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La Castroenteritis aguda
Guillermo Cabrera Infante (*)
Diario
La Capital, Argentina, 28 de febrero de 2005.
Tuve de pronto en mi televisión una especie
de visión de Cuba. Ocurrió, casi
milagrosa, durante el pasaje del ciclón
Charlie, pero la visión del paso del huracán
me proporcionó lo que muchos no vieron
en Cuba: los destrozos que ocasionaba Charlie
mientras Fidel Castro se aparecía en los
estudios de la televisión en uno de esos
impromptus que tanto le gusta hacer. Alguien habló
de su cumpleaños, que era ese día,
y se extendió para hacer un juego de palabras:
"Por tanta charla me perdí el paso
de Charlie". Se rió y sus contertulios
se rieron con él: Charlie, charla. ¿Comprenden?
El Máximo Líder había hecho
un chiste.
Pero no era un chiste: el paso del huracán
Charlie había afectado de veras a Cuba,
sobre todo a sus provincias occidentales. Después
se vio cómo "trabajadores voluntarios"
recogían las ramas y los troncos caídos
de los árboles, y cómo reparaban
los daños hechos a las comunicaciones telefónicas
y los cables del tendido eléctrico tumbados
por el suelo, causantes de las interrupciones
de la electricidad en zonas de La Habana y todo
Pinar del Río. Pude ver así cómo
era la vida en Cuba fuera de La Habana. Vi a gente
desharrapada haciendo labores de limpieza de escombros
vegetales, pero vi también la extrema pobreza
en que viven los cubanos del campo. Los vi arando
con arados de madera tirados por bueyes famélicos.
También vi a campesinos vistiendo harapos
y llevando desvencijados sombreros de paja. Todos
parecían consumidos por una enfermedad
que los discursos de Castro y las amañadas
estadísticas oficiales no permitían
ver. La visión que ofrecía el canal
internacional cubano (es decir, la versión
oficial) dejaba ver antes de emitir el noticiero
otra Cuba secreta, pero mostrada ahora como si
se tratara de una visión del paraíso.
Se veían árboles frutales cuyos
frutos iban a dar a las mesas de blanquísimos
manteles en restaurantes y hoteles, que permitían
que el locutor hablara de sitios paradisíacos.
Sólo que esta visión estaba vedada
a los cubanos, como estaba prohibida la presencia
de cubanos en hoteles y restaurantes. Los cubanos
eran los sirvientes de los turistas extranjeros
y parecían hacerse invisibles entre el
boato de los buffets y los juegos de mar, en que
hombres rubios remaban ociosos en kayaks y piragüas
de lujo, mientras rubias espléndidas se
paseaban inocentes por la playa exhibiendo la
última moda de biquinis cómplices.
Pero Castro era bien visible en este noticiero.
Había unas reuniones que llamaban mesas
redondas, que eran también pretextos para
que Castro apareciera iluminando a los reunidos
y a los temas con su verbo que a veces se convertía
en verborrea. En una ocasión, una de las
mesas redondas era sobre los ciclones del Caribe.
Habían traído ahora al flamante
director del observatorio nacional para que hablara
de una teoría ciclónica. No bien
había comenzado a dar su lección
el eminente metereólogo cuando Castro lo
interrumpió para revelar cuánto
sabía de, entre otras cosas, ciclones y
huracanes. Ya no volvió a hablar el eminente
experto porque Castro comenzó a darle lecciones
a él y a los otros concurrentes. Sabía
no sólo de la atmósfera y sus fenómenos,
sino que tenía su teoría acerca
de cómo se forman los ciclones. Recordaba
uno de los chistes oficiales que me había
contado Juan Marinello, el dirigente comunista.
Hablaba Castro para los carboneros de la ciénaga
y hasta habían instalado un televisor para
captar sus palabras y transmitirlas. Castro habló,
como siempre, del carbón vegetal, de su
fabricación y hasta de su venta en los
mercados populares. Cuando terminó su relato
todos los congregados aplaudieron. El responsable
de la reunión vino a conversar sobre su
tema favorito: Fidel Castro. Se dirigió
a un carbonero ya mayor para preguntarle qué
le había parecido la intervención
del Máximo Líder: "Oh",
dijo el carbonero, "ese hombre sabe de todo",
pero se detuvo para agregar: "Ahora, que
de carbón no sabe". Como tampoco sabía
de huracanes y ciclones y se embarcó en
una risible teoría, evidentemente de su
propiedad, y se enfrascó en su teoría
de ciclones y contraciclones y su efecto devastador.
