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DISIDENCIA
Las claridades de Bragado
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - No
pude conocer a Reinaldo Bragado Bretaña.
La muerte, alevosa, lo impidió. Por fortuna,
sucede que su segar de vidas valiosas no es tan
inexorable como nos tememos los mortales. La parca
carga con los cuerpos, pero no puede llevarse
los hechos ni las ideas. Se quedan para siempre.
Su utilidad supera el breve e ilusorio paso de
los hombres por la vida.
Durante años, Bragado fue uno de mis articulistas
preferidos del Diario las Américas. A veces,
con esa bendita manía mía de disentir,
no estaba de acuerdo con alguna de sus opiniones.
En realidad, ocurrió en pocas ocasiones.
Siempre me sorprendió la claridad de sus
ideas.
Nunca he oído mejor y más exacta
definición de qué es un disidente,
en las condiciones de Cuba, que la de Bragado.
Nadie mejor que él podía saberlo.
Fue un disidente cuando la mayoría nos
debatíamos en la confusión, la impotencia
y la desesperanza.
Fue uno de los fundadores del movimiento cubano
por los derechos humanos. Muy joven conoció
el presidio político. Fue la dura escuela
que consolidó sus ideas. Sus informes desde
la cárcel, a finales de los años
70, denunciaron al mundo qué pasaba realmente
en Cuba.
Por entonces, nadie parecía dispuesto
a escuchar. Él y sus compañeros
enfrentaron críticas e incomprensiones
con paciencia tenaz, inteligencia y generosidad.
Alguna vez escribió: "Ser disidente
también significa no haber perdido la capacidad
de soñar a casi medio siglo de nefasta
vigilia". Afirmó que "el disidente
es un arca llena de esperanzas".
En horas de humano desaliento, cuando los críticos
desde la barrera te exigen entregar la vida toda
y todavía más -como en la letra
de un bolero- he recordado a Bragado. Aconsejaba
seguir "la sucesión de etapas al ritmo
de los relojes blandos de Dalí". Me
ha resultado un consejo oportuno y vital.
Bragado nunca perdió la perspectiva. Su
brújula no fallaba. Siempre enfatizó
la diferencia entre disidentes y reformistas.
Se cuidó de hacer exclusiones. Para él,
la frontera era precisa. Evitaba confusiones que
sólo servían a los interesados en
promoverlas. Alertaba sobre los zapadores de la
división y la intriga. Sabía bien
a quiénes servían. Para él,
los ataques entre opositores eran un error y una
pérdida de tiempo.
En su exilio infatigable exponía sus ideas,
meridianas y sin cortapisas, en congresos, en
sus libros y sus precisos artículos en
el Diario las Américas.
Insistía, obsesivo, en que los exiliados
no debían ser considerados como un lejano
apéndice de la oposición, sino como
parte de un todo orgánico. "Somos
iguales, somos lo mismo" -no se cansó
de repetir.
En Madrid, en enero de 2004, en su intervención
ante el Primer Congreso Internacional de la Cultura
Cubana, resumió así su visión
sin rencores de la transición inevitable:
"A los exiliados les pido, para cuando llegue
ese momento tan esperado, que aporten grandes
dosis de compasión hacia ese pueblo donde
la cifra de victimarios disminuye porque pasan
a engrosar las filas de las víctimas. Y
a los de allá les pido grandes dosis de
humildad, que no insistan en justificar posturas
equivocadas, que bajar la cabeza no siempre es
humillante y que, además, nadie se los
va a exigir".
Reinaldo Bragado confesaba sin rubor que sintió
miedo cuando en los años 80 era un disidente
hambriento, melenudo y miope, en las calles de
La Habana. Sentía clavadas las miradas
en su espalda. Oía lo que murmuraban a
su paso. Muchas veces se preguntó cuánto
le quedaba de vida.
Todos los disidentes hemos sentido lo mismo.
Por suerte, no somos dioses. Nadie sabe cuándo
puede terminar la vida de un disidente. Es un
enigma si alcanzará a ver la patria libre.
La labor pionera de Reinaldo Bragado, Ricardo
Bofill, Tania Díaz Castro y sus compañeros
hizo más seguro el camino hacia ese día.
Reinaldo Bragado Bretaña murió
siendo un disidente. No importa si en Miami o
Centro Habana. No dejó de serlo en el exilio.
Ni por un momento dejó de enfrentarse a
la dictadura.
Sólo una treta del corazón, pero
definitiva, logró silenciarlo. Cruel y
traicionero, lo desconectó de un tirón
del reino de los vivos.
Aún así, seguimos contando con
él. Está entre nosotros. Su claridad
nos guía en las horas más oscuras
de la noche. Dicen que son las que preceden al
amanecer.
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