatalizó en
Cuba la producción de bienes y servicios
sufrieron un brusco retroceso en todos los niveles
y la clasificación de los planes de producción
propia del sistema centralizado apuntaba más
hacia la masividad en detrimento de la calidad.
De igual forma, los clientes dejaron de ser clientes,
por ser ésta una concepción capitalista,
y adquirieron la denominación de consumidores,
más afín con el lenguaje socialista.
Aquí se da la primera contradicción
del sistema, pues por una parte la propaganda
política comunista critica al sistema capitalista
por ser una sociedad de consumo, mientras aplica
el término derivado de la palabra para
sustituir a la de cliente.
La razón es muy sencilla. Cuando se tiene
una mentalidad de cliente, sicológicamente
se tiene el derecho de reclamar en calidad y cantidad,
porque se paga con dinero propio, mientras que
según entiende el sistema político
cubano el ciudadano debe abolir de su mentalidad
las terminologías referidas a reclamos,
demandas, derechos, y otras parecidas. Esto es
muy conveniente para una economía donde
la producción de bienes y servicios está
plagada de ineficiencias producto del propio sistema
económico que no acepta críticas.
Por eso el hombre pasa a ser un consumidor de
lo producido en una sociedad donde no existe competencia
ni eficiencia.
Es así como el cubano se ha convertido
en consumidor, una especie de ciudadano de baja
categoría sometido a una serie de leyes
y controles que posiblemente no existan en otros
lugares del mundo. Personas que han salido fuera
del país por diversas motivos, al regresar
manifiestan que en los lugares visitados, a pesar
de todos los problemas que pueda haber en aquellas
sociedades, se han sentido por vez primera personas,
algo muy contradictorio si se atiende a la razón
de que el sistema implantando en la Isla se autoproclama
en ideal para todos los hombres del planeta.
Una señora que recientemente estuvo de
visita en España expresó al regresar
sus impresiones sobre la estancia en la madre
patria. Acostumbrada durante tantos años
a mal vivir de lo que venden en una libreta de
abastecimientos de productos alimenticios donde
tienes que aceptar no sólo la limitación
de productos sino su pésima calidad, el
impacto fue grande cuando estuvo en varios comercios
españoles. La diversidad, el perfecto estado
de los productos, la higiene y el excelente trato
a los compradores se unían la frescura
de las frutas y vegetales, debidamente seleccionados,
limpios y expuestos en tarimas higienizadas.
Lo mismo le ocurrió cuando estuvo en una
cafetería. Allí quedó anonadada
al observar la calidad y cantidad de las ofertas
en la misma medida que pudo constatar el servicio
brindado en esa y otras instalaciones. Personas
como esta señora son las que al regresar
a la Isla pueden constatar el desastre que reina
en Cuba en cuanto al servicio de agro mercados,
centros gastronómicos y de comercio, donde
la mentalidad que prima es la de engaño
y robo al consumidor. A ello se agrega la mala
calidad de lo ofertado, la escasa variedad y la
mala elaboración en no pocas ocasiones.
Los turistas, ciudadanos de primera categoría
que a pesar de todo no siempre consiguen librarse
de las moscas y el olor ambiental cuando salen
de sus cuartos climatizados, no pueden percibir
la diferencia entre cliente y consumidor, como
tampoco la mala atención que reciben los
cubanos.
Por eso la consigna y los carteles que cuelgan
en cada comercio cubano expresando que se protege
al consumidor es una ironía estatal estampada
como una burla en pleno rostro de los ciudadanos,
que a su vista sienten deseos de reclamar el revertimiento
de la desastrosa realidad que les impide dejar
de ser consumidores para convertirse en clientes.
|