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SOCIEDAD
Cuba,
la de siempre
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Muchas
veces se ha dicho. Cuando un pueblo no logra ponerse
de acuerdo con su pasado, le es muy difícil
solucionar su presente y edificar su futuro. De
ahí que las tiranías se afanan,
egoístas y mezquinas, en apoderarse de
la historia.
Los cubanos menores de 50 años, huérfanos
de libertades, ajenos a los derechos, tutoreados
por un Estado autoritario, paternal y chantajista
que monopoliza la patria, no sabe de dónde
viene ni hacia dónde va.
Desde niños, el sistema de enseñanza
oficial les inculcó la imagen de un pasado
dantesco de miseria, explotación, analfabetismo,
corrupción e insalubridad. La propaganda
gubernamental, con todos los medios a su disposición,
siguió bombardeándolos, inmisericorde,
de adultos. Los intimidan con el regreso al pasado
como la mayor de las desgracias posibles si se
derrumba el socialismo.
Sin embargo, crecieron oyendo a los viejos de
una Cuba en que se comía opíparamente
por centavos, la gente se vestía de dril
100 y zapatos de dos tonos, bailaban con la Aragón
y en cada esquina había una vitrola tocando
boleros.
Los dos extremos les parecen falsos. Saben que
es un mito lo de que cualquier tiempo pasado fue
mejor. Del presente nadie les puede hacer cuentos.
Temen al cambio, pero detestan su desesperanzadora
cotidianidad. La paranoia nacional se alimenta
de apatía y cinismo. Son malos ingredientes
para avanzar.
Durante medio siglo, empeñados en construir
una patria mejor, perdimos a Cuba. Desapareció
frente a nuestros ojos. La sustituimos por todas
las Cuba que nos inventamos.
Le fabricamos rostros y voces en asépticos
laboratorios. La dispersamos por el mundo. Colmada
de penas y dolor, la vestimos con protagonismos
de talla extra larga. Le inventamos héroes.
La dividimos entre Miami y los discursos de Fidel
Castro. Avaros o ilusos, nos aferramos a las migajas
insuficientes que quedaron.
Esa no era la patria. Con lo que tenemos no basta
para salvarla. Cuando lo comprendimos era tarde
para salir del atolladero.
Hoy no bastan las manifiestos, los programas
de la revolución, las balsas ni los sorteos
de visas para salvarnos del abismo. Seguimos cada
día recorriendo a rastras el largo camino
pavimentado de buenas intenciones que conduce
al infierno.
Cuba, la de siempre, sigue viva. Está
con nosotros, pero seguimos sin verla. La sepultamos
bajo una montaña de sueños, supercherías,
ilusiones, nostalgias y odios. Sólo hay
que apartar los escombros para encontrarla. Un
soplo de libertad bastará para revivirla.
No consiguieron matarla los años ni las
ausencias. Nadie logrará decretar que se
extinga la nación. Ninguno conseguirá
que se hunda en el mar. Acudiremos todos a salvarla.
Entonces Cuba volverá a nacer. Saldrá
de los versos de Martí como sólo
se pueden leer, de las páginas de Lezama
y Cabrera Infante. Brotará del jardín
de Dulce María Loynaz. De los boleros del
Benny, de los discos empolvados que el tiempo
ocultó. Doblará por todas las esquinas
de la Habana Vieja. Volverá con los amigos
desde cada rincón del exilio. Nos devolverá
los sueños que no pudimos cumplir.
Vendrá con el meneo voluptuoso de la cintura
de Ochún. Vestirá el vestido rojo
de Celia Cruz. Tendrá sabor a Bacardí
añejo. Olerá a Palmolive, a jazmín
y a galán de noche.
Olvidada de rencores, tomará café
con los vecinos. Pondrá la mesa, el domingo,
para toda la familia. Firmará la paz con
los muertos. Abrirá la puerta de las prisiones.
Quemará en el patio uniformes y prohibiciones.
Espantará con sus carcajadas a los tiranos
y sus aspirantes.
Cuando pase la lluvia y lo purifique todo, Cuba
volverá a ser la Patria con mayúsculas.
No como era ayer ni como es hoy, sino como siempre
debió haber sido y dejamos perder: Cuba,
sin apodos, apellidos ni salvadores.
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