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SOCIEDAD
Las Delicias
Luis Cino
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - A Cacha
se le agotó la paciencia. La negra empujó
a la hija que la aguantaba, y bajo la lluvia salió
al patio inundado de aguas albañales y
gritó: "¿Hasta cuándo
es esto? ¡No aguanto más! ¡Voy
a hablar con la gente de los derechos humanos!
Si no me contestan las cartas, hasta Fidel se
va enterar cuando salga por Radio Martí".
Cacha tiene 40 años. Con su hija y dos
nietas vive en un albergue desde 1996. En su casa
hubo un derrumbe parcial. El resto se desplomó
después de su partida. Si es preciso, está
dispuesta a seguir esperando a que le den casa.
Sólo aspira a que mejoren las condiciones
higiénico-sanitarias de Las Delicias, un
eufemismo, por no decir irónica forma de
nombrar a este almacén de náufragos
de la sociedad socialista, enclavado en la carretera
del Lucero, a un costado de la barriada habanera
de Mantilla.
Conviven hacinados en cinco rústicas naves,
divididas en 70 cubículos con baño
y cocina, pero a los que aún no le han
instalado el agua. Sólo dos llaves abastecen
a todos sus pobladores. Largas filas de personas
con cubos, latas y todo tipo de recipientes aguardan
en espera del preciado líquido.
El Chino tiene 42 años. Hace poco le otorgaron
su casa, pero sigue yendo a diario a Las Delicias.
Con dos latas que fueron de aceite carga agua
para las vecinas. Alterna esa actividad con su
trabajo. Cobra 10 pesos por llenar un barril.
Casi todos los cuartos tienen un barril para almacenar
agua. Unos lo odian cuando lo ven en la cola,
y otros solicitan sus servicios.
Sólo en el municipio Arroyo Naranjo existe
una docena de estas comunidades de tránsito.
En Párraga hay más de tres. Se calcula
que acogen a más de mil personas, en su
mayoría damnificados y casos sociales.
Ninguna temporada es buena en Las Delicias. En
verano, los cuartos semejan hornos. Los vecinos
conversan en el patio de noche, hasta que el sueño
los vence. En la época lluviosa, las losas
de fibrocemento que sirven de techo filtran y
gotean dentro de los habitáculos. Hay que
proteger los muebles y demás pertenencias
con nylons, o cambiarlos de lugar, esquivando
las goteras.
Al menor aguacero, la fosa séptica se
desborda. Las aguas albañales corren por
el patio. La peste es insoportable. Las quejas
sólo han conseguido promesas.
Olga tiene 40 años. Aparenta muchos más.
Lleva cinco años albergada. Quisiera que
su hijo de 12 años se criara en otro ambiente.
Allí son frecuentes los escándalos
y las peleas, sobre todo por el agua. Se consuela
porque es varón.
Tiene un marido de 65 años que vive solo.
No lo quiere, pero la ayuda. No puede irse a vivir
en su casa porque si detectan que pasa días
fuera del albergue pierde el derecho a optar por
una vivienda. Cuando no va a quedarse a dormir
en su cuarto cierra la ventana y deja encendidas
las luces y el radio, para que piensen que está
adentro. Cuando el niño sea mayor de edad
lo dejará en el albergue para que algún
día coja casa.
Entonces, ella se apuntará en casa del
viejo. Se casará con carácter retroactivo
y esperará que muera. Ya logró convencerlo
de que hiciera testamento a favor suyo.
Cacha no es optimista. No encuentra soluciones.
Sólo le queda pedirle a los santos y al
gobierno. Parece que nadie la oye. Estar tan arriba
afecta los oídos.
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