Pero, para los que estábamos reunidos para
ver cómo su versión en la mesa redonda
se convertía en una digresión de
la que no podía salir y que nadie se atrevía
a interrumpir porque el Máximo Líder
sabía todo lo que había que saber
de huracanes y su paso por la isla. Faltó
que uno de los concurrentes se atreviera a decir:
"Este hombre sabe de todo, ahora que de ciclones
no sabe".
Esa noche Fidel Castro hizo una digresión
dentro de sus digresiones para decir con un tono
casi de lágrimas: "A ver, ¿por
qué no dejan que sus familias en el extranjero
les manden a sus parientes una remesa familiar?"
En otra ocasión vino a ver un espectáculo
inusitado: un gran paquebote venezolano -que era
de un fastuoso state of the arts: lo último
en navegación-, que venía a traer
madera y planchas de zinc para ayudar a la hermana
nación cubana a reparar los daños
hechos por el huracán Iván a su
paso. Cuando se reunió con el capitán
del barco y su tripulación, Fidel Castro
se vio obligado a darles a los visitantes de la
democracia bolivariana de Venezuela su bienvenida
con un discurso. ¿Y de qué habló
Castro? Hizo una sesuda lección acerca
del paso de Bolívar por Sudamérica
y se demoró en ella un rato que les pareció
eterno. Pero Castro hizo un alto en su periplo
bolivariano para preguntarse, sin que nadie le
respondiera, ¿por qué no dejaban
que los emigrados (la palabra exiliado no aparece
en su extenso vocabulario) les mandaran remesas
a sus familiares de Cuba? (Esta monomanía
se detendrá en medio de su discurso de
otra mesa redonda).
Ahora, taimado como siempre, habló del
dinero que le habían ya enviado a sus parientes
y sus amigos en Cuba. De pronto sacó un
fajo de billetes que tenían el aspecto
de ser recientemente emitidos -y lo eran-. Como
el mago que es, habló del dinero (nunca
dijo la palabra sagrada: dólares) que tenían
los cubanos guardado y que ahora se veía
en la ocasión de hablarles de que "esos
dineritos" serían cambiados por el
Estado, por la Revolución y por él
mismo. Se veía obligado a pedirles a los
que tuvieran dinero, es decir dólares,
que los sacaran para ser canjeados por pesos cubanos
"no convertibles" y aquí el tema
le proporcionó la ocasión de hablar
de canjes y de patriotismo. Estos cubanos que
tenían remisiones de sus parientes en Estados
Unidos estarían obligados a hacer el cambio.
Como la Revolución es generosa les permitía
hasta el próximo día 10 del mes
siguiente para hacer el cambio, y el tono se volvió
amenazante: el dinero cubano se volvería
de curso obligatorio. Es decir, el dinero canjeado
sería de curso forzoso y los dólares
(de pronto hubo dólares en su discurso)
no serían, como hasta ahora, moneda de
curso legal. Los dólares se volvían
ilegales en su palabra que era un mandato. Fue,
como ocurrió con el cambio de la moneda
en 1962, un golpe de Estado financiero. Fin de
la digresión y sus propósitos. No
había que hablar más del asunto.
Como por arte, efectivamente de magia totalitaria,
aparecieron los dólares ocultos en casas
privadas y dentro de estas casas salidos de debajo
de colchones y colchonetas y de catres de cuatro
patas.
Ahora dejó de hacer su papel de dictador
benévolo pero levemente siniestro, para
concentrarse en clausurar los cursos de los jóvenes
graduados de arte. Antes se acercó a las
graduadas para acariciarles las cabezas obedientes,
para completar la misión de los que apenas
serían los maestros de las escuelas cubanas
porque los verdaderos maestros habían sido
enviados a catequizar a Venezuela, a la América
Central. La educación de los adolescentes
para formar las filas de la Revolución,
recordaba a Hitler y la educación de jóvenes
nazis que terminaron en las trincheras de Stalingrado
y sembrando de cadáveres las estepas rusas.
Castro estaba preparado para su función,
la barba recortada y bien acicalado con su pelo
bien peinado al descubierto y la cara maquillada.
Estaba en una tribuna erigida al frente del monumento
al Che Guevara en Santa Clara, ahora bautizada
Villa Clara, en que se guardaban los despojos
del guerrillero heroico, utilizado por Castro
como un apóstol conveniente por su silencio.
