PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 21, 2005
 

SOCIEDAD
Para ganar el Cielo se requiere ganar el corazón de los hombres

Miguel Saludes

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - A mediados de los ochenta las conferencias del padre Altare eran muy seguidas en La Habana. Este sacerdote salesiano de gran erudición atraía a los creyentes y conversos católicos que en esos años buscaban un camino diferente al que hasta entonces suponían era el único posible a recorrer.

En una de aquellas charlas, siempre sorprendentes, el simpático religioso lanzó un acertijo sobre la salvación: ¿Quién se salvará primero: un católico ferviente, un musulmán o un comunista convencido? Para ayudar a resolverlo dio como datos que el cristiano no dejaba de ir a Misa ni por la enfermedad de un ser querido, el musulmán algo parecido desde su fe, pero sin reconocer a Cristo como Dios, y el comunista ayudaba a todos, no hacía daño a nadie y era un hijo ejemplar.

Acostumbrados al concepto de cumplimento irrestricto del deber, la mayoría votó por el fiel cristiano para su entrada en los Cielos, pero grande fue el desconcierto cuando el sonriente Altare planteó que a su entender el Reino lo había ganado el último. Pasadas casi dos décadas de la controversial conferencia creo haber conocido un caso que da razón al religioso italiano.

Todos los días mueren decenas de personas a nuestro alrededor y ni siquiera nos enteramos. Son seres simples que pasan por la vida de manera sencilla, siendo notorios solamente para el círculo de sus familiares y amigos. El plan que les tocó cumplir en este mundo no rebasó, en el mejor de los casos, el crecer, multiplicarse y trabajar para subsistir. Este fin de semana partió hacia la eternidad Waldo Morales, un vecino que perteneció a este grupo enorme de la humanidad, pero que realizó su proyecto de vida de manera particular.

Waldo era el responsable del núcleo del partido comunista en la cuadra. No era un intelectual destacado, ni en su juventud rompió récords deportivos. Tampoco fue músico famoso con una obra musical reconocida, ni un militar con una brillante hoja de servicios. Al parecer ni siquiera como militante partidista había hecho méritos que le merecieran ser distinguido. Era un hombre sencillo, buen esposo, padre ejemplar y persona callada, que apenas se hacía sentir en el barrio.

Pero a todos estos rasgos de su personalidad se integraba un detalle digno de ser destacado en momentos como el que estamos viviendo en la Cuba de hoy. Este hombre, de reconocida integración revolucionaria y firme postura ideológica, mantenía como principio fundamental el respeto hacia los demás, independientemente de su manera de ser y pensar.

En ocasión de un acto de repudio dado contra un miembro del vecindario fue incapaz de salir a la calle a sumarse a aquella desagradable escena. Poco tiempo después, en plena crisis de los balseros, la persona que sufrió la represalia de las masas enardecidas y que ahora pertenecía a un grupo disidente, fue citada en presencia de varios factores políticos de la zona donde residía para ser conminada a abandonar su activismo o aprovechara la ocasión y enrumbara hacia el Norte en una embarcación.

Entre los presentes en la reunión estaba este señor, que se mantuvo todo el tiempo en silencio escuchando el debate entre las partes y las respuestas que el ciudadano disidente daba a los cuestionamientos de sus interlocutores. Al concluir, en un gesto sin precedentes, estrechó la mano que el individuo le tendió a todos en señal de su actuar desprejuiciado y civilista.

Desde entonces cada vez que se tropezaban en la calle, el militante del partido saludaba de manera discreta pero franca y abierta, al opositor. Esto se producía mientras muchos otros, sin compromisos políticos y hasta autoproclamados contrarios al sistema comunista, disimulaban para no tener que saludar al problemático personaje, que con su conversación podía crearles problemas.

Es significativo que con el paso de los años la gente volvió a hablarle al disidente. Incluso militantes de carné pero no de convicción, le empezaron a estrechar la mano en las sombras o públicamente, llegando a expresarle que ellos también compartían sus juicios, desbarrando de la situación agobiante que sobre sus cabezas se cernía por igual.

Sin embargo, Waldo nunca dijo nada al respecto. No se quejaba, y soportaba estoicamente los apagones, las horas de espera en la parada de ómnibus, la falta de productos y hasta la dolarización que para él se hacía peor al no tener quien le mandara divisa verde. En cambio, su voz no se alzó para criticar al que sí los conseguía o tenía quien se los mandara. En las noches se le solía ver en la cola del teléfono público situado en la cuadra para saber de sus hijas, llamando la atención que el jefe del partido no tuviera este medio de comunicación en su hogar.

Uno se pregunta cómo serían las cosas si todos los que dicen ser seguidores del sistema cubano hicieran y actuaran como este hombre. Y conviene saber que existen personas así cuando se apela a los más bajos sentimientos de las personas, las que para demostrar fidelidad a la causa no escatiman el uso del golpe y los insultos.

Es lógico que las noticias hablen de la muerte de las mujeres y hombres que han ascendido en la escala social para colocarse en la cúspide gracias a sus escritos, canciones, éxito en los negocios o en la política, e incluso de una vida santa a toda prueba. Pero cuando uno conoce a hombres como Waldo descubre que existen valores tan importantes y hasta superiores a los que comúnmente los hombres le rinden honor.

La tolerancia, el respeto al prójimo, la caballerosidad y el sentido de dignidad humana no tienen nada que ver con las ideas, y más bien son elementos básicos que cuando están ausentes de la persona hacen que todo aquello a lo que la sociedad da crédito y grandeza en sus semejantes exitosos, se vuelva falso y falto de verdadero sentido.

Si Waldo tiene garantizado el acceso directo al reino celestial es difícil saberlo, pues esto es prerrogativa de Dios. Pero como decía el padre Altare, les gana en el derecho a muchos que creen tenerlo seguro. Si de votos se tratatara, el mío no le faltaría.


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