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SOCIEDAD
¡Oh, l´Habana!
Lucas Garve, Fundación por la Libertad
de Expresión
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Para
gusto de viejos y jóvenes románticos,
caminar bajo la lluvia constituye una suerte de
comunión con la Naturaleza. En mi adolescencia
leí la novela "Llegaron las lluvias",
del estadounidense Louis Broomfield durante una
semana inolvidable por los aguaceros que la caracterizaron.
El exotismo de la India milenaria resaltado por
el monzón me amarró al texto.
Pero toda la atmósfera del trópico:
lluvias, humedad, calor y vegetación lujuriante
de la novela quedó relegada en mi mente
cuando compartí con más de un centenar
de pasajeros el interior de un ómnibus
de la ruta 2 el lunes pasado.
Sí, fue un lunes particularmente lluvioso.
Al final del mediodía parece que abren
las llaves del agua en el cielo. Tenga en cuenta
que en Cuba hay que ahorrar y, eso de abrir la
llave y contar con agua a cualquier hora es una
ilusión propia de ingenuas quinceañeras,
si quedan algunas con esa característica
en estos tiempos.
Seguramente, por esa carencia de ilusiones, la
mulata cincuentona que marcó la cola del
rutero 2 detrás de mí expresó:
"No encuentro el beneficio de la mucha lluvia:
el precio de los limones sigue en aumento, el
agua sólo llega en pipas, y por la noche
ni el aire refresca".
Una vez dentro del carro Mercedes Benz de la
ruta 2 nos fuimos, apiñados como pudimos,
pero alentados por el conductor: "¡Caminen
por el pasillo y suelten el tubo, que por los
40 centavos del pasaje sólo les toca un
pedacito!"
Así, emprendimos el viaje hacia nuestros
destinos, perplejos por la paradoja de disfrutar
con el resto de los viajeros la oportunidad del
ómnibus y compartir la incomodidad del
apretujamiento.
Inmersos en una histórica "batalla
de ideas", necesaria para alcanzar la puerta
de descenso del rutero 2, los pasajeros, entre
tanto "permiso, por favor", "¿usted
se queda o baja?", no podían detenerse
a pensar en los beneficios de la lluvia.
"Esta agua todas las tardes lo complica
todo", dijo una señora que halaba
a una escolar con uniforme rojo, como un barco
remolca a una chalupa en medio de un mar encrespado.
"Con esta mojazón diaria se le pudrirán
los tenis a esta niña. Y entonces, ¿qué
voy a hacer?"
A toda velocidad transitábamos por la
Calzada 10 de Octubre dentro del rutero 2 hacia
el sur de la capital. La lluvia no amainaba y
el apagón se hacía más ostensible
a medida que la tarde dejaba paso a la noche.
"No es fácil", sentenció
una mujer que viajaba a mi lado. "Estoy al
dejar el trabajo y quedarme en la casa a hacer
empanadas. Así me quito de esta tragedia
de la guagua". Antes de apearse, midió
con la vista cuánto tenía que saltar
para evitar el charco justo debajo la puerta de
bajada.
La lluvia realmente hace más ardua la
vida en una ciudad donde las dificultades llueven
todos los días y nos obstaculizan cada
paso. Estas últimas, acentuadas por los
frecuentes y prolongados cortes de electricidad,
causan un efecto singularmente molesto. ¡Oh,
l´Habana!
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