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DISIDENCIA
Cuando
se promueve el odio
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Para los
que afirman que los ojos son el espejo del alma,
Albertina Isabel Fonseca, de 65 años, vecina
de la calzada de 10 de Octubre #2036, entre Santa
Isabel y Aramburen, Arrojo Naranjo, es, como solemos
decir los cubanos, una gente buena.
Hoy, a la bondad habitual de su mirada se une
el cansancio y el hastío. Hace unas horas
fue puesta en libertad tras permanecer dos días
en el calabozo de la cárcel de 100 y Aldabó,
luego de ser arrestada por participar en los actos
del 13 de julio en el Malecón habanero.
Convocada por el Movimiento 13 de Julio, que
preside Yusimit Hill Portal, Albertina decidió
unir su voz de protesta a las de decenas de cubanos,
para homenajear a los que perecieron en el remolcador
13 de Marzo.
El lugar de encuentro era la vivienda ubicada
en San Juan de Dios #57, entre Compostela y Habana.
Allí se congregaron más de veinte
opositores y algunos corresponsales de la prensa
extranjera, entre ellos de CNN y AP. Juntos enrumbaron
por la calle Habana hasta el Malecón.
El acto, que tuvo algo más de media hora
de duración, incluyó la lectura
de los nombres de las víctimas del remolcador
fallecidas el 13 de julio de 1994, el lanzamiento
de flores al mar, así como oraciones y
el rezo del Padrenuestro.
Al finalizar el memorial, y cuando marchaban
de regreso, portando pancartas con las fotos de
37 de las víctimas, dándole vivas
a los derechos humanos y reclamando libertad para
los presos políticos, vieron acercarse
a una multitud de cientos de personas.
"La multitud se acercaba enfurecida y nos
fue acorralando hacia las cadenas aledañas
al Castillo de la Fuerza", dice Albertina.
"Nosotros nos tomamos fuertemente de las
manos. Algunos me gritaban con desprecio '¡negra!'
Los gritos eran estremecedores. Lanzaban todo
tipo de ofensas, incluyendo obscenidades. Muchos
no tenían mal aspecto y parecían
empleados de tiendas del gobierno. Otros era gente
muy joven y fornida. Venían armados de
palos y cabillas. Temí por mi vida y no
pude percatarme de los golpes que propinaron a
mis compañeros. Sólo vi venir dos
carros, en uno de los cuales me montaron mientras
de la multitud me gritaban: ¡Negra!, ¡Gusana!,
¡Mercenaria!, ¡Abajo los derechos
humanos!, ¡Viva Fidel! Y otras cosas más.
Pero eran muy cochinas y me da pena decírsela".
De allí condujeron a Albertina a una estación
de policía cercana y posteriormente a 100
y Aldabó donde la retuvieron dos días.
"Me encerraron en una celda pequeña
junto a una 'jinetera' que llevaba dos días
allí, y a otra mujer que apenas hablaba,
por lo que no pude conocer los motivos de su arresto.
La 'jinetera' se mostró afable y solidaria;
la otra, apartada todo el tiempo. El calor era
tremendo y los mosquitos hacían de las
suyas; el aire en la celda era asfixiante, denso
y cargado de fetidez. Para dormir me dieron una
colombina con un pedazo de poliespuma como colchoneta.
La comida estaba muy mal elaborada, y consistió
en congrí salado, unas frituritas, harina
y un poco de natilla. Pero todo de mal sabor.
Me interrogaron varias veces. Trataban de desalentarme
hablándome mal de los opositores y congraciándose
conmigo. Pero también me amenazaban para
que no volviera a protestar y para que dejara
los derechos humanos".
Cuando le pido a Albertina hacer una valoración
de los hechos, su mirada pierde la placidez característica,
y hundiendo sus negras pupilas en las mías
me responde con voz quejosa: "Lo que más
me impactó fue aquella expresión
de bestia desbocada y de fiera enjaulada que tenían
en el rostro los miembros de las Brigadas de Respuesta
Rápida. Nunca he visto tantos deseos de
golpear y matar como los de aquella turba envalentonada
y autorizada por el gobierno. Es escalofriante
sentirse presa de una multitud sedienta de sangre.
Pero no siento odio hacia ellos, sino una mezcla
de repudio y lástima. Sobre todo mucha
pena por Cuba. ¡Pobre Cuba!"
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