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SOCIEDAD
Para
ganar el Cielo se requiere ganar el corazón de
los hombres
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - A
mediados de los ochenta las conferencias del padre
Altare eran muy seguidas en La Habana. Este sacerdote
salesiano de gran erudición atraía
a los creyentes y conversos católicos que
en esos años buscaban un camino diferente
al que hasta entonces suponían era el único
posible a recorrer.
En una de aquellas charlas, siempre sorprendentes,
el simpático religioso lanzó un
acertijo sobre la salvación: ¿Quién
se salvará primero: un católico
ferviente, un musulmán o un comunista convencido?
Para ayudar a resolverlo dio como datos que el
cristiano no dejaba de ir a Misa ni por la enfermedad
de un ser querido, el musulmán algo parecido
desde su fe, pero sin reconocer a Cristo como
Dios, y el comunista ayudaba a todos, no hacía
daño a nadie y era un hijo ejemplar.
Acostumbrados al concepto de cumplimento irrestricto
del deber, la mayoría votó por el
fiel cristiano para su entrada en los Cielos,
pero grande fue el desconcierto cuando el sonriente
Altare planteó que a su entender el Reino
lo había ganado el último. Pasadas
casi dos décadas de la controversial conferencia
creo haber conocido un caso que da razón
al religioso italiano.
Todos los días mueren decenas de personas
a nuestro alrededor y ni siquiera nos enteramos.
Son seres simples que pasan por la vida de manera
sencilla, siendo notorios solamente para el círculo
de sus familiares y amigos. El plan que les tocó
cumplir en este mundo no rebasó, en el
mejor de los casos, el crecer, multiplicarse y
trabajar para subsistir. Este fin de semana partió
hacia la eternidad Waldo Morales, un vecino que
perteneció a este grupo enorme de la humanidad,
pero que realizó su proyecto de vida de
manera particular.
Waldo era el responsable del núcleo del
partido comunista en la cuadra. No era un intelectual
destacado, ni en su juventud rompió récords
deportivos. Tampoco fue músico famoso con
una obra musical reconocida, ni un militar con
una brillante hoja de servicios. Al parecer ni
siquiera como militante partidista había
hecho méritos que le merecieran ser distinguido.
Era un hombre sencillo, buen esposo, padre ejemplar
y persona callada, que apenas se hacía
sentir en el barrio.
Pero a todos estos rasgos de su personalidad
se integraba un detalle digno de ser destacado
en momentos como el que estamos viviendo en la
Cuba de hoy. Este hombre, de reconocida integración
revolucionaria y firme postura ideológica,
mantenía como principio fundamental el
respeto hacia los demás, independientemente
de su manera de ser y pensar.
En ocasión de un acto de repudio dado
contra un miembro del vecindario fue incapaz de
salir a la calle a sumarse a aquella desagradable
escena. Poco tiempo después, en plena crisis
de los balseros, la persona que sufrió
la represalia de las masas enardecidas y que ahora
pertenecía a un grupo disidente, fue citada
en presencia de varios factores políticos
de la zona donde residía para ser conminada
a abandonar su activismo o aprovechara la ocasión
y enrumbara hacia el Norte en una embarcación.
Entre los presentes en la reunión estaba
este señor, que se mantuvo todo el tiempo
en silencio escuchando el debate entre las partes
y las respuestas que el ciudadano disidente daba
a los cuestionamientos de sus interlocutores.
Al concluir, en un gesto sin precedentes, estrechó
la mano que el individuo le tendió a todos
en señal de su actuar desprejuiciado y
civilista.
Desde entonces cada vez que se tropezaban en
la calle, el militante del partido saludaba de
manera discreta pero franca y abierta, al opositor.
Esto se producía mientras muchos otros,
sin compromisos políticos y hasta autoproclamados
contrarios al sistema comunista, disimulaban para
no tener que saludar al problemático personaje,
que con su conversación podía crearles
problemas.
Es significativo que con el paso de los años
la gente volvió a hablarle al disidente.
Incluso militantes de carné pero no de
convicción, le empezaron a estrechar la
mano en las sombras o públicamente, llegando
a expresarle que ellos también compartían
sus juicios, desbarrando de la situación
agobiante que sobre sus cabezas se cernía
por igual.
Sin embargo, Waldo nunca dijo nada al respecto.
No se quejaba, y soportaba estoicamente los apagones,
las horas de espera en la parada de ómnibus,
la falta de productos y hasta la dolarización
que para él se hacía peor al no
tener quien le mandara divisa verde. En cambio,
su voz no se alzó para criticar al que
sí los conseguía o tenía
quien se los mandara. En las noches se le solía
ver en la cola del teléfono público
situado en la cuadra para saber de sus hijas,
llamando la atención que el jefe del partido
no tuviera este medio de comunicación en
su hogar.
Uno se pregunta cómo serían las
cosas si todos los que dicen ser seguidores del
sistema cubano hicieran y actuaran como este hombre.
Y conviene saber que existen personas así
cuando se apela a los más bajos sentimientos
de las personas, las que para demostrar fidelidad
a la causa no escatiman el uso del golpe y los
insultos.
Es lógico que las noticias hablen de la
muerte de las mujeres y hombres que han ascendido
en la escala social para colocarse en la cúspide
gracias a sus escritos, canciones, éxito
en los negocios o en la política, e incluso
de una vida santa a toda prueba. Pero cuando uno
conoce a hombres como Waldo descubre que existen
valores tan importantes y hasta superiores a los
que comúnmente los hombres le rinden honor.
La tolerancia, el respeto al prójimo,
la caballerosidad y el sentido de dignidad humana
no tienen nada que ver con las ideas, y más
bien son elementos básicos que cuando están
ausentes de la persona hacen que todo aquello
a lo que la sociedad da crédito y grandeza
en sus semejantes exitosos, se vuelva falso y
falto de verdadero sentido.
Si Waldo tiene garantizado el acceso directo
al reino celestial es difícil saberlo,
pues esto es prerrogativa de Dios. Pero como decía
el padre Altare, les gana en el derecho a muchos
que creen tenerlo seguro. Si de votos se tratatara,
el mío no le faltaría.
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