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SOCIEDAD
Infierno en la torre
Alain Ramón Gómez Ramos, Cubanacán
Press
SANTA CLARA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) -
¡Yo lo vivo! El edificio conocido popularmente
como "12 plantas de la Riviera" se ha
convertido en un verdadero infierno. Su peor demonio:
el diario apagón. Su mayor tortura: las
escaleras.
Los constantes cortes de electricidad, acompañados
del pésimo servicio del elevador, han realizado
su máximo esfuerzo para convertir la vida
de los vecinos en un adorable tormento.
Los edificios altos son en toda sociedad moderna
la insignia del progreso y el desarrollo. En Cuba
las bellas obras arquitectónicas representan
el sufrimiento de sus habitantes. Mi vida, la
de mis familiares y la de mis vecinos son testigos
de ello.
En la mañana me dispongo a salir y de
pronto ¡plaff!, se fue la corriente eléctrica.
Miro al cielo y pido a Dios: "Señor,
dame fuerzas, necesito bajar las escaleras y tengo
que cargar una bicicleta".
El descenso siempre es más fácil,
porque como dice una anciana santera: "para
abajo todos los santos ayudan".
Luego de concluir algunas gestiones miro al cielo
otra vez porque tengo que ascender hasta el último
piso, mi meta infernal, la peor de las pesadillas.
Cuando asciendo sólo pienso en que tendré
que volver a bajar y a subir una o dos veces más,
ya que los apagones se prolongan durante ocho
horas, el más corto. Son pocas las veces
que entro al vestíbulo de mi edificio y
el fluido eléctrico se ha restablecido.
En la segunda escalada ya no pienso, sólo
maldigo y me pregunto a quién demonios
se le habrá ocurrido hacer estos edificios
tan altos en un país con un servicio eléctrico
tan bajo.
Tras haber subido dos o tres veces mis opositoras
piernas -aún jóvenes pero signadas
por el presidio y la polineuropatía que
trae la alimentación en las cárceles
cubanas- arden de dolor, mi cabeza parece reventar
y la vista se me pierde por instantes.
Le tengo lástima al anciano de 90 años
que vive al lado del elevador, porque a pesar
de ser quien me vigila, él también
sufre el apagón. Cuando lo sorprende en
su casa no puede pensar en bajar; y si lo sorprende
en el primer piso ni le pasa por la mente subir
hasta su hogar. Debo agregar que en los períodos
en que el ascensor está descompuesto mi
delator de oficio queda incomunicado.
Lo peor del caso sucede en las noches. Todo es
oscuro en la enorme edificación. Parece
un monstruo en medio de la urbana explanada. Los
asaltos, robos, agresiones y hasta intentos de
violaciones son las amenazas latentes en los oscuros
pasadizos del 12 plantas sin luz en medio de la
noche. Gracias a Dios nunca me han asaltado ni
agredido, y supongo que no esté tan apetecible
para ser violado.
¿Quién sabe? Tal vez al diablo
el aburrimiento de vivir bajo tierra lo trajo
a la superficie y ahora desea establecer su infernal
residencia en los pisos altos de mi obligada residencia.
Aquí, en Cuba, entre apagones y falsas
promesas.
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