PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 4 , 2005
 

SOCIEDAD
Señores, compañeros, fieras y locos

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Me sobresalta que me digan señor. Me hace sentir raro. No estoy adaptado. Largos años de adoctrinamiento todavía me inspiran prejuicios y cargos de conciencia.

Sigo encontrando en la palabra una connotación severa y seca. Si una muchacha la emplea para dirigirse a mí me hace sentir tan viejo como una tortuga polinesia.

En pocas ocasiones alguien me confiere rango señorial. Como a cualquier otro de mis compatriotas de a pie, en la áspera cotidianidad de la calle me llaman de decenas de formas diferentes. Raras veces señor. Por suerte, casi nunca compañero. Respondo gustoso o no a cualquiera de ellas.

Cual si fuera un honorífico título nobiliario, el trato de señor quedó reservado en Cuba, dentro de las climatizadas áreas en divisa convertible, para extranjeros y nativos adinerados que ostentan y pregonan que lo son. Ante ellos se abren todas las puertas habitualmente cerradas al resto de los mortales en la Isla y sus vedados cayos adyacentes.

Los otros privilegiados, los miembros de la élite dirigente, no son señores. En Cuba, donde algunos son más iguales que otros, ellos son compañeros. Al menos se precian de serlo. Son accesibles, aunque no resuelven ni deciden nada.

Los compañeros con apellidos y cargos máximos están a alturas estratosféricas. Se sienten pero no se ven, excepto en la TV, si no hay apagón. Pocos pueden dirigirse a ellos. Sus oídos tienen la fortuna de no escuchar las feas formas que usamos para nombrarlos.

La mayoría de los cubanos nos hallamos en un limbo social-existencial. No somos señores ni compañeros. Además de por nuestros nombres respondemos por socio, asere, compadre, brother, tío, niño, rubio, mulato, puro, mayor, fiera o loco.

Hasta hace poco más de una década el trato de señor parecía desterrado de estos lares. Se lo habían llevado los vientos huracanados del cambio revolucionario. Con él se fueron también los buenos modales, la cortesía, la amabilidad, los buenos días, las muchas gracias y los por favor. Nos dijeron que eran rezagos del pasado, cosas de burgueses.

Nos convertimos en compañeros de rudos modales proletarios. Nos tuteábamos y vigilábamos los unos a los otros. Sudorosos, al compás de himnos y consignas, construimos el futuro comunista.

En la nueva sociedad no tenían cabida los señores. Al irse, lo perdieron todo. No podían visitar su patria ni ver a sus familiares. La revolución decretó su inexistencia.

Sólo la crisis hizo que los compañeros permitieran su regreso. Tuvieron que correr el riesgo. Necesitaban los dólares que traían para salvar "los logros de la revolución y el socialismo". La necesidad apremiante de los compañeros hizo que, en milagrosa metamorfosis, de escorias o gusanos pasaran a ser señores.

La palabra compañero comenzó a caer en desuso. Los totalitarismos dotan a las palabras de nuevas, insospechadas e indeseadas connotaciones semánticas. El vocablo compañero, cuando se lo apropió la Cuba oficial, perdió su original sentido fraternal, amistoso, igualitario. Se usó y se abusó de él. A la inercia siguió el rechazo.

Cuentan que en la Unión Soviética, para no usar fuera del ámbito oficial el tratamiento de camarada, la gente utilizaba los apelativos padre, madre, abuelo, tío, o simplemente hombre y mujer.

Los cubanos, hambrientos, frustrados, humillados, cínicos e impotentes, evitamos decirnos compañeros. Preferirnos llamarnos de cualquier otro modo. En ciertos lugares es incluso saludable. Evita que provoquemos recelos. Que nos miren de reojo. Pudieran confundirnos con inspectores, funcionarios o confidentes.

Usar la palabra compañero puede provocar que los vendedores nos cierren sus puertas. Que la gente calle o cambie el tema de las conversaciones. O que alguien nos recuerde con acento inapelable que "compañeros son los bueyes".

Por no decir compañero tomamos prestado de otros idiomas, de la jerga marginal, de la metáfora y el disparate.

La palabra compañero ha quedado relegada al vocabulario de los niños muy pequeños y de los dirigentes. En vías de extinción, fue confinada al mundo agobiante y escatológico de discursos, asambleas y marchas. Si la sacan de ese contexto suena impostada y ridícula. Sólo cabe en el teque. Es el ingrediente imprescindible de la palabrería mentirosa y hueca de los mandamases.

Los términos compañero y señor conviven, rodeados de artificios, en una Cuba que sólo existe en la realidad virtual.

Los cubanos de abajo, sin privilegios, esperanzas ni libertades, seguimos siendo, a gusto o disgusto, socios, hermanos, compadres, ambias, tíos, fieras, monstruos o locos. Cualquier cosa excepto señores o compañeros.


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