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POLITICA
Silvio, Sandra y el café de ayer
Luis Cino
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Gracias
a Silvio Rodríguez, la argentina Sandra
Russo dejó de pensar que los cubanos éramos
marcianos dedicados a la revolución en
cuerpo y alma, de modo perpetuo. Sin tiempo para
nada, ni siquiera para tomar café.
En su crónica "Silvio y el café
de ayer", aparecida hace varios meses en
la publicación argentina Página
12, la señora Russo refiere que tenía
22 años cuando descubrió al cantautor
cubano. Lo escuchó por primera vez en un
cassette regrabado que pasaba de mano en mano.
Corrían los años tenebrosos y sangrientos
del régimen militar argentino, mucho antes
de las Malvinas.
Nosotros conocimos a Silvio muchos años
antes. También bajo una dictadura, la del
proletariado, que no dejaba - ni ha dejado- de
ser cruel. Todavía creíamos en las
promesas de una vida mejor. Aplazábamos
las dudas, repetíamos las consignas con
candor, enfrascados en la construcción
de la nueva sociedad.
Los jóvenes cubanos también oíamos
rock, pero a hurtadillas. Nuestra fe también
se enchufaba, pero corríamos el riesgo
de que nos desconectaran abruptamente los plugo,
y vernos expulsados de la escuela y enviados a
campos de trabajo de rehabilitación. Por
oír rock. Tal vez Sandra entienda que el
rock era otra de las acechanzas del imperialismo
yanqui.
No recuerdo si la primera vez que vi a Silvio
fue en la Casa de las Ameritas o en algún
parque del Vedado. Aún no llenaba plazas.
No le grababan discos, los pasaban poco por la
radio y le habían retirado el programa
de televisión "Mientras tanto".
Sus cassettes no circulaban porque no habían
llegado aún a Cuba las grabadoras de cassette.
¡Qué manera tan curiosa de recordar
tiene uno! El cantante alternaba con poetas y
jóvenes, vestía ropa de trabajo,
calzaba botas rusas, admiraba a Bob Dylan, posaba
de contestatario y no tenía apoyo oficial.
Sólo cantaba con su talento y la amistad
de Haydeé Santamaría. Memorizábamos
sus canciones. Creíamos que su voz expresaba
lo que sentíamos, que era nuestro reclamo
inconforme. ¡Oh, desengaño!
Del Festival de la Canción de Varadero
de 1970, Silvio fue a purgar su conformidad revoltosa
e irreverente al barco pesquero "Playa Girón".
Allí se inició su rehabilitación.
Lo domesticaron. Se convirtió en el trovador
de la Corte. Sus canciones no dejaron de ser bellas.
Había vendido su alma y su guitarra al
diablo. No era nada nuevo. Goethe y Thomas Mann
describieron casos similares.
Entonces le permitieron hacer giras al exterior
y grabar en disco las canciones magníficas
que lo dieron a conocer a Sandra Russo y a una
legión de jóvenes hispanoamericanos
que soñaban con cambiar el mundo. De paso,
se llenaban de prejuicios y clichés que
todavía arrastran.
Sandra Russo confiesa que "a mi edad y sin
una militancia política previa, yo asimilaba
a Cuba como a Marte".
Dice Sandra: "Cuba era para mí un
país sin vida cotidiana, suspendido, congelado
en las postales de la Sierra Maestra y el asalto
al Moncada. Nunca se me había ocurrido
que en Cuba la gente se despertaba, se vestía,
tomaba el desayuno, caminaba por la calle, saludaba
al vecino, iba al trabajo. Nunca se me había
ocurrido que esa gente tomaba café por
la mañana y después, si sobraba,
lo tiraba".
Claro que sí, Sandra, y miles de cosas
más. Las que nos permiten y las que no.
Incluso, soñar con la libertad.
Lo que ocurre es que el café ligado con
chícharos que tomamos, generalmente no
sobra. Y si sobra, no lo tiramos. Lo guardamos,
porque lo más probable es que mañana
no tengamos qué desayunar y tal vez tampoco
qué almorzar.
Silvio Rodríguez no es el único
cubano capaz de sutilezas existenciales. Más
allá de los muertos de su felicidad, de
las almas de los guerreros que retornan convertidas
en mariposas, de los difuntos y flores, y de los
discursos románticos, la vida de los cubanos
está llena de ansiedades, miedos, frustraciones,
esperanzas y hasta alegrías, a veces duramente
ganadas al Poder.
Silvio Rodríguez no es el único
cubano que dice patria y sigue hablando de amor.
Casi todos los cubanos lo hacemos. Por eso no
hemos muerto de rabias y desesperanzas.
Más difícil nos es hacer un discurso
sobre nuestro derecho a hablar. Eso nos puede
conducir directo a la cárcel porque, sabes,
Sandra, existe la Ley 88 que nos amordaza.
Sandra Russo se lamenta de haber crecido "en
una patria huraña y maloliente, dominadora
y sádica, que no cobijaba, picaneaba. Que
no daba, pedía. Que no hablaba, hacía
señas a punta de fusil".
¡Qué daño hacen las dictaduras
en el alma! La Patria, Sandra, no son los esbirros
asesinos y torturadores ni sus cómplices.
La Patria también es víctima de
ellos. ¡Qué terrible puede ser no
comprenderlo!
Los cubanos podemos decir Patria y seguir hablando
de amor sin que se nos erice la piel. La Patria
no ha sido con nosotros un lecho de rosas. Puede
haber sido dura, exigente y excluyente. Pero nunca
la hemos confundido con los que se arrogan su
monopolio con intolerancia calvinista.
Dice Sandra Russo que supo por Silvio Rodríguez
que una de las formas de la Revolución
es la poesía. Bonita frase para terminar
una crónica. Sólo que le faltó
añadir que se refiere a la poesía
laudatoria y apologética. La otra, en Cuba,
va a parar a los calabozos. Al respecto, le sugiero
a Sandra leer a Heberto Padilla, Raúl Rivero
y Manuel Vázquez portal.
Sus versos le confirmarán que, además
de las preguntas sobre las cosas ordinarias de
la existencia, la búsqueda de la dignidad
humana y la libertad hacen de la vida el más
extraordinario de los viajes. Incluso para los
cubanos.
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