PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 22, 2005
 

CULTURA
Sorel el pensador

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El escritor y ensayista español Andrés Sorel no es un simple intelectual. Es un pensador. Se empeña en autodefinirse como tal. Dice serlo porque no cesa de ver a su alrededor. En todo momento patentiza su preocupación por los problemas de su tiempo. Para él, dichos problemas se encierran en uno solo: la globalización capitalista.

Según él, esa actitud lo coloca en una posición superior a James Joyce o Samuel Becket. Lo dice muy serio, sin rubores y sin abuelita halagadora. Según Sorel, para Joyce y Becket, mientras el mundo se caía en pedazos, la única preocupación era el lenguaje.

Sorel afirma que tiene la ventaja de hacer una obra literaria con elevados valores estéticos, y a la vez velar por los desmanes del capitalismo y luchar contra él.

Como en el caso de sus compatriotas, amigos y correligionarios Alfonso Sastre y Carlos Febretti, su obsesión anti-capitalista raya con la esquizofrenia. No se cansan de repetir sus confusas y apocalípticas advertencias anti-sistema en los medios de comunicación y en cuanta conferencia los inviten. Por supuesto, son asiduos visitantes de La Habana.

Sorel se cree un iluminado capaz de detectar un complot imperialista global "para incidir en el pensamiento, uniformar, que todos adopten la misma cultura, que nadie preserve su identidad propia, sus diferencias críticas, para que todos acaben coincidiendo con que el mejor de los mundos posibles es que se les ofrece: el del escaparate del imperio".

Según él, "hoy las catedrales del pueblo son los grandes almacenes, el consumo es el catecismo de nuestros días".

Sorel teme que el capitalismo conquiste las conciencias a la par que los mercados. Que destruya el pensamiento. Que acabe con las críticas, las diferencias y las libertades. No oculta que hubiera preferido que esa tarea la realizara el socialismo. Le atraía infinitamente más su uniformidad homogeneizada y monolítica. Vaya usted a saber por qué.

A pesar de presidir la Asociación de Escritores de España, y de publicar sin problema alguno en su país, se considera un intelectual marginado, no aceptado del todo. Un pensador "rara avis" de estos días en que el mercado destruye el pensamiento. Afirma que personas como él, escribiendo en los medios, "son excusas de la democracia". Lamenta que pocas personas lean su columna.

Las razones para que no la lean son obvias. Nadie se los prohíbe, sólo que no todos tienen estómago para asimilar sus densas parrafadas. Sorel, narcisistamente elitista, tiene otra explicación: sólo unos pocos privilegiados superdotados tienen capacidad para captar su mensaje, casi inescrutable.

En febrero de 2004, en entrevista para La Jiribilla (¿dónde si no?) afirmó: "Yo no puedo escribir para los trabajadores porque mi lenguaje es distinto". Abundaba entonces: "Uno aspira a hacer el libro con un lenguaje lo más rico posible, lo más revolucionario. Y el pueblo, que no ha tenido una educación, no tiene el conocimiento para entender ese tipo de obra".

Sorel, el intelectual insumiso, rinde sus armas ante el mercado. Acepta, como una verdad revelada, que el arte de hoy no puede ser complicado. Tiene que ser light. El ensayista español subestima, fatalista y arrogante, la inteligencia de los humanos, que no todos somos rebaño, sea del consumo o la ideología. Nos cree esclavos de las telenovelas, el fútbol, el béisbol, los reality shows, la Coca-Cola, la música tecno y las películas americanas. Nos declara, a priori, incapaces de apreciar su obra.

A Sorel le preocupa el tiempo que le ha tocado, pero es incapaz de buscar y adaptarse a las ideas más novedosas de su época. No le interesa saber. Aferrado a añejadas utopías e infatuado de Carlos Marx, ni siquiera intenta sacar conclusiones del caos post-moderno. Renunció por anticipado a tratar de organizarlo acorde con sus ideas. Sus lectores no estarían a la altura de sus esfuerzos. Sorel sueña con un mundo mejor, donde líderes iluminados y una élite de tipos como él nos ahorren el trabajo de pensar y consumir.

Está convencido de que sus libros no harán la revolución ni cambiarán el mundo. Son sólo un ejercicio intelectual que no regala y que pocos son dignos de asimilar. Su lucha continúa desde su torre de cristal. Sólo allí, amargado, autosuficiente y aguafiestas, puede desarrollar su pensamiento.

Sus ocupaciones y preocupaciones anti-capitalistas le impedirán escribir algo sobre Ulises o Esperando a Godot. No lo necesita. Sorel no es un simple escritor. Es un pensador. Eso basta para descollar en el universo. Al menos en la parte que queda a la izquierda de la Vía Láctea, según se va directo al fracaso.


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