Terminaba el Máximo Líder su discurso
alumbrado por potentes reflectores para destacar
su perfil y tocaba levemente el micrófono
para garantizar su uso como punto final. Entre
los atronadores aplausos hizo una pausa antes
de su lema terminal. No era el atroz "Patria
o muerte", sino una frase prestada también
del Che Guevara: "Hasta la victoria siempre",
exclamó. Pero esta victoria le iba a quedar
más lejos de lo que pretendía. Después
de sorber un trago de agua luminosa y cuando se
disponía a abandonar la tribuna, ocurrió
el accidente. Puso un pie decisivo y de pronto
estaba tendido a todo lo largo de la plataforma
para rodar hasta las primeras filas de sillas,
donde quedó su cabeza. Esta caída,
que dio lugar a tantos chistes políticos,
fue una cosa muy seria para Fidel Castro, más
maltratado su ego que su cuerpo. La televisión
para el extranjero captó el momento histórico,
pero la caída fue cuidadosamente ocultada
a los cubanos. Pronto estuvo rodeado de guardaespaldas
ineficaces y quedó entre los miembros de
su grupo de miñones. Aquí la emisión
fue cortada para la televisión local haciendo
desaparecer al Máximo Líder convertido
ahora en un mínimo accidentado. Cuando
lograron devolver la imagen a las televisiones
locales, que habían recobrado imagen y
sonido, apareció estropeado, pero consiguió
hacerse el vivo. Había interpretado el
papel de Humpty Dumpty, el presuntuoso tirano
verbal de Alicia en el País de las Maravillas,
que cayó desde la considerable altura de
su arrogancia. Cuando devolvieron a Castro a su
conciencia, su cara lavada de sangre ya sabía
más que su radiografía: se había
destrozado una rodilla y partido un brazo, pero
consiguió decir: "Estoy entero".
Humpty Dumpty recobró el conocimiento y
nosotros su imagen reconstruida, y fue para pedir
su otra monomanía: el Jeep que lo devolviera
a palacio. Era evidente que quería recobrar
su imagen de Máximo Líder: tullido,
pero todavía al mando de su tropa.
El resultado de la caída habría
sido visiblemente malo para otro mortal cualquiera
pero no para el Máximo Líder. Anestesiado
pudo lamentar en tono jocoso cómo se aprovecharía
el enemigo de su caída: "Apareceré
en todas las primeras planas de los periódicos
del mundo". Pero no resultó un buen
heraldo. El periódico The Times había
relegado la noticia a la página 20 sin
darle excesiva importancia excepto por el título.
Decía éste: "Cayó Castro",
y era más jocoso que veraz. Castro no había
caído, se había caído, que
no es lo mismo. Otros periódicos del mundo
daban la noticia sin concederle importancia. Pero
sí se la había dado Castro, al escribir
(mejor sería decir dictar) una carta en
que relataba de modo heroico su petición
de no darle anestesia y casi parecía que
él había dictado, no sólo
la carta, sino también la ejecución
de la operación. Pero para el narcisismo
y la arrogancia de Castro debió haber sido
un resultado peor. Apareció, sí,
en la tevisión para completar su úkase
del cambio de pesos por dólares. Su obesión
había sido como una premonición,
aunque la hacía con las barajas marcadas.
Fidel Castro permaneció oculto entre las
sombras pero emitía comunicados que leía
por televisión un locutor que parece nieto
de Batista, cuya voz engolada tiene un efecto
que apenas sugiere la autoridad de lo leído.
Raúl Castro heredó el mando con
un cuidado extremo de no parecer decir ahora mando
yo. Pero al hacer las labores del otro Castro,
este Castro aparece rígido, ríspido
y dice chistes que él sólo ríe.
No es que Raúl no tenga el carisma de su
hermano, es que aparece ejerciendo su autoridad
más que nada como un general no bolivariano
sino boliviano. Gordo, con una cara abofada como
si acabara de salir de la cama. ¿Y quién
no dice que su autoridad es un sueño que
para otros es una pesadilla? ¿O es una
versión de lo que ocurrirá cuando
Fidel Castro desaparezca para siempre? La pregunta
no es un mero ejercicio de retórica: Fidel
Castro bien pudo haberse matado en una caída
que es otra muestra de su debilidad física,
aunque goza de buena suerte todavía, y
bien podría haberse hecho añicos
la cabeza y no sólo romperse una rodilla.
Para algunos se trata de una zancadilla que le
hizo desde el otro mundo el Che Guevara. Para
otros no es más que la realización
de un refrán a que aluden los cubanos:
no hay mal que dure cien años ni cuerpo
que lo resista, y su cuerpo ha comenzado ya a
no resistirlo a sus 78 años cumplidos.
(*) Este texto inédito
es el útimo que escribió su autor
para El País de Madrid días antes
de su muerte, ocurrida el pasado 21 de febrero.
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