|
SOCIEDAD
Brillos del ayer
Ana Leonor Díaz, Grupo Decoro
LA HABANA, enero (www.cubanet.org) - Reluce la
Habana Vieja, esa parte antigua virtualmente ajena
al resto de la ciudad, aunque sólo algunas
de sus calles puedan declararse rehabilitadas.
Y para no olvidar su condición de fortaleza
asediada del siglo XVIII, cada 30 metros tiene
enterradas balas y cañones que obligan
a caminarla, e interrumpen el tráfico rodante
de cualquier tipo, incluso la variante criolla
del rickshaw: el bicitaxi.
Empeñado en rescatar las viejas glorias
del ayer colonial, nueva mercancía atractiva
para el turista extranjero, la Oficina del Historiador
de la Ciudad dispone de comercios de todo tipo:
de víveres, de flora seudo cubana, de curiosidades
orientales (palitos de sándalo incluidos)
y de bares y cantinas típicas, donde invariablemente
actúan pequeñas charangas de no
más de seis personas que a todo trapo cantan
guarachas del peor gusto.
Cinco o seis cantinas de ese tipo tiene la calle
Obispo, y en ninguna puede tomarse una cerveza
en paz de los oídos ni de los bolsillos.
Los músicos, viejos y mal acoplados, al
final "pasan el cepillo" con la exhortación:
"Coopere con la música cubana".
Tal parece que no se consideran artistas como
los de antaño, que asaltaban una guagua
con una guitarra y una armónica, gritando
"Coopere con el artista cubano", y se
conformaban con una moneda de cinco centavos.
Los músicos de la Habana Vieja, a pesar
(o a causa) de su sueldo, miran "atravesao"
si la moneda no es un chavito (el nuevo peso convertible).
No falta en estos negocios oficiales (como el
Café de París), la "pala",
un supuesto cliente local en camiseta, pantalón
"cuatro puertas" y chancletas de goma,
que invita al turista a un trago o a comer un
bocadillo o una pizza, aunque luego sea el visitante
el que pague la cuenta, hecha a mano y alterada,
pues además de la propina que el camarero
debe compartir con el sindicato está la
"busca" de esta variante de jineterismo,
que también bebe y come con los clientes,
en buen inglés.
La Habana Vieja que el gobierno quiere rescatar
de las ruinas del olvido, la desidia y la superpoblación
hacinada en cuarterías insalubres, comienza
en los límites del Parque Central, escenario
el sábado 8 de enero de un despliegue de
tropas de asalto de la policía, con perros
que husmeaban no se sabe qué detrás
de las palmas reales y pequeñas jardineras
en el césped. A la vista sobrecogida de
turistas alemanes que intentaban tomar el sol
tropical, bien aislados de los cubanos que andaban
con paso rápido por la calle.
En el límite norte que bordea la bahía,
la Plaza de Armas que preside el Padre de la Patria,
Carlos Manuel de Céspedes, está
rodeada de vendedores de libros viejos con títulos
tan inútiles como "Poema pedagógico"
de Antón Makarenko, un seudo maestro soviético
admirado por altos funcionarios cubanos hasta
que se descubrió que golpeaba a sus discípulos.
En la encrucijada de Obispo y Mercaderes, un
anciano escurridizo exhibe una mercancía
curiosa: viejas condecoraciones de las Fuerzas
Armadas y del ministerio del Interior, a precios
de ganga y con el correspondiente certificado
emitido por el Consejo de Estado, firmado por
su presidente o por los ministros respectivos.
El mercader, que exhibe su mercancía en
una maletica de madera, alega que son baratas
"porque son de esta época". Y
no le falta razón, ninguna tiene un metal
noble, a pesar de su brillo engañoso. Las
más cotizadas son las de la campaña
de Angola o Etiopía. Le siguen la Orden
40 Años de las FAR, que vende a diez pesos
convertibles, mientras entre las más baratas
está la de 30 Años de la Seguridad
del Estado, por sólo ocho chavitos.
|