PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 12, 2005
 

SOCIEDAD
El sainete póstumo de Chiquitico

Juan González Febles

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El viernes 24 de junio, el día de San Juan, Chiquito murió. A las siete de la noche. Había comenzado a morir a las cinco de la tarde. Sintió un dolor intenso en el pecho y cayó de bruces sobre la acera.

Unas personas que pasaron lo cargaron y lo depositaron en el portal de su casa. La vivienda estaba en ruinas y fue declarada inhabitable unos años atrás.

La casa, o lo que queda de ella, está situada en la calle Milagros 355, entre las calles Porvenir y Octava, en Lawton, en La Habana, a pocos metros del parque Butaré.

Estaba inmóvil y todos pensaron que había muerto. Pero se movió. Alguien llamó a una mujer del vecindario, enfermera de profesión. Luego que lo reconoció y le practicó algunos exámenes de oficio pidió que no lo movieran. Temía que estuviera infartado.

La enfermera fue a su casa y telefoneó para pedir una ambulancia de SIUM, el servicio de urgencias médicas. Del otro lado del hilo le dijeron que esperara. Una ambulancia sería enviada lo antes posible.

Pero Chiquitico agonizó hasta morir, y la esperada ambulancia no llegó. No lo hizo ni tan siquiera tarde. Simplemente no llegó. La enfermera le sostuvo la cabeza hasta que los últimos estertores no dejaron espacio para dudas: había muerto.

Chiquitico era un pobre pordiosero negro y loco. Un orate bueno y pacífico de Lawton. Perdido en su fantasía e incapaz de hacer daño. Integrado al barrio como parte de su paisaje.

Alguien dijo que llamaran a Medicina Legal. Los forenses se encargarían de levantar el cadáver. No podían dejarlo allí como a un perro. Otro vecino apareció con un trozo de vela. La encendieron como tributo al alma de Chiquitico. La atmósfera adquirió un tono espectral.

Los forenses declararon que la muerte fue natural. Ellos nada tenían que hacer allí. Si no se trataba de un homicidio era asunto de la policlínica de la zona.

La gente se encolerizó. La emprendió con los forenses. Los trataron como a policías, que es un trato realmente malo. Ellos se marcharon a la carrera. Pero antes llamaron a la policía. El descontento se podía palpar y temieron una situación potencial de desorden callejero. Entonces se produjo el apagón.

En tan inoportuno momento apareció un carro patrulla de la policía. Mientras el chofer permanecía aferrado al volante su compañero se acercó al grupo.

- ¡Eh, compay! ¿Qué es lo que pasa? -preguntó.

El uniformado provenía de la zona oriental de la Isla. Tenía grados de suboficial. Los vecinos respondieron con agresividad. Culpaban de todo a las autoridades. Era mucho a la vez: la no llegada de la ambulancia, la imposibilidad de disponer decorosamente del cadáver de Chiquitico, y para completar, el apagón.

El agente dijo que eso no era asunto de la policía. Los vecinos, aún más molestos por la respuesta, lo colmaron de denuestos.

- Si se tratara de una vaca muerta la habrían recogido para que la gente no coma. ¡Cabrones! Como es un pobre negro indigente no les importa un carajo.

El policía subió a su auto y partió a toda velocidad del lugar.

Ya muy enojados, los vecinos decidieron ir hasta la policlínica situada en la calle 10 y Dolores. Allí les dijeron que no tenían electricidad ni agua, y no se podía examinar al occiso ni expedir certificados. Los vecinos discutieron, pero no había caso. El personal de guardia explicó que no tenían agua, electricidad ni almuerzo.

Regresaron frustrados y se sucedieron las visitas de seis carros patrulla de la policía. La escena se repitió en una versión más corta: el conductor permanecía en el auto y su compañero escuchaba pacientemente las diatribas de los vecinos. Acto seguido, saludaba militarmente y se marchaba sin decir esta boca es mía.

Chiquitico recibió la última y la única atención de la sociedad en que vivió a la 1 y treinta de la madrugada. A esa hora fue recogido por un coche fúnebre que lo trasladó a la funeraria de Santa Catalina, en la Víbora.

Allí hubo problemas cuando se detectó que Chiquitico no tenía carné de identidad. El caso es que tampoco disponía de libreta de racionamiento. No se puede enterrar a quien no existe. Legalmente, Chiquitico no estaba muerto ni vivo: no existía. Pero todo continuó.

Los pocos vecinos que compartieron un rato de la madrugada con él dicen que mantuvo una expresión de serena alegría. Parecía que lo hubiera disfrutado. Su realidad superó con creces el delicioso filme Guantanamera, de Tomás Gutiérrez Alea.

Lo enterraron sin ceremonias, temprano en la mañana. Un funcionario sugirió que no lo pasaran por la capilla, con el ánimo de agilizar las cosas. Pero no hubo caso. Los dolientes protestaron. El párroco no tuvo objeciones: en el Reino de los Cielos no exigen carnés de identidad. Tampoco discriminan a los locos ni a los negros.

El sainete póstumo de Chiquitico se sigue comentando en el barrio. Su hermano, pordiosero, loco y negro como él, heredó sus perros. También la atención y el amor de los vecinos.

Ñico, el hermano de Chiquitico, tampoco tiene carné de identidad ni libreta de racionamiento. Al menos por ahora, no los necesita.

Ver Ñico y Chiquitico


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