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CULTURA
Sorel el pensador
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El
escritor y ensayista español Andrés
Sorel no es un simple intelectual. Es un pensador.
Se empeña en autodefinirse como tal. Dice
serlo porque no cesa de ver a su alrededor. En
todo momento patentiza su preocupación
por los problemas de su tiempo. Para él,
dichos problemas se encierran en uno solo: la
globalización capitalista.
Según él, esa actitud lo coloca
en una posición superior a James Joyce
o Samuel Becket. Lo dice muy serio, sin rubores
y sin abuelita halagadora. Según Sorel,
para Joyce y Becket, mientras el mundo se caía
en pedazos, la única preocupación
era el lenguaje.
Sorel afirma que tiene la ventaja de hacer una
obra literaria con elevados valores estéticos,
y a la vez velar por los desmanes del capitalismo
y luchar contra él.
Como en el caso de sus compatriotas, amigos y
correligionarios Alfonso Sastre y Carlos Febretti,
su obsesión anti-capitalista raya con la
esquizofrenia. No se cansan de repetir sus confusas
y apocalípticas advertencias anti-sistema
en los medios de comunicación y en cuanta
conferencia los inviten. Por supuesto, son asiduos
visitantes de La Habana.
Sorel se cree un iluminado capaz de detectar
un complot imperialista global "para incidir
en el pensamiento, uniformar, que todos adopten
la misma cultura, que nadie preserve su identidad
propia, sus diferencias críticas, para
que todos acaben coincidiendo con que el mejor
de los mundos posibles es que se les ofrece: el
del escaparate del imperio".
Según él, "hoy las catedrales
del pueblo son los grandes almacenes, el consumo
es el catecismo de nuestros días".
Sorel teme que el capitalismo conquiste las conciencias
a la par que los mercados. Que destruya el pensamiento.
Que acabe con las críticas, las diferencias
y las libertades. No oculta que hubiera preferido
que esa tarea la realizara el socialismo. Le atraía
infinitamente más su uniformidad homogeneizada
y monolítica. Vaya usted a saber por qué.
A pesar de presidir la Asociación de Escritores
de España, y de publicar sin problema alguno
en su país, se considera un intelectual
marginado, no aceptado del todo. Un pensador "rara
avis" de estos días en que el mercado
destruye el pensamiento. Afirma que personas como
él, escribiendo en los medios, "son
excusas de la democracia". Lamenta que pocas
personas lean su columna.
Las razones para que no la lean son obvias. Nadie
se los prohíbe, sólo que no todos
tienen estómago para asimilar sus densas
parrafadas. Sorel, narcisistamente elitista, tiene
otra explicación: sólo unos pocos
privilegiados superdotados tienen capacidad para
captar su mensaje, casi inescrutable.
En febrero de 2004, en entrevista para La Jiribilla
(¿dónde si no?) afirmó: "Yo
no puedo escribir para los trabajadores porque
mi lenguaje es distinto". Abundaba entonces:
"Uno aspira a hacer el libro con un lenguaje
lo más rico posible, lo más revolucionario.
Y el pueblo, que no ha tenido una educación,
no tiene el conocimiento para entender ese tipo
de obra".
Sorel, el intelectual insumiso, rinde sus armas
ante el mercado. Acepta, como una verdad revelada,
que el arte de hoy no puede ser complicado. Tiene
que ser light. El ensayista español subestima,
fatalista y arrogante, la inteligencia de los
humanos, que no todos somos rebaño, sea
del consumo o la ideología. Nos cree esclavos
de las telenovelas, el fútbol, el béisbol,
los reality shows, la Coca-Cola, la música
tecno y las películas americanas. Nos declara,
a priori, incapaces de apreciar su obra.
A Sorel le preocupa el tiempo que le ha tocado,
pero es incapaz de buscar y adaptarse a las ideas
más novedosas de su época. No le
interesa saber. Aferrado a añejadas utopías
e infatuado de Carlos Marx, ni siquiera intenta
sacar conclusiones del caos post-moderno. Renunció
por anticipado a tratar de organizarlo acorde
con sus ideas. Sus lectores no estarían
a la altura de sus esfuerzos. Sorel sueña
con un mundo mejor, donde líderes iluminados
y una élite de tipos como él nos
ahorren el trabajo de pensar y consumir.
Está convencido de que sus libros no harán
la revolución ni cambiarán el mundo.
Son sólo un ejercicio intelectual que no
regala y que pocos son dignos de asimilar. Su
lucha continúa desde su torre de cristal.
Sólo allí, amargado, autosuficiente
y aguafiestas, puede desarrollar su pensamiento.
Sus ocupaciones y preocupaciones anti-capitalistas
le impedirán escribir algo sobre Ulises
o Esperando a Godot. No lo necesita. Sorel no
es un simple escritor. Es un pensador. Eso basta
para descollar en el universo. Al menos en la
parte que queda a la izquierda de la Vía
Láctea, según se va directo al fracaso.
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