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ECONOMIA
INFORMAL
Ana la quesera
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Cuando
Ana llegó al parque y no vio al "buitre"
sentado en el banco de siempre, la carne se le
puso de gallina.
Eladio Miranda, apodado "el buitre",
era un policía del reparto La Salle, en
Marianao, famoso por abusar de cuanto vecino se
atreviera a levantar un negocito por modesto que
fuera. Su lema era bien claro: "Yo dejo vivir
pero hay que 'tocarme' con algo. Sin cuadrar conmigo
no se puede dar un paso en mi zona".
Ana Quevedo, por su parte, era una espirituana
que con mucho esfuerzo transportaba 50 ó
70 libras de queso casero todas las semanas desde
el centro del país, para venderlo a los
"pizzeros" de la comarca habanera.
Representaba un esfuerzo titánico trasladar
una carga tan pesada desde tan lejos, pero la
necesidad obligaba. Además, el negocito
reportaba buenos dividendos. El producto se repartía
entre una mochila y un maletín de mano,
de modo que el peso no recayera sobre un mismo
lado del cuerpo.
Siempre llegaba con su carga el mismo día
de la semana. Los jueves. Visitaba a los elaboradores
de pizza o "pizzeros", y luego a algunos
merolicos del reparto. Estos últimos la
proveían de bisuterías. De tal modo,
la mochila y el pequeño maletín
regresaban repletos: juntas de ollas de presión,
palillos de tendederas, jarros de aluminio, tintes
para el cabello y otros tantos productos que luego
vendería entre los pobladores del caserío
en que vivía.
Todo iba bien y a pedir de boca, hasta aquella
mañana en que un silbido y una ordenanza
la pararon en seco.
"¿Qué llevas ahí?",
preguntó "el buitre".
"Ropa para lavar".
"Mira, yo sé bien lo que tienes ahí.
Si quieres seguir vendiendo queso tienes que darme
cinco libras. Esa será mi parte cada vez
que vengas a negociar".
Ana aceptó la condición impuesta
por el policía y desde entonces, antes
de despachar a la clientela, a las 6 de la mañana
y siempre en el mismo banco del parque, encontraba
al "buitre" esperando sus cinco libras
de queso.
La mujer llegó a sentir un profundo desprecio
por el policía, no sólo por el chantaje
de que la hacía objeto, sino por el tono
humillante, déspota e irreverente con que
la trataba. Pocas cosas le ofenden tanto a una
mujer decente como verse tratada cual puta callejera.
Nunca le perdonaría al "buitre"
aquella nalgada obscena seguida de una risotada.
Entonces lo miró con odio inmenso, profundo,
indescriptible; del que es capaz una mujer bien
ofendida.
"Ah, no te pongas así. Ya tú
estás vieja pa´mí. Yo tengo
una titi que puede ser tu hija".
Aquella mañana, al no ver al "buitre"
como de costumbre, por la mente le pasó
una mala idea, y por el pecho una corazonada.
Decidió llevarle su parte a una dirección
que previamente habían acordado en caso
de cualquier anormalidad.
Ana se adentró en lo profundo del pasillo
del solar, y desde el interior de un pequeño
cuarto escuchó: "Pase, siéntese,
no tenga pena".
En la mesa de centro de la salita había
un portarretrato con la foto del "buitre",
iluminada por la luz de una vela agonizante. Una
mujer joven, frágil y ojerosa salió
de la minúscula cocina. Tras identificarse
con la visitante, la pálida mujer habló
entre sollozos: "Ayer amaneció muerto.
Como si fuera un puerco lo tiraron en la loma
de basura de diez días sin recoger. Allí,
entre las cucarachas y la mierda. Con seis puñaladas.
Fueron tan desgraciados que quisieron estar seguros.
Él no era malo. Pedía lo suyo, pero
dejaba vivir. Los de arriban cogen lo suyo y no
dan na', y no les dan puñaladas, y los
aplauden en las asambleas. Fue el único
hombre bueno que tuve en mi vida. Siempre me dio
de todo para que no tuviera que andar puteando;
y yo pude, como me gusta, dedicarme a él,
a un solo hombre. Siempre le mandó de todo
a su mujer y sus hijos, que viven en Manatí.
Ahora no sé qué hacer".
Ana no pudo evitar una lágrima. El sol
andaba a final de camino por el cielo. La mujer
espirituana andaba también al final de
un día tenso y agotador. Salió del
pasillo no sin antes voltearse para devolver el
saludo de despedida a la joven mujer del policía.
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