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SOCIEDAD
Señores, compañeros, fieras y locos
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Me
sobresalta que me digan señor. Me hace
sentir raro. No estoy adaptado. Largos años
de adoctrinamiento todavía me inspiran
prejuicios y cargos de conciencia.
Sigo encontrando en la palabra una connotación
severa y seca. Si una muchacha la emplea para
dirigirse a mí me hace sentir tan viejo
como una tortuga polinesia.
En pocas ocasiones alguien me confiere rango
señorial. Como a cualquier otro de mis
compatriotas de a pie, en la áspera cotidianidad
de la calle me llaman de decenas de formas diferentes.
Raras veces señor. Por suerte, casi nunca
compañero. Respondo gustoso o no a cualquiera
de ellas.
Cual si fuera un honorífico título
nobiliario, el trato de señor quedó
reservado en Cuba, dentro de las climatizadas
áreas en divisa convertible, para extranjeros
y nativos adinerados que ostentan y pregonan que
lo son. Ante ellos se abren todas las puertas
habitualmente cerradas al resto de los mortales
en la Isla y sus vedados cayos adyacentes.
Los otros privilegiados, los miembros de la élite
dirigente, no son señores. En Cuba, donde
algunos son más iguales que otros, ellos
son compañeros. Al menos se precian de
serlo. Son accesibles, aunque no resuelven ni
deciden nada.
Los compañeros con apellidos y cargos
máximos están a alturas estratosféricas.
Se sienten pero no se ven, excepto en la TV, si
no hay apagón. Pocos pueden dirigirse a
ellos. Sus oídos tienen la fortuna de no
escuchar las feas formas que usamos para nombrarlos.
La mayoría de los cubanos nos hallamos
en un limbo social-existencial. No somos señores
ni compañeros. Además de por nuestros
nombres respondemos por socio, asere, compadre,
brother, tío, niño, rubio, mulato,
puro, mayor, fiera o loco.
Hasta hace poco más de una década
el trato de señor parecía desterrado
de estos lares. Se lo habían llevado los
vientos huracanados del cambio revolucionario.
Con él se fueron también los buenos
modales, la cortesía, la amabilidad, los
buenos días, las muchas gracias y los por
favor. Nos dijeron que eran rezagos del pasado,
cosas de burgueses.
Nos convertimos en compañeros de rudos
modales proletarios. Nos tuteábamos y vigilábamos
los unos a los otros. Sudorosos, al compás
de himnos y consignas, construimos el futuro comunista.
En la nueva sociedad no tenían cabida
los señores. Al irse, lo perdieron todo.
No podían visitar su patria ni ver a sus
familiares. La revolución decretó
su inexistencia.
Sólo la crisis hizo que los compañeros
permitieran su regreso. Tuvieron que correr el
riesgo. Necesitaban los dólares que traían
para salvar "los logros de la revolución
y el socialismo". La necesidad apremiante
de los compañeros hizo que, en milagrosa
metamorfosis, de escorias o gusanos pasaran a
ser señores.
La palabra compañero comenzó a
caer en desuso. Los totalitarismos dotan a las
palabras de nuevas, insospechadas e indeseadas
connotaciones semánticas. El vocablo compañero,
cuando se lo apropió la Cuba oficial, perdió
su original sentido fraternal, amistoso, igualitario.
Se usó y se abusó de él.
A la inercia siguió el rechazo.
Cuentan que en la Unión Soviética,
para no usar fuera del ámbito oficial el
tratamiento de camarada, la gente utilizaba los
apelativos padre, madre, abuelo, tío, o
simplemente hombre y mujer.
Los cubanos, hambrientos, frustrados, humillados,
cínicos e impotentes, evitamos decirnos
compañeros. Preferirnos llamarnos de cualquier
otro modo. En ciertos lugares es incluso saludable.
Evita que provoquemos recelos. Que nos miren de
reojo. Pudieran confundirnos con inspectores,
funcionarios o confidentes.
Usar la palabra compañero puede provocar
que los vendedores nos cierren sus puertas. Que
la gente calle o cambie el tema de las conversaciones.
O que alguien nos recuerde con acento inapelable
que "compañeros son los bueyes".
Por no decir compañero tomamos prestado
de otros idiomas, de la jerga marginal, de la
metáfora y el disparate.
La palabra compañero ha quedado relegada
al vocabulario de los niños muy pequeños
y de los dirigentes. En vías de extinción,
fue confinada al mundo agobiante y escatológico
de discursos, asambleas y marchas. Si la sacan
de ese contexto suena impostada y ridícula.
Sólo cabe en el teque. Es el ingrediente
imprescindible de la palabrería mentirosa
y hueca de los mandamases.
Los términos compañero y señor
conviven, rodeados de artificios, en una Cuba
que sólo existe en la realidad virtual.
Los cubanos de abajo, sin privilegios, esperanzas
ni libertades, seguimos siendo, a gusto o disgusto,
socios, hermanos, compadres, ambias, tíos,
fieras, monstruos o locos. Cualquier cosa excepto
señores o compañeros.
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