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SOCIEDAD
El
sainete póstumo de Chiquitico
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El
viernes 24 de junio, el día de San Juan,
Chiquito murió. A las siete de la noche.
Había comenzado a morir a las cinco de
la tarde. Sintió un dolor intenso en el
pecho y cayó de bruces sobre la acera.
Unas personas que pasaron lo cargaron y lo depositaron
en el portal de su casa. La vivienda estaba en
ruinas y fue declarada inhabitable unos años
atrás.
La casa, o lo que queda de ella, está
situada en la calle Milagros 355, entre las calles
Porvenir y Octava, en Lawton, en La Habana, a
pocos metros del parque Butaré.
Estaba inmóvil y todos pensaron que había
muerto. Pero se movió. Alguien llamó
a una mujer del vecindario, enfermera de profesión.
Luego que lo reconoció y le practicó
algunos exámenes de oficio pidió
que no lo movieran. Temía que estuviera
infartado.
La enfermera fue a su casa y telefoneó
para pedir una ambulancia de SIUM, el servicio
de urgencias médicas. Del otro lado del
hilo le dijeron que esperara. Una ambulancia sería
enviada lo antes posible.
Pero Chiquitico agonizó hasta morir, y
la esperada ambulancia no llegó. No lo
hizo ni tan siquiera tarde. Simplemente no llegó.
La enfermera le sostuvo la cabeza hasta que los
últimos estertores no dejaron espacio para
dudas: había muerto.
Chiquitico era un pobre pordiosero negro y loco.
Un orate bueno y pacífico de Lawton. Perdido
en su fantasía e incapaz de hacer daño.
Integrado al barrio como parte de su paisaje.
Alguien dijo que llamaran a Medicina Legal. Los
forenses se encargarían de levantar el
cadáver. No podían dejarlo allí
como a un perro. Otro vecino apareció con
un trozo de vela. La encendieron como tributo
al alma de Chiquitico. La atmósfera adquirió
un tono espectral.
Los forenses declararon que la muerte fue natural.
Ellos nada tenían que hacer allí.
Si no se trataba de un homicidio era asunto de
la policlínica de la zona.
La gente se encolerizó. La emprendió
con los forenses. Los trataron como a policías,
que es un trato realmente malo. Ellos se marcharon
a la carrera. Pero antes llamaron a la policía.
El descontento se podía palpar y temieron
una situación potencial de desorden callejero.
Entonces se produjo el apagón.
En tan inoportuno momento apareció un
carro patrulla de la policía. Mientras
el chofer permanecía aferrado al volante
su compañero se acercó al grupo.
- ¡Eh, compay! ¿Qué es lo
que pasa? -preguntó.
El uniformado provenía de la zona oriental
de la Isla. Tenía grados de suboficial.
Los vecinos respondieron con agresividad. Culpaban
de todo a las autoridades. Era mucho a la vez:
la no llegada de la ambulancia, la imposibilidad
de disponer decorosamente del cadáver de
Chiquitico, y para completar, el apagón.
El agente dijo que eso no era asunto de la policía.
Los vecinos, aún más molestos por
la respuesta, lo colmaron de denuestos.
- Si se tratara de una vaca muerta la habrían
recogido para que la gente no coma. ¡Cabrones!
Como es un pobre negro indigente no les importa
un carajo.
El policía subió a su auto y partió
a toda velocidad del lugar.
Ya muy enojados, los vecinos decidieron ir hasta
la policlínica situada en la calle 10 y
Dolores. Allí les dijeron que no tenían
electricidad ni agua, y no se podía examinar
al occiso ni expedir certificados. Los vecinos
discutieron, pero no había caso. El personal
de guardia explicó que no tenían
agua, electricidad ni almuerzo.
Regresaron frustrados y se sucedieron las visitas
de seis carros patrulla de la policía.
La escena se repitió en una versión
más corta: el conductor permanecía
en el auto y su compañero escuchaba pacientemente
las diatribas de los vecinos. Acto seguido, saludaba
militarmente y se marchaba sin decir esta boca
es mía.
Chiquitico recibió la última y
la única atención de la sociedad
en que vivió a la 1 y treinta de la madrugada.
A esa hora fue recogido por un coche fúnebre
que lo trasladó a la funeraria de Santa
Catalina, en la Víbora.
Allí hubo problemas cuando se detectó
que Chiquitico no tenía carné de
identidad. El caso es que tampoco disponía
de libreta de racionamiento. No se puede enterrar
a quien no existe. Legalmente, Chiquitico no estaba
muerto ni vivo: no existía. Pero todo continuó.
Los pocos vecinos que compartieron un rato de
la madrugada con él dicen que mantuvo una
expresión de serena alegría. Parecía
que lo hubiera disfrutado. Su realidad superó
con creces el delicioso filme Guantanamera, de
Tomás Gutiérrez Alea.
Lo enterraron sin ceremonias, temprano en la
mañana. Un funcionario sugirió que
no lo pasaran por la capilla, con el ánimo
de agilizar las cosas. Pero no hubo caso. Los
dolientes protestaron. El párroco no tuvo
objeciones: en el Reino de los Cielos no exigen
carnés de identidad. Tampoco discriminan
a los locos ni a los negros.
El sainete póstumo de Chiquitico se sigue
comentando en el barrio. Su hermano, pordiosero,
loco y negro como él, heredó sus
perros. También la atención y el
amor de los vecinos.
Ñico, el hermano de Chiquitico, tampoco
tiene carné de identidad ni libreta de
racionamiento. Al menos por ahora, no los necesita.
Ver Ñico
y Chiquitico